La llamada sonó justo a mediodía, cortando como un cuchillo el aire de expectación y olor a suavizante en el salón.
Isabel Martín recogió el teléfono de inmediato, alisándose con nerviosismo una arruga inexistente del mantel bueno.
¿Iñaki? ¿Hijo?
Hola, mamá. Felicidades.
La voz de Iñaki sonaba cansada, apagada, como si estuviera llamando desde un túnel del Metro de Madrid en hora punta.
Mira, mamá, no te enfades, ¿vale? No voy a poder ir. Nada de nada, imposible.
Isabel enmudeció y su mirada se quedó fija en la fuente de ensaladilla rusa con gambas, la que había preparado desde el alba.
¿Cómo que no puedes? Iñaki, que cumplo setenta años. Que es mi cumpleaños grande.
Ya, lo sé, pero ha surgido una urgencia. Entrega de proyecto, fechas límites, esto es una selva, ya me conoces. Los socios están encima y me lo han endosado todo a mí.
Pero me lo prometiste
Mamí, esto es curro. No un capricho. No puedo irme ahora y dejarlo todo tirado. De verdad que no puedo ni salir.
Una pausa larga e incómoda, sólo el crepitar de la línea rota rellenando el silencio.
Paso a verte entre semana, aunque sea sólo los dos, seguro. Te doy un beso. Chao.
Y se cortó.
Isabel Martín dejó el auricular like quien apaga un candil que ya no alumbra.
Setenta años.
Urgencias.
La tarde se le fue entre nieblas. La vecina Amparo vino un rato: trajo una tableta del chocolate Valor más oscuro que encontró en el Carrefour. Se bebieron un chupito de Veterano, por ver si mejoraba la cosa.
Isabel se esforzó por sonreír, por hablar del último capítulo de Cuéntame, pero la fiesta se le quedó en las medidas de la cocina y con menos chispa que un yogur caducado.
Ya tarde, enfundada en su bata de boatiné floreada de toda la vida, Isabel cogió la tablet y abrió el Facebook.
Desfilaban fotos de veraneos en Benidorm, gatos de los sobrinos, recetas de croquetas.
Y de repentecolor, brillo y rabia.
El muro de Clara, su nuera.
Nueva publicación, hacía apenas veinte minutos.
Restaurante. Lhardy o algo parecido. Dorados en las paredes, camareros con guantes blancos, música suave y copas relucientes.
Clara. Su suegra, Doña Pilar, radiante con perlas y un ramo de rosas rojas que le tapaba media cara.
Y Iñaki.
Su Iñaki. Con camisa clara y sonrisa amplia, abrazando a la suegra.
El mismo Iñaki del urgencia profesional y socios cabreados.
Isabel amplió la foto y enfocó esos rostros acalorados y felices.
Pie de foto: Celebrando el 65 cumple de nuestra mami querida! Lo pasamos al sábado para que todos pudiéramos venir, ¡qué alegría!
Lo pasamos.
Isabel recordaba muy bien que el cumpleaños de Doña Pilar fue el martes pasado.
Movieron la comida. Coincidiendo con el suyo.
Con su setenta aniversario.
Siguió pasando las fotos.
Allí estaba Iñaki brindando, copa de coñac en alto, haciendo chistes con Clara, todos riendo a mandíbula batiente. Ostras a la gallega, canapés sin fin.
Miró el rostro relajado y satisfecho de su hijo.
El problema no era el restaurante. Ni el ramo de rosas digno de la portada del Hola.
Era la mentira.
Tan descarada y rutinaria como comerse un pincho de tortilla el domingo.
Isabel cerró la tablet.
El salón, impregnado del olor de los langostinos y con el jamón a medio empezar, era un solar.
Su setenta cumpleaños, su día grande, era apenas una fecha incómoda.
Un día movible, según convenía el título y la agenda de la familia política.
El lunes olía a fracaso.
El aspic de carne ya no tenía buen aspecto. La ensaladilla con gambas lloraba lágrimas de mayonesa deshecha. El lomo al horno, blando y sudando la tristeza en el frigo.
Isabel sacó el cubo de basura más grande de la comunidad.
Fue deshaciendo su fiesta plato a plato. Sus ganas. Su esfuerzo.
