Conocí a mi marido en la Universidad Complutense de Madrid. Los dos teníamos dieciocho años y éramos solo unos estudiantes llenos de sueños. Desde el primer momento, me llamó la atención mi futuro esposo; sobresalía por su fortaleza, su inteligencia y, sobre todo, por la bondad que le iluminaba la mirada. Al principio fuimos amigos, compartiendo cafés en las terrazas de Malasaña y largas caminatas al atardecer por el Retiro, pero pronto me di cuenta de que mis sentimientos iban mucho más allá de la amistad. A los pocos meses, ya éramos pareja. Aún guardo con cariño el recuerdo de aquellos años universitarios; sin duda, los más felices de mi vida.
Un año después, Javier me pidió matrimonio. Nos casamos poco después. No teníamos suficientes euros para una gran celebración, así que lo festejamos en una reunión sencilla en casa de mis padres en Alcalá de Henares, rodeados solo de la familia más cercana.
Ya en el segundo año de carrera, Javier comenzó a trabajar por las tardes. Vivíamos en una humilde residencia universitaria; tener un piso propio era más un deseo que una posibilidad, pero confiábamos en que lo conseguiríamos. Y así fue. Tras la muerte de mi abuela, heredé una pequeña suma, y, gracias a los ahorros que Javier, tan precavido siempre, acumuló, pudimos hacer frente a la hipoteca de un piso de dos habitaciones en Lavapiés. Nos ilusionaba pensar en formar pronto una familia.
Vivimos juntos una década, aunque nunca tuvimos hijos. Hace algunos años, la suerte nos abandonó: Javier tuvo un problema grave en el despacho donde trabajaba. La empresa entró en crisis y el dueño, sin escrúpulos, cargó sobre sus hombros toda la responsabilidad de unas cuentas mal llevadas y de una deuda que no era suya. Al final, tras un juicio largo y amargo, Javier fue injustamente condenado a cuatro años de prisión. Luchamos, contratamos abogados, intentamos todo, pero los documentos lo señalaban como culpable, aunque solo obedecía órdenes de su jefe. Fueron días duros, pero nunca le abandoné. Sin embargo, al año, fui yo quien acabó necesitando apoyo…
Una tarde que jamás olvidaré, mi suegra, Lucía, vino a casa y me dijo, tajante, que debía irme del piso. Me acusó de ser la responsable de todo lo que le había pasado a Javier, y añadió que el piso se había comprado únicamente con el dinero de su hijo, por lo que yo no tenía ningún derecho a quedarme. Me quedé muda, sin saber cómo reaccionar ante semejante dureza.
Me enteré entonces de que, antes del juicio, Javier le había dado a su madre un poder notarial. Con ese documento, ella había solicitado un extracto bancario que demostraba que los pagos de la hipoteca salían de la cuenta de Javier. Lucía decía que esos papeles bastaban para convencer a un juez de que yo nunca aporté nada al piso. Ahora estoy perdida, sin saber qué hacer ni a quién recurrir.





