Mi hijo estuvo mucho tiempo buscando a la mujer adecuada para casarse y nunca cuestioné sus decision…

Mi hijo llevaba mucho tiempo buscando a la mujer adecuada para casarse, pero jamás puse en duda sus elecciones. Finalmente, cuando cumplió treinta años, conoció a Lucía, quien, según él, era perfecta para él.

Casi cada día escuchaba de sus labios palabras sobre lo maravillosa y guapa que le parecía. Realmente, mi hijo estaba enamorado hasta los huesos. Yo también apreciaba a Lucía. Había una pasión inusual en la manera en la que mi hijo hablaba tanto conmigo como con sus amigos acerca de las virtudes de ella para él era la mujer ideal, así que no dudó ni un instante en pedirle matrimonio. Como madre entregada, por supuesto apoyé su decisión sin reservas.

Organizar la boda fue todo un desafío, pero mis amigas estuvieron a la altura y me ayudaron muchísimo. Los padres de la novia eran personas encantadoras y desde el primer momento nos llevamos de maravilla. Todo empezó siendo precioso, casi de cuento, pero con el tiempo la felicidad se fue desvaneciendo. El matrimonio de mi hijo y Lucía comenzó a resquebrajarse, las discusiones se hicieron más frecuentes y la armonía desapareció. Sabía que era apenas el primer año de matrimonio y que lo lógico era esperar a que todo se encauzara, pero la preocupación por su felicidad no me dejaba dormir; solo deseaba que su relación triunfara y fueran dichosos.

Aquella noche mi angustia fue máxima. Tarde, cuando la ciudad de Madrid ya dormía, mi hijo apareció en casa cargando sus cosas. Me dijo con los ojos llenos de tristeza que Lucía lo había echado de casa, que no tenía adónde ir. Se quedó unos días conmigo, y durante ese tiempo, Lucía ni se dignó a aparecer para hablar con él ni intentar reconciliarse. El mismo patrón se repitió varias veces, como una letanía.

Cuando Lucía me anunció que estaba esperando un hijo, decidí sentarme a hablar con ambos. Anhelaba poder darles algún consejo que les ayudara a evitar tantos malentendidos en el futuro. Pero, para mi pesar, conseguí justo lo contrario. Las discusiones fueron a peor, mi hijo volvió a dormir en mi piso varias noches y lo veía decaído. Ya no era aquel joven pleno y risueño que solía ser; la decepción le enturbiaba la mirada.

Llegó un momento en que no soportaba verlo atrapado en una relación que lo destruía. Le aconsejé que se planteara si de verdad merecía la pena continuar; podría ser un padre excelente aunque viviera separado. Así fue como al poco tiempo decidió presentar los papeles del divorcio en el juzgado, en la Gran Vía.

No pasó mucho hasta que Lucía vino a buscarme, temblando de ansiedad, rogándome que convenciera a mi hijo para que retirase la demanda, que no quería acabar con la familia. Recuerdo cuántas veces le aconsejé que luchara por cuidar su hogar antes de llegar a ese extremo. Al final, terminaron reprochándome que me metía demasiado, y mí me tacharon de entrometida.

Hoy no sé si hice bien en impulsar a mi hijo a divorciarse. Lucía no me soporta, y él cada vez está más distante, alejándose poco a poco. Pero, ¿y si todavía se quieren? Vivir separados es duro, sí, pero continuar juntos en esas condiciones también es un infierno. El corazón de una madre nunca está tranquilo.

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MagistrUm
Mi hijo estuvo mucho tiempo buscando a la mujer adecuada para casarse y nunca cuestioné sus decision…