La llamada telefónica sonó exactamente a mediodía, desgarrando el aire denso de espera. Carmen Gutiérrez recogió apresuradamente el auricular, mientras alisaba con nerviosismo una arruga invisible en el mantel de su mesa, decorada especialmente para la ocasión.
¿Santi? ¿Hijo?
Hola, mamá. Felicidades.
La voz de Santiago sonaba cansada, apagada, lejana, como si hablara desde un garaje mal iluminado.
Mamá, no te enfades, ¿vale? No voy a poder. De verdad, imposible.
Carmen se quedó en silencio, mirando la fuente del salpicón de mariscos que había preparado con mimo durante toda la mañana.
¿Cómo que no puedes? Santi, que cumplo setenta. Es mi cumpleaños grande.
Lo sé, lo sé Pero de verdad, mamá, ha surgido una urgencia en el trabajo. El proyecto no puede esperar, ya te imaginas cómo es esto. Los socios me tienen frito, he tenido que quedarme con toda la carga
Pero es que tú me lo prometiste
Mamá, es trabajo, no un capricho. No puedo dejarlo todo ahora ni colgar a los compañeros. No puedo escaparme ni un minuto.
Entre ambos se coló el crepitar de la línea.
La semana que viene paso a verte, tomamos algo, lo prometo. Un beso.
Sonó el tono tras colgar.
Carmen dejó el auricular sobre la base con lentitud.
Setenta años.
Urgencias.
La tarde pasó como envuelta en niebla. La vecina Pili se acercó y le llevó una tableta de chocolate Valor. Brindaron con un par de copas de brandy por el ánimo.
Carmen forzó una sonrisa, asintió con la cabeza, habló un poco de una telenovela. Pero la fiesta se redujo al espacio de su cocina y, antes de comenzar, ya estaba apagada.
Ya de noche, vestida con su vieja bata de felpa, cogió la tablet. Pasó el dedo sin rumbo por la pantalla, abrió Facebook.
Pisos en la playa, fotos de bebés, recetas de bizcochos.
Y de golpe, una imagen que le saltó al rostro.
El perfil de Laura, su nuera.
Nueva publicación. Apenas veinte minutos.
Un restaurante lujoso posiblemente el Casa Lucio o algo parecido con molduras doradas, camareros de chaqué, música en directo y copas de cristal fino.
Laura, su suegra Rosario, resplandeciente de perlas y con un gigantesco ramo de rosas rojas.
Y Santiago.
Santiago, su hijo. Con una camisa clara, abrazando a su suegra.
Él sonreía.
Ese mismo Santiago, el del inesperado y los socios que me comen.
Carmen amplió la foto. Las caras radiantes, llenas de vida, lo decían todo.
Pie de foto: Celebrando el 65 de la mejor madre del mundo. ¡Lo pasamos al sábado para que todos pudiéramos estar!
Para que todos pudiéramos estar.
Carmen sabía bien cuándo era el cumpleaños de Rosario. La semana pasada. Un martes.
Lo movieron. Justo a su setenta cumpleaños.
Al suyo.
Siguió pasando fotos: Santiago brindando con una copa de brandy, todos riendo con la boca abierta, la mesa repleta de ostras y jamón ibérico.
No era cuestión del restaurante ni del ramo de rosas, más grande que nunca.
Era la mentira lo que dolía.
Esa mentira descarada, cotidiana, dicha sin pestañear.
Carmen cerró la tablet.
La habitación, impregnada del olor a aperitivos intocados, parecía ajena.
Su setenta cumpleaños había sido una fecha molestia, modificable para priorizar a su consuegra.
El lunes por la mañana olía rancio.
El caldo gallego que preparó con tanto esmero ya se había agriado. La ensaladilla empezaba a llorar mayonesa, el lomo al horno se recubría de una película pringosa.
Carmen cogió el cubo de basura más grande.
Metódicamente, plato tras plato, recogió y tiró su fiesta.
Su trabajo. Su ilusión.
Allí volaron también los rollitos de berenjena que tanto le gustaban a Santi. Y los restos de su milhojas casero.
Cada bocado caído al fondo retumbaba como una punzada hueca detrás de sus costillas.
Era más que una ofensa. Era como si la hubieran borrado.
Eliminada, con cortesía y la excusa perfecta de un imprevisto.