Allí volaron los rollitos de berenjena los favoritos de Iñaki. Y el resto de su tarta de nata y hojaldre.
Cada bocado en el cubo era un vistazo al costado, un dolor sordo, ni rabia ya.
Peor que ofensa. Era como si la hubieran borrado de la lista. De forma educada, pero con la excusa de la urgencia profesional.
Lavó los platos. Bajó la basura traidora al contenedor.
Y se dispuso a esperar.
Él había prometido pasar esa semana.
No llamó hasta el miércoles.
¡Mamá! ¿Qué tal? Perdona, voy de cabeza.
El mismo tono rutinario y con prisas.
Bien, Iñaki.
Escucha, te llevo el regalo que te pillamos, ¿vale? Me paso quince minutos, que luego Clara viene a buscarme, que tenemos función
¿Función?
Sí, vamos al teatro ese moderno de Gran Vía. Clara consiguió entradas. Sabes cómo es
Llegó a la hora.
Le puso en las manos una caja reluciente, casi más grande que el bolso de Clara.
Aquí. Felicidades otra vez.
Isabel miró la foto: un purificador-humidificador de aire. Con luz y función ionizadora.
Gracias lo dejó junto al paragüero, sin entusiasmo.
Clara lo eligió. Es última generación, te vendrá fenomenal, salud y todo eso.
Se fue directo a la cocina y se echó un vaso de agua del grifo.
¿No tienes nada para picar, mamá?
Tiré todo. El lunes.
Iñaki torció el gesto.
Pues menuda faena. Me lo podías haber dicho, yo me lo hubiese llevado
Isabel lo miraba de espaldas, buscando aún excusas para él. Que si Clara insistió, que si se vio forzado, que no se enteró.
Pero estaba allí. Y seguía mintiendo.
Iñaki.
¿Sí?
He visto las fotos.
Él se petrificó con el vaso en la mano. Se giró despacio.
¿Qué fotos?
Del restaurante. El sábado. En el Facebook de Clara.
Por un instante la cara de Iñaki vaciló, luego se endureció, tenso, con chispa de fastidio.
Ah. Ya estamos.
Dijiste que estabas trabajando.
Mamá, ¡qué más da!
Lo que importa es que me mentiste.
El vaso castañeó en la mesa, salpicando agua.
¡No te mentí! Estuve currando hasta el viernes, ¡sin dormir!
¿Y el sábado?
El sábado Clara organizó la comida para su madre. Ya sabes cómo es, todo tiene que ser perfecto. ¡Qué iba a hacer yo!
Le subió el tono.
¿Tenía que partirme en dos? Yo no quería ni salir. ¡Estaba agotado!
Isabel le miraba fijamente.
Allí estaba su hijo, ya cuarenta y largos.
Gritando porque le habían pillado.
Podías haber dicho la verdad, Iñaki. Solo eso: No vengo porque voy con Doña Pilar.
¿¡Y de qué iba a servir!? ¿¡Para que me marees una semana entera!?
Para ahorrar broncas.
Ahí estaba la razón de todo.
Mamá, es mi familia. La que yo tengo ahora. ¿O quieres que Clara me monte una movida solo por esto?
La miraba casi con rencor.
Se defendía echándole a ella la culpa.
Sonó el timbre.
Es Clara. Me tengo que ir.
Agarró la chaqueta.
El aparato, que lo uses, que lleva instrucciones. De verdad, útil de narices.
Se fue disparado, dejando a Isabel sola, mirando la huella húmeda del vaso.
El nudo en la garganta se hizo más grande.
Intentar hablar, el método maduro, había servido de poco.
No era la primera vez que mentía. Y la mentira era su respuesta favorita.
El cumpleaños sólo fue el pretexto.
Pasó una semana extraña y espesa, como sopa mala.
Isabel, al final, desenfundó el purificador.
Le metió agua, lo enchufó. El aparato encendió una luz azul suave y empezó a zumbar como el Metro de madrugada.
No olía a nada. Era la ausencia de olor.
El aire allí siempre había traído aroma a libros viejos, manzanilla, y su colonia Álvarez Gómez de toda la vida que echaba en las bombillas. Ahora, el ambiente era de quirófano.
Frío. Sin memoria. Ajeno.
