El hijo no quiere llevarse a su madre a vivir con él porque en casa ya hay una señora, y esa señora soy yo.
¡Eso no puede ser! ¡Pero si es su madre! ¡Que la lleve a su casa! así sentencian los parientes de mi marido. Sé perfectamente que mis amigas opinan lo mismo, pero, eso sí, ninguna me lo suelta a la cara. Todo por culpa de la situación con mi suegra.
Pilar tiene 83 años, pesa más de cien kilos y últimamente se pone enferma cada dos por tres.
¿Por qué no os lleváis a Pilar a casa con vosotros? me soltó mi prima hace unos años. Está bien que la ayudéis a diario, pero ¿y si pasa algo de noche? No puede estar sola. Vamos, que tu Alfonso es su único apoyo.
Vamos, que aquí la abuela la tiene que cuidar el hijo único con su única esposa y su único nieto. En los últimos cinco años, Pilar no ha salido ni una vez de su piso. Le duelen las piernas y el peso no ayuda precisamente. Pero esto viene desde hace treinta años, cuando mi suegra era una mujer joven, enérgica y, digamos, mandona.
¿A quién me traes a casa? soltó la madre de mi futuro esposo, Alfonso, la primera vez que me vio. ¿Por esta muchacha te he dedicado toda mi vida?
Tras esa perla, agarré mi bolso y me subí al autobús sin rechistar. Por entonces, la madre de mi marido vivía en una urbanización de las afueras, en un chalé de esos que salen en las revistas. Su difunto marido tenía un buen cargo y Pilar vivió muy bien durante bastante tiempo incluso después de quedarse viuda. Aquel día Alfonso vino corriendo tras de mí y se subió al autobús conmigo. Por suerte, con mi marido tuve suerte: nunca fue de los que obedecen ciegamente a la madre. Aunque, eso sí, la respeta mucho. Intentaba tranquilizarme diciendo que su madre es así, qué le vamos a hacer.
Tras la boda comenzamos a ahorrar para nuestro propio piso. Alfonso se fue a trabajar a otra ciudad y estuvo fuera seis meses. Ahorramos durante unos años y al final logramos comprarnos una casa; incluso la reformamos un poco. No visitábamos mucho a Pilar. Había tenido tiempo de ponerme verde delante de Alfonso y de todo el que se le cruzaba. Mira que mi nuera no le deja ni ayudarme, decía. ¿Cómo que no le dejo? Y así todo.
Decidió mudarse a la ciudad, pero el dinero que sacó por la casa no le llegaba. Nos pidió que pusiéramos algo y prometió que el piso se lo dejaría en herencia a nuestro hijo, su nieto. Pero en la notaría se volvió más lista que el hambre y dijo que tenía que ponerlo a su nombre, que una amiga le había advertido de que las abuelas muchas veces acaban en la calle así. Y encima anunció que después pensaba dejar el piso a quien la cuidase en su vejez. ¡Quería seguir mandando! Que si la íbamos a engañar, que si la dejaríamos sin nada.
Eso fue hace casi veinte años. Cuánto sufrió el notario, que tuvo que aguantarse sus quejas a voz en grito. Nosotros, por nuestra parte, salimos de la notaría con una sensación rara. Dejamos el tema estar. Pilar se mudó enseguida y ni nos dejó pintar una pared. Estuvo ahí casi un mes hasta que empezó a quejarse de que todo era viejo, estaba roto o no funcionaba. ¿Adivináis a quién culpó? Exacto, a mí: que si le busqué una casa mala, que si la quería estafar.
A Pilar le encantaban los hijos de su prima, pero a su propio nieto ni caso. Hasta fingía olvidar el día de su cumpleaños. Al poco cayó enferma y engordó tanto que apenas podía moverse por casa. Le cocinaba las cosas sanas que le ponía el médico. Pero ella, con ese genio suyo, me juró en arameo que solo su prima la alimentaba bien, que yo la tenía a pan y agua.
El año pasado Alfonso empezó a insistir en que llevásemos a su madre a casa. Según él, doña Pilar ya había entrado en razón y entendía que debía obedecer al médico.
Vale le dije finalmente, pero con condiciones: la cocina es solo mía, yo decido qué se come y aquí no quiero primas ni parientes.
Mi suegra se ofendió profundamente. Que ella venía a casa a mandar, no a ser mandada. Pero en esta casa la única señora soy yo. Así he acabado como una asistenta: voy a verla, limpio, cocino, hasta duermo allí algún día. Mientras, la famosa prima solo se interesa por el estado de Pilar por teléfono.
La pobre se queja por el móvil de que la tengo a régimen: nada de dulces ni chorizo. Que por favor su prima le traiga un bizcocho, que aquí no le dan ni una palmera de chocolate. La prima, claro, siempre ocupadísima, lo deja para otro día, aunque vive a tres pasos. Solo se pasa por allí una vez al mes a llevarle una caja de cosas poco recomendables. Y yo mientras, a cuidar de Pilar día sí, día también.
Un día llamó la suegra a la prima porque había desaparecido un collar y una cruz de oro. Dijo que ese día habíamos estado allí las dos, pero estaba convencida de que había sido yo la ladrona.
Sin decir nada, dejé la comida en la mesa y recogí la cadena y la cruz que se habían caído detrás de la mesilla. Cuando llegué a casa se lo conté todo a Alfonso y decidí que no volvía más. Le propuse llevar a Pilar a una residencia. Alfonso estuvo de acuerdo.