Lavó los platos, sacó la basura impregnada de traición.
Y se sentó a esperar.
Dijo que vendría en la semana.
Solo llamó el miércoles.
¡Mamá, hola! ¿Cómo vas? Perdona, voy de cabeza.
La misma voz. Apurada, algo distante.
Estoy bien, Santi.
Mira, te llevo tu regalo. Pero solo puedo estar quince minutos, que luego Laura me recoge, tenemos entradas.
¿Entradas?
Sí, para el teatro ese tan moderno. Ya sabes, Laura se empeñó.
Llegó en una hora.
Le encajó una caja grande y reluciente entre las manos.
Toma, felicidades otra vez.
Carmen miró la caja. Un humidificador con purificador de aire, con luces y ionizador.
Gracias, dejó la caja en el recibidor.
Lo eligió Laura. Es buenísimo para la salud, de verdad.
Entró en la cocina y se sirvió un vaso de agua del grifo.
¿No tienes nada de comer?
Lo tiré todo. El lunes.
Santiago frunció el ceño.
Madre, podrías haberme llamado, me lo habría llevado
Carmen lo miró de espaldas.
Seguía encontrándole excusa. Que si Laura le obligó, que si no quería, que no lo sabía.
Pero allí estaba. Y seguía mintiendo.
Santi.
¿Sí?
He visto las fotos.
Santiago se paralizó con el vaso en la mano.
¿Qué fotos?
Del restaurante. El sábado. En el perfil de Laura.
La cara de Santiago se crispó antes de endurecerse.
Ah. Vaya. Empieza la historia
Tú me dijiste que tenías trabajo.
Mamá, ¿y qué más da?
Da que me mentiste, Santi.
Golpeó el vaso en la mesa, derramando un poco de agua.
¡No te mentí! ¡Estuve currando hasta el viernes! ¡Sin dormir apenas!
¿Y el sábado?
El sábado Laura le organizó una fiesta a su madre. Ya sabes lo que es Laura, quería que todo estuviera bonito, a lo grande. ¿Qué culpa tengo yo?
Le subió el tono.
¿Es que tenía que partirme en dos? ¡Si ni siquiera quería ir! ¡Estoy fundido!
Carmen lo miró.
Ahí estaba, su hijo de cuarenta.
Le gritaba porque lo había pillado en una mentira.
Podrías haberme dicho la verdad, Santi. Que ibas a estar con Rosario.
¿Y qué habría cambiado? gritó. ¿Para que luego me taladres una semana por la cara?
Para que no me des la vara.
Ahí estaba toda la explicación.
Mamá, es mi familia. Tenía que estar allí. ¿Te gustaría que tuviera problemas con Laura por esto?
La miró casi con desprecio.
Se defendía, echándole la culpa.
Sonó el timbre de la puerta.
Mira, ahí está Laura. Me tengo que ir.
Se puso la chaqueta.
Mira lo del aparato, hay instrucciones. Te va a venir bien.
Salió a toda prisa, dejándola sola.
Carmen contempló el cerco húmedo que dejó el vaso en la mesa.
El nudo se apretó.
Intentar hablar, ser civilizada, no sirvió.
No solo fue mentira. Fue que eligió mentir por costumbre.
Y su cumpleaños fue solo un estorbo.
La semana pasó extrañamente embotada.
Carmen desempaquetó el regalo. Cosa útil.
Se peleó con las instrucciones, llenó el depósito de agua, lo enchufó.
El aparato se iluminó suavemente y soltó un zumbido sordo, constante.
No era olor, era ausencia de olor.
El aire de su casa, siempre impregnado de libros viejos, infusiones y unas gotas de Maderas de Oriente en la bombilla, quedó aséptico.
Médico. Muerto.
Como si hubieran lavado su vida con lejía, borrando cada huella suya.
Intentó acostumbrarse. Lo eligió Laura.
El aparato zumbaba, daba luz y ionizaba, y Carmen sentía que le costaba respirar en ese ambiente tan limpio.
Abrió la ventana. La pureza no se iba, se mezclaba con el frío y lo volvía aún más esterilizado.
El domingo decidió limpiar el mueble.
Sus manos tropezaron con un portarretratos.
