**Diario de una madre herida**
Mi hija se avergonzaba de nuestros orígenes rurales y no nos invitó a su boda
Siempre vivimos con humildad, pero con dignidad. Nuestra casa, la huerta, las vacas, las preocupacionestodo giró en torno a un solo propósito: criar a nuestra única hija para que fuera una persona de bien. Para ella, lo dimos todo. Lo mejor era para ella. ¿Zapatos nuevos? Claro. ¿Un abrigo para que no fuera menos que las chicas de ciudad? Por supuesto. Nos privábamos de lo necesario con tal de que ella no careciera de nada. Creció hermosa, lista. Era una estudiante brillante que soñaba con la ciudad. Y nosotros, felicesnuestra Lucía tendría un destino distinto al nuestro.
Mi marido, con ayuda de un viejo conocido, logró meterla en una prestigiosa universidad madrileña. Sin pagar matrícula. Nos enorgullecíamos como si fuera nuestro mérito. La apoyamos en todocon palabras y con nuestros ahorros. Cada vez que volvía al pueblo, era una fiesta. Escuchábamos sus historias como cuentos: su trabajo de oficina, su novio de buena familiaÁlvaro, hijo de un empresario. Sus ojos brillaban al hablar de él. Y nosotros solo pensábamos: ojalá llegue pronto la boda
Pero los años pasaban sin compromiso. Un día, mi marido no aguantó más: «Invita a Álvaro al pueblo, que lo conozcamos». Ella dudó, poniendo excusas del trabajo. Una y otra vez. Empezamos a sospechar. Algo no cuadraba. Así que un día, armamos valor: iríamos nosotros a Madrid. La dirección la encontramos en unos papeles viejos. Compramos regalos, nos pusimos nuestras mejores galas y partimos.
La casa era un palacio. Piedra, cristal, portero. Un hombre amable nos recibió y nos guio al interior. Todo parecía de película. Estábamos ahí, sin saber dónde mirar, hasta que nos llevaron al salón. Y entonces lo vi. Sobre la mesa, una gran foto de boda enmarcada. De blanco, con su ramonuestra Lucía. Mi marido se quedó de piedra. Y yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Por cierto, ¿por qué no vinieron a la boda? preguntó Álvaro de pronto.
Mi marido y yo nos miramos. ¿Qué decirle? ¿Que ni siquiera lo sabíamos? En ese momento, apareció ella. Lucía. Su cara se descompuso, le temblaron los labios. Con un gesto, le pedí que habláramos. Al principio, balbuceó excusas, hasta que al final soltó:
No los invité porque son del campo. Me daba vergüenza. No quería que nadie supiera que mis padres son campesinos
Esas palabras me atravesaron el corazón. Como un cuchillo. ¿Cómo? ¿Nosotros? ¿Vergüenza? ¿Los que lo dimos todo por ella? ¿Los que trabajamos sin descanso para darle un futuro?
¿Y Álvaro? pregunté, sin aliento. ¿Lo sabía?
Sí. Él quería que estuvierais. Hasta mandó una invitación, pero le dije que la habíais rechazado
Ahí estaba. Éramos la vergüenza que ocultó. Ni siquiera nos dejó estar en el día más importante de su vida. Sin palabra, sin explicación. Borrados.
Nos fuimos ese mismo día. Sin lágrimas, sin gritos. Solo un vacío en el alma. ¿Cómo seguir viviendo cuando tu propia hija te da la espalda? ¿Cómo creer que nada de esto valió la pena? ¿Que no criamos a una extraña?
Desde entonces, Lucía no ha llamado. Y nosotros tampoco. No por rencorpor dolor. Porque no hay palabras para quien te traiciona con tanta facilidad.







