Mi hijo cerró la puerta con llave cuando fui a verle y fingió que no estaba en casa.
Sé que estaba dentro.
Vi la luz encendida.
Escuché la televisión.
Pero cuando llamé al timbre, se hizo ese silencio especial, el que sólo se produce cuando alguien no quiere abrirte por voluntad propia.
Me quedé delante de la puerta, esperando.
Llamé una segunda vez.
Luego una tercera.
Al final simplemente me apoyé en la pared del pasillo y susurré:
Mateo sé que estás ahí.
Nada.
Sólo la televisión seguía hablando sola.
En ese momento comprendí que uno puede sentirse más solo ante una puerta cerrada que cuando está completamente solo.
Soy su madre.
Le crié sola.
Su padre se marchó cuando Mateo tenía seis años.
Recuerdo cómo le llevaba al colegio todas las mañanas. Cómo pasaba las noches en vela cuando tenía fiebre.
Recuerdo también cómo de pequeño temía la oscuridad y venía a meterse en mi cama.
Mamá, no me dejes solo.
Y ahora era yo la que estaba sola, delante de su puerta.
A los pocos minutos, el ascensor se abrió.
Salió la vecina del tercero.
Me miró.
¿Está esperando a alguien?
Sonreí incómoda.
A mi hijo.
Ella miró la puerta.
Pero acaba de llegar hace un momento.
Se me encogió el corazón.
Lo sé.
Bajé por las escaleras porque no quería esperar al ascensor y tampoco quería que nadie me viese llorando.
Al salir a la calle, el móvil vibró.
Un mensaje.
De Mateo.
Mamá, lo siento. No era un buen momento.
No era un buen momento.
Aquellas palabras me resultaron tan extrañas.
No pude dormir en toda la noche.
Al día siguiente decidí que no le escribiría.
Si alguien no quiere abrirte su puerta, no puedes obligarle.
Pasaron tres días.
Después sonó el teléfono.
Era Mateo.
Su voz estaba diferente.
Mamá ¿puedes venir a verme?
¿Por qué?
Se quedó callado un instante.
Ayer pasó algo.
¿Qué ocurrió?
El hijo del vecino me preguntó algo.
Suspiró.
Me preguntó por qué su abuela siempre va a su casa y mi madre nunca viene a la mía.
Se me hizo un nudo.
¿Y qué le dijiste?
Nada no supe qué decirle.
Luego susurró:
Me di cuenta de que si sigo así, algún día mi propio hijo pensará que es normal cerrar la puerta a su madre.
Silencio.
Mamá ¿volverás a venir?
Miré el teléfono largamente.
Después respondí en voz baja:
Esta vez, ¿abrirás la puerta?
Al otro lado sólo escuché una frase sencilla.
Sí.
Y a veces, precisamente eso es lo más difícil para una persona.
Abrir la puerta.
Al final, lo que aprendí fue que el orgullo cierra puertas, pero la humildad las abre.






