Mi hijo cerró la puerta con llave cuando fui a verlo y fingió que no estaba en casa.
Sé que estaba dentro.
Vi la luz encendida.
También escuché la televisión.
Pero cuando llamé al timbre, surgió ese silencio profundo, el que aparece solo cuando alguien decide no abrir.
Me quedé frente a la puerta, esperando.
Llamé una segunda vez.
Y luego una tercera.
Por último, simplemente me apoyé contra la pared del rellano y susurré:
Álvaro sé que estás ahí.
Nada.
Solo el murmullo de la televisión seguía.
En ese instante comprendí que uno puede sentirse más solo delante de una puerta cerrada que estando completamente solo.
Soy su madre.
Lo crié sola.
Su padre se marchó cuando Álvaro tenía seis años.
Recuerdo cómo lo acompañaba cada mañana al colegio. Cómo pasaba noches en vela cuando tenía fiebre.
Recuerdo también cómo de pequeño temía a la oscuridad y venía a mi cama.
Mamá, no me dejes solo.
Y ahora era yo quien estaba sola ante su puerta.
Tras unos minutos, el ascensor se abrió.
La vecina del tercer piso salió.
Me miró.
¿Espera a alguien?
Sonreí, incómoda.
A mi hijo.
Ella miró la puerta.
Pero acaba de llegar.
Sentí un pinchazo en el pecho.
Lo sé.
Bajé por las escaleras porque no quería esperar al ascensor ni llorar delante de nadie.
Al salir a la calle, el móvil vibró.
Un mensaje.
De Álvaro.
«Mamá, lo siento. No era el momento adecuado.»
Momento adecuado.
Esas palabras me sonaron tan ajenas.
No dormí en toda la noche.
Al día siguiente decidí que no iba a escribirle.
Si alguien no quiere abrirte la puerta, no puedes obligarlo.
Pasaron tres días.
Luego el móvil sonó.
Era Álvaro.
Su voz tenía otro tono.
Mamá ¿puedes venir?
¿Por qué?
Guardó silencio un instante.
Porque ayer pasó algo.
¿Qué pasó?
El hijo del vecino me preguntó algo.
Suspiró.
Me preguntó por qué su abuela siempre iba a su casa y mi madre nunca venía a la mía.
Sentí una puñalada en el corazón.
¿Y qué le dijiste?
Nada no sabía qué decir.
Luego susurró:
Me di cuenta de que si sigo así, un día mi hijo pensará que es normal cerrar la puerta en la cara de su madre.
Silencio.
Mamá ¿vendrás otra vez?
Miré el móvil mucho tiempo.
Después respondí, despacio:
¿Esta vez la abrirás tú?
Al otro lado, solo una frase:
Sí.
Y a veces, precisamente eso, es lo más difícil para una persona.
Abrir la puerta.
¿Qué haría usted en mi lugar?