En la foto tenía cincuenta. Santiago, entonces universitario, la abrazaba. Feliz, despeinado, con los ojos llenos de luz.
Detrás, con letra torcida, él había escrito: A la mejor madre del mundo. Tu hijo.
Carmen se sentó en el sofá.
Miró la imagen del chaval sonriente.
Mientras oía ese zumbido mecánico de fondo.
Allí estaba su hijo. El real. El que le escribía notas y le regalaba mimosas con el dinero de la beca.
Y allí, el aparato útil, traído por un hombre cansado y ajeno para librarse de ella.
Un regalo no pensado para ella, sino para que no le diera la murga.
Sus ideales, esa fe en es bueno, solo le obligaron, se derrumbaron.
Vio el panorama sin filtros, con una claridad quirúrgica.
Marcó su número.
Hola, Santi.
¿Mamá? ¿Pasa algo? la desconfianza habitual en su voz.
Sí. Ven, por favor.
Tengo planes, mamá. Laura
Ven y llévate el aparato de Laura.
Silencio.
¿Cómo que lo lleve?
Eso. No lo quiero. Ven.
Colgó.
Llegó en cuarenta minutos. Furioso, colorado, desde la puerta.
¿Qué pasa aquí? ¿Qué es eso de llevarme el regalo?
Carmen, tranquila en el centro de la sala.
No lo quiero, Santi. Llévatelo.
Señaló el aparato.
¿Estás de broma? ¡Esto cuesta un dineral! ¡Es por tu salud!
Mi salud, Santi, es que mi hijo no me mienta el día de mi setenta cumpleaños.
Él se echó atrás, como si le hubiera dado una bofetada.
Ya estamos ¡Te lo he explicado!
No. Me gritaste y te fuiste.
¡Bah, ya vas con la historia del cumpleaños! Total, sólo comimos en casa de la suegra, ¿qué más da?
Lo que da es mentir, Santi.
Te mentí para que no te pusieras triste.
Me mentiste para no tener que darte explicaciones contestó con serenidad. Para que te saliera más fácil que reconocer que la madre de Laura es más importante para ti que la tuya.
Directo al centro.
Él abrió la boca, y en ese momento sonó el teléfono en su bolsillo.
Miró la pantalla: Mi vida.
Santi lanzó una mirada entre su madre y el móvil, y respondió.
Dime, Lau.
Estoy en casa de mi madre. No, está haciendo un drama con el regalo.
No sé qué quiere. Vale, ya voy.
Colgó.
Por primera vez, en todo el diálogo, apareció en su cara algo que se parecía a la vergüenza.
Se quedó clavado, entre su madre firme y la esposa que le esperaba con entradas para el teatro.
Mamá, yo no es así
Vete, Santi. Laura espera.
Carmen se retiró hacia la ventana, indicando que el diálogo terminó.
Él dudó un segundo, se encogió de hombros, recogió la chaqueta y salió disparado.
Ella se quedó en el salón.
Desenchufó el aparato.
El zumbido cesó.
La casa volvió a oler a ella.
Dos días después la caja seguía en el recibidor, acusadora.
Santiago no llamó. Tampoco pasó a recogerlo. Esperaba que a ella se le pasara.
Carmen supo que él no iría.
Cogió el teléfono y llamó a un mensajero.
Dijo la dirección. El edificio de oficinas donde Santi era jefe de departamento.
Pagó al repartidor, y vio cómo se llevaban la caja reluciente.
Cerró la puerta tras ellos.
Había actuado. Un gesto silencioso pero claro.
No devolvía un aparato. Les devolvía su mundo aséptico, sus excusas, sus mentiras.
Por la noche sonó el móvil.
Carmen reconoció al instante el número: Laura.
¿Sí, Laura?
¿Se puede saber qué significa esto? ¡El mensajero ha dejado el regalo en la oficina de Santi! ¡Lo han visto todos!
No se adapta a mí.
¡Nos ha costado doscientos euros! Era un regalo de parte nuestra vociferó Laura.
Un regalo se da de corazón, Laura. No para tapar una mentira.
Silencio perplejo.
¡Es usted una egoísta! ¡Santi casi pierde el proyecto por usted; trabajando como un esclavo, y aún así siempre se queja!
Siempre ha sido usted egoísta.
Buenas noches, Laura.
Colgó.