Como si hubiesen desinfectado toda su vida con lejía, borrando hasta lo personal.
Pretendía acostumbrarse. Lo eligió Clara, se repetía.
Pero le oprimía el pecho.
Abrió la ventana, pero ni el aire de la calle quitaba aquella esterilidad letal.
El domingo, limpiando el mueble del salón, se topó con un marco.
Foto de hace veinte años. Iñaki universitario, la abraza, sonríen radiantes.
Detrás, en su letra: A la mejor mamá del mundo. Tu hijo.
Isabel se sentó en el sofá.
Miró al chaval de la foto.
Aquel era su hijo.
Y ahora, ahí estaba la cosa útil dejada en la entrada por un señor enfadado que ya no sabía mirar como entonces.
Un regalo elegido para quitarse a la madre de encima.
Sus ideas: es bueno, le obligan, se derrumbaron.
Vio todo con una claridad casi quirúrgica.
Cogió el teléfono.
Iñaki, hola.
Mamá, ¿pasa algo? voz con ese matiz alerta tan suyo.
Sí. Ven, por favor.
Mamá, tengo planes. Clara
Ven. Y llévate el aparato de Clara.
Silencio.
¿Cómo que lo lleve?
Eso mismo. No lo quiero. Ven a por él.
Colgó.
Apareció cuarenta minutos después. Cabreado, rojo como una gamba de Huelva.
¿Pero esto qué es? ¿Lo del regalo de Clara?
Isabel, planta firme en el salón.
No lo quiero, Iñaki. Llévatelo.
Señaló el cacharro, zumbando en la esquina.
¿Es una broma? ¡Si cuesta un dineral! ¡Por tu salud!
Mi salud, Iñaki, es cuando mi hijo no me miente el día de mi setenta cumpleaños.
Él reculó, como si le hubiese dado una colleja.
Ya estás liándola otra vez. ¡Te lo expliqué!
No. Gritaste y luego saliste corriendo.
¡Déjalo ya con el cumpleaños! Que sí, que estuvimos con la suegra. ¿Y qué?
Lo grave es mentir, Iñaki.
Te mentí para que no te pusieras triste.
No, mentiste para que te fuera cómodo contestó ella tranquila. Para no dar la cara y explicar por qué la madre de Clara es más importante.
Directo al corazón.
El móvil sonó en su bolsillo.
Miró: Corazón.
Iñaki lanzó una mirada a Isabel y a la pantalla, y contestó.
Sí, Clara.
Estoy en casa de mi madre. Sí, sí, vuelve a lo mismo con el regalo.
No sé, ¡qué quieres que haga! Luego voy, venga, Clara.
Colgó y la miró.
Por primera vez asomó un poco de vergüenza en su mirada.
Estaba atrapado, entre una madre que le decía la verdad y una esposa que le esperaba con teatro.
Mamá, yo balbuceó. No es así
Vete, Iñaki dijo Isabel en voz baja. Clara te espera.
Se fue a la ventana. Le dejó claro que no había nada más que decir.
Él vaciló, se encogió de hombros, cogió la chaqueta y se largó.
Isabel se quedó sola.
Se acercó al purificador y lo desenchufó.
El zumbido cesó.
Volvieron los olores de siempre.
Dos días después.
La caja de la cosa útil seguía junto a la puerta, como un suspiro insultante.
Iñaki ni llamó ni vino a buscarla. Estaría esperando que se le pasase.
Isabel supo que ya no vendría.
Llamó a la mensajería.
Dio la dirección del súper edificio de oficinas donde Iñaki era jefe.
Pagó al mensajero. Un par de chicos se llevaron la enorme caja, en silencio.
Cerró la puerta tras ellos.
Un gesto mudo, pero firme.
No era sólo una cosa lo que devolvía. Devolvía su mundo pulcro, sus mentiras, su aquí paz y después gloria.
Por la tarde, sonó el teléfono.
Reconoció el número: Clara.
¿Señora Isabel? voz helada, grave.
Sí, Clara.
¿Esto qué es? ¿El mensajero se lo ha soltado a Iñaki en pleno trabajo? ¡Qué vergüenza, lo ha visto media oficina!
No me va bien, Clara.
¿Que no le va bien? ¡Costó doscientos euros! ¡Era de los dos!
