Mamá, ¿qué le dijiste a mi mujer? Estaba a punto de hacer las maletas.
Le conté la verdad. Hijo, entiende que no es la adecuada para ti, Celia sería mucho mejor para ti.
¿Qué Celia? ¿De qué estás hablando ahora?
Siempre supe que mi hijo era especial. Era mi primer hijo y lo he querido con todo mi ser. Cuando creció y se casó, fui incapaz de aceptarlo. No podía creer que hubiese encontrado a alguien capaz de desplazarme. Me costó horrores dejarlo ir y entregarlo en los brazos de otra mujer.
Mi hijo lo es todo para mí. Lo quiero más que a mi propia vida y haría cualquier cosa por él. Lo crié sola, sin mi marido, que siempre andaba de aquí para allá por trabajo, y sí, fue muy duro. Yo hacía de madre y de padre. Aprendí a cambiar ruedas de la bici, a jugar al fútbol e incluso a ser el soldadito enemigo en sus juegos. Y sé que me lo agradece. Por eso deseo de corazón que siempre sea feliz y tenga éxito en la vida; es mi mayor tesoro.
Sabía perfectamente que su mujer no lo quiere como yo lo quiero. No le cuida nada, no cocina, deja los platos sin fregar, la ropa tirada En fin, como ama de casa es todo un desastre.
Aun así, quería seguir cerca de él, cuidarle como he hecho siempre. Así que cada semana iba a su piso a recogerle la ropa sucia y me la llevaba a casa para lavársela y planchársela. Tenía mis propias llaves me las dio él mismo y entraba siempre que no estaban, recogiendo sus cosas sin que la bruja de su mujer se enterara.
No lo podía evitar. Él trabaja y estudia, y nunca tiene tiempo de lavar la ropa, así que lo hago yo. Después de tres años de matrimonio, su mujer sigue sin saber ni lavar unos calcetines ni plancharle un pantalón.
Lavo su ropa yo misma, siempre con detergente especial para piel sensible, porque tiene alergia. Me lleva mucho tiempo, pero es lo mejor para él. Todo lo devuelvo limpio, ordenado en su armario, sin molestar a nadie. Su mujer ni sabe que tiene alergia, mezcla toda la ropa junta y la cuelga de cualquier manera.
El jersey que le tejí por su cumpleaños terminó hecho un guiñapo, lleno de bolitas, porque ella no sabe que la lana se lava a mano y no en agua hirviendo. Lo tuve que deshacer y tejerlo de nuevo. Prefiero hacer todo yo misma antes que ver el desastre que deja ella.
Pero mi nuera nunca entiende por qué lo hago. Me dice que no es su trabajo, que debería enseñarle a mi hijo a ser independiente. Pero no puedo dejar que viva entre suciedad, por culpa de ella, que debe estar acostumbrada a vivir entre trastos. Lo quiero y quiero que esté sano y feliz. ¿Qué tiene de malo ayudarle?
Mi marido siempre se enfadaba conmigo por esto. Que si consentía demasiado a nuestro hijo, que eligió a esa mujer y allá él. Pero yo no podía conciliar el sueño pensando que mi niño tenía que plancharse y cocinar mientras ella se tumbaba en el sofá.
Un día decidí hacer la colada por última vez y no molestarle más. A primera hora, cuando ambos salieron, recogí toda la ropa sucia, incluso de la nuera, que ya olía fatal y seguro que acabaría mezclándola con la de mi hijo. Eché todo en un saco y me puse a lavar. Hasta preparé unas mantas de más, lo sequé y planché todo, y lo llevé a su piso, que está al lado del mío.
Vive en un cuarto piso y, con mis piernas ya doloridas, siempre subo en ascensor. Pero ese día estaba averiado precisamente el único día que tenía para llevarle las cosas. Así que subí a pie, cargando el saco. Tardé más de una hora, parando en cada rellano. Solo podía pensar en que mi hijo iba a tener que vivir en la mugre si no le ayudaba. Subía llorando, pensando en lo mucho que aún necesitaba cuidarle o, al menos, que se buscase otra mujer que se encargase realmente de él.