Sabía lo que ocurría allí, en ese momento.
Sabía el escándalo que Laura estaba montando.
Pero, por fin, le daba igual. Había cortado esa hilacha tóxica.
Él llegó tarde. Casi a medianoche.
Llamó suavemente.
Carmen abrió.
Allí estaba Santiago. No el hombre furioso sino su Santi; abatido, con ojeras y la cara mustia.
Fue directo a la cocina. Se sentó.
Carmen simplemente permaneció cerca.
Me ha dicho que si vuelvo a venir aquí, que no vuelva a casa. Así tal cual.
Miraba la mesa.
Mamá, perdóname.
La miró a los ojos.
No quería mentir.
Pero lo hiciste.
Laura decía que te ibas a ofender de cualquier manera. Que mejor mentir, y ya está. Que así era más fácil.
Carmen guardó silencio.
Así era la madeja de manipulación. Más fácil.
Decía que tu cumpleaños tampoco era para tanto. No como el de su madre. Que en casa de Rosario hay invitados y nivel. Aquí, que si Pili la vecina
¿Y tú? susurró ella. ¿Tú también lo pensabas?
Santi no contestó.
Estoy agotado, mamá. De verdad. No puedo más.
Se tapó la cara.
Solo quería que estuvierais contentas las dos. Y mira lo que he hecho
Sollozó una vez, breve.
Perdóname por no venir. Debería haberlo hecho. Estoy muy arrepentido.
Ella miró sus hombros caídos.
Sus ideales no se desmoronaron del todo. Seguía siendo su niño. Solo un poco más débil, atrapado.
Carmen posó la mano en su hombro.
No para perdonar lo pasado, sino para sostenerlo.
Tú decides cómo quieres vivir, Santi.
No lo sé.
Pero conmigo, solo verdad.
Santiago asintió, sin levantar la mirada.
¿Puedo estar aquí un rato? Solo sentado.
Claro, hijo.
Sacó su taza de siempre y la tetera.
Voy a hacernos un té.
Pasaron seis meses.
El olor aséptico se fue de la casa de Carmen Gutiérrez.
Volvía a oler a libros, a plantas y a su colonia favorita.
Desde aquella noche, cambiaron muchas cosas.
No, Santiago no dejó a Laura. Carmen jamás esperó eso. Hipoteca, rutina, vidas entrelazadas.
Los manipuladores no ceden fácil.
Pero Santi cambió.
Ahora venía, de verdad.
Cada sábado por la tarde. Traía queso fresco del mercado o el brazo de gitano de guindas que tanto le alegraba.
Charlaban en la cocina.
Él le contaba sobre el trabajo, los planes de cambiar de coche, el compañero nuevo.
No volvió a criticar a Laura.
No volvió a mentir.
Carmen también cambió.
Su fe ciega en la perfección de Santiago desapareció. Ya no aguardaba sus llamadas como sentencia. Simplemente vivía.
Veía ante sí no a aquel estudiante, sino a un hombre fatigado, intentando mantener el equilibrio.
Su relación, depurada de falsedad, se volvió más compleja. Pero real.
No recuperó a un hijo. Recuperó la dignidad.
Un sábado, mientras tomaban té y probaban el brazo de guindas, sonó el teléfono de Santi.
Carmen, de reojo, vio el nombre: Mi vida.
Se tensó, pero siguió removiendo el azúcar.
Santi suspiró y contestó.
Sí, Lau.
Escuchó. Su cara fue palideciendo, como aquella noche.
No, estoy con mamá.
Laura, te dije que vendría los sábados. Lo hablamos.
Santi cerró los ojos.
No es que no me importe. Es que ahora estoy aquí. Llegaré por la tarde, como dijimos.
Colgó, dejó el móvil boca abajo.
El ambiente era denso.
Perdona, mamá.
No pasa nada, hijo respondió con calma. Sírvete más dulce.
Santi la miró.
En su mirada brillaba la gratitud.
No pidió ayuda. No criticó.
Simplemente eligió estar allí, en la cocina de su madre, tomando té.
Carmen miró su mano al ir al bizcocho.
Comprendió, entonces, que aquella noche no fue un final. Fue el principio.
El setenta cumpleaños que él se perdió, fue el día en que su hijo, por fin, empezó a crecer.