Un regalo, Clara, es para alegrar. No para tapar mentiras.
Un segundo de silencio atónito, luego un chillido.
¡Con usted no se puede tratar! Iñaki va a terminar mal por su culpa, ¡nunca está satisfecha!
Que tenga buen día, Clara.
Colgó.
Sabía perfectamente la bronca que se formaba entonces en casa de Iñaki.
Pero por primera vez no le importó. Había cortado el hilo podrido.
Esa noche, se presentó Iñaki. Fuera ya de horario de visitas y todo.
Llamó tímido, sin fuerza.
Entró sin hablar y se sentó en la cocina.
Isabel sólo lo miró, con la calma reservada a los que han llorado ya mucho.
Clara ha dicho que si venía hoy, que ni vuelva a casa dijo sin atreverse a mirar.
Cabeza baja.
Mamá, perdóname.
Alzó los ojos.
No quería mentir.
Pero mentiste.
Clara decía que si decía la verdad te ibas a ofender, que total era una fecha más. Que lo importante era lo suyo, que tú sólo ibas a estar con la vecina Amparo
¿Y tú qué pensabas? le preguntó suave.
Iñaki calló.
Estoy cansado, mamá. De todo esto.
Se tapó la cara con las manos.
Sólo quería que todos estuvieran contentos. Y ha salido fatal.
Sollozó. Sordo, contenido, una vez.
Perdón por no venir. Tenía que haberlo hecho. He estado fatal.
Isabel lo miraba.
Sus ideales no se habían ido. Seguía siendo su chico, pero estaba perdido.
Sentó a su lado, puso la mano en su hombro.
No para perdonarle ya. Sino para que supiera que estaba ahí.
Tú decides, Iñaki. Pero conmigo siempre la verdad.
Él asintió.
¿Puedo quedarme aquí un rato?
Claro.
Sacó la taza del colegio y la tetera buena.
Voy a hacernos un té.
Medio año más tarde.
El piso de Isabel ya había perdido todo rastro del olor antiséptico de la cosa útil.
Volvía a oler a libros, valeriana y hierbas secas.
Tras aquella noche, todo cambió y a la vez, nada cambió del todo.
Iñaki no se separó de Clara. Nadie esperaba ese milagro. La hipoteca, la rutina, son amores nada románticos.
Pero Iñaki sí cambió.
Empezó a ir.
No a pasar quince minutos, sino a estar. De verdad.
Cada sábado por la tarde. Traía requesón del mercado o una tarta de cerezas.
Se sentaban en la cocina.
Le contaba su trabajo, sus cosas, que si pensaba cambiar de coche, que si un compañero nuevo.
Jamás más mencionó a Clara en tono de reproche, ni volvió a mentir.
Isabel tampoco era la de antes.
Ya no esperaba su llamada como el veredicto de un juez ni juzgaba cada silencio. Simplemente vivía.
Veía a Iñaki no como al estudiante de antes, sino como a un hombre, cansado, intentando sobrevivir a todos.
La relación, sin mentiras, era más complicada. Pero honesta.
No recuperó a aquel hijo de la foto. Recuperó su dignidad.
Un sábado, con té y tarta, sonó el móvil de Iñaki.
Isabel vio Corazón en la pantalla.
Tensó el gesto, pero siguió removiendo el azúcar.
Iñaki suspiró y contestó.
Sí, Clara.
Escuchó, el rostro gris otra vez.
No, estoy en casa de mi madre.
Clara, quedamos en esto. Los sábados por la tarde.
Iñaki cerró los ojos.
No, no la descuido. Simplemente estoy aquí. Esta tarde. Esta vez.
Colgó y dejó el móvil, boca abajo.
Silencio espeso.
Perdón, mamá.
No pasa nada, hijo le dijo Isabel, tranquila. Sírvete más tarta.
Iñaki la miró.
Había agradecimiento en su mirada.
No pedía ayuda. No se lamentaba.
Había elegido estar allí, en esa mesa, pasando la tarde.
Isabel miró su mano cogiendo la tarta.
Supo que aquella nochela de su setenta cumpleaños invisibleno fue un final.
Fue el principio.
El día en que su hijo, por fin, creció de verdad.