Al llegar, como siempre, entré sin llamar. Solté la bolsa al lado de la puerta para que no se diera cuenta el perro de los vecinos, que se pone a ladrar como un poseso. Me sorprendió ver unos zapatos desconocidos. No estaban cuando yo me fui. Seguro que habían vuelto antes del trabajo y ella ya había dejado todo tirado como siempre.
Fui al dormitorio y vi sus pantalones en el suelo. Pensé que se me habrían caído antes, así que los recogí para plancharlos allí mismo, y en ese momento oí unos gemidos. Al levantar la vista, vi a mi hijo en la cama con otra mujer. No era su mujer, que es rubia; esta era morena.
Me quedé petrificada y él me gritó:
¡Mamá, sal de aquí! Pero ¿no me puedes dejar en paz?
Yo cerré la puerta disimuladamente y le pedí que viniera a la cocina.
Al cabo de un rato apareció, en albornoz, el que yo le había regalado.
Mamá, ¿qué haces aquí? ¿Tienes llaves?
Sí, hijo, me las diste tú, para venir de vez en cuando respondí bajando la voz.
Las visitas normalmente se avisan, mamá bufó él.
Solo venía a dejarte la ropa limpia, como te dije.
Creí que venías mañana me espetó, dándose la vuelta.
Perdona, ¿es que tu mujer se ha teñido de morena? pregunté con cautela.
No, mamá, no es ella. Es otra chica admitió, claramente incómodo.
¿Estás engañando a tu mujer?
Serás la primera en criticarme por esto…
No pasa nada, hijo. Haz lo que creas mejor.
La verdad, a mí Celia me gusta mucho más. Marta es muy independiente, no cuida de la casa, pero Celia es un encanto. Me hace la comida, limpia, se nota que sabría cuidar bien de su pareja. Pero bueno, seguramente seguiré con Marta; esto es solo una tontería dijo pensativo.
Tú verás, cariño, elijas lo que elijas, yo siempre estaré a tu lado. Te he traído tu ropa, lavada con el detergente que te gusta. Y no te molestaré más mientras te siga cuidando alguien como Celia le dije, y me marché.
Estaba contento. Por fin había conocido a una chica decente. Enseguida noté el orden en la cocina, el suelo limpio, la sopa caliente en el fuego… Esta muchacha sí sería capaz de tenerle como se merece, y encima era guapa. No tenía dudas: si dejaba a Marta era porque sabía distinguir entre el caos y el bienestar.
A la semana, ya más tranquila porque mi hijo estaba en buenas manos, fui a comprar pan a la tienda de la esquina y vi a Marta, que como siempre, gastaba de más en productos raros. Echó al carro aguacates, panecillos integrales, quinoa, kéfir… Me acerqué y le dije:
Anda, Marta, ¿te has puesto a dieta?
Hola, señora Pilar. Sí, su hijo y yo nos hemos propuesto adelgazar para lucir tipazo en la playa este verano, que queremos ir a Tenerife me respondió, altiva.
¿Con mi hijo? ¿Pero no lo habíais dejado?
¿Cómo dice? ¿Eso le ha dicho él?
Ahora está con Celia.
¿¡Celia!? ¿Pero qué dice? No hay ninguna Celia.
Pues yo vi a Celia en vuestra casa, cocinando y limpiando con él. Pensaba que ya te lo habría contado y podrías buscarte otro hombre que quiera compartir contigo la dichosa quinoa.
¿¡Qué Celia ni qué Celia!? ¿Pero usted se cree lo que dice? Bastante problema tengo con que está empeñada en poner a su hijo en mi contra, y ahora se inventa una tal Celia o Laura o quien sea. ¡No aguanto más! ¡Déjenos vivir tranquilos, que ya está bien! gritó Marta, tiró la cesta y salió del súper hecha una furia. Hasta entonces no sabía yo lo escandalosa que podía llegar a ser.
No tardó en llamarme mi hijo:
¿Mamá, qué le has dicho a Marta? Casi se va de casa.
Le conté la verdad. No es la mujer para ti. Celia sería mucho mejor.
¿Pero qué Celia, mamá? ¿No estarás inventándote cosas?
Pero si fue así… Pensé que habías elegido quedarte con ella y habíais roto.
No he dejado a nadie ni conozco a ninguna Celia. Te pido, por favor, que dejes de llamar, y cambiamos la cerradura. Házme un favor, olvídate de mí. Desde hoy, para ti ya no existo.





