Mi hija dejó de hablarme hace ya un año. Se marchó de casa para irse a vivir con un hombre al que nunca quise aceptar, porque lo conocía bien: inestable, con cambios de humor en un suspiro, siempre buscando excusas para no trabajar. Pero ella, ciega de amor, me dijo que no la entendía y que su vida junto a él sería distinta. Aquella fue nuestra última conversación, antes de irse con él, sin mirar atrás. Él me bloqueó de todas partes, ni siquiera me permitió despedirme.
Los primeros meses, me enteraba por una vecina de que mi hija subía fotos abrazada a él, sonriente, diciendo que por fin tenía un hogar. El corazón se me encogía, pero callaba. Sabía que, más pronto que tarde, aquella relación iba a mostrar su verdadero rostro. Así fue. Las fotos desaparecieron. Ya no la veía arreglada, ni en restaurantes, ni paseando por el Retiro. Un día leí una publicación suya vendiendo ropa y muebles. Supe al instante que algo iba mal.
Hace dos semanas, por fin sonó mi móvil. Vi su nombre en la pantalla y me quedé muda. Contesté con voz temblorosa, temiendo que volviera a reprocharme por meterme en su vida. Pero no. Lloraba. Me dijo que él la había echado de casa. Pero lo que más me rompió fue escucharla decir:
Mamá no tengo a dónde ir.
Le pregunté por qué no había venido antes, por qué un año de silencio. Me confesó que le avergonzaba admitir que yo tenía razón. Que aquella relación no era lo que se imaginaba. No quiero estar sola en Navidad, me dijo entre sollozos. Aquello me desgarró, recordando todas nuestras Navidades cómo cantábamos villancicos, cómo cocinábamos, cómo montábamos el Belén. Ver que mi hija vivía una realidad tan lejana a sus sueños me partía el alma.
Aquella noche volvió a casa, con una maleta pequeña y triste y la mirada rota. No la abracé al llegar no porque no quisiera, sino porque no sabía si ella estaba preparada. Fue ella quien se lanzó a mis brazos y susurró:
Mamá, perdóname. No quiero estar sola en Navidad.
Era el abrazo que ambos habíamos esperado todo un año. La senté, la alimenté y la dejé hablar. Había acumulado tanto dolor, que las palabras le salían a borbotones, como el vapor de una olla a presión.
Me contó que él revisaba su móvil, que la hacía sentirse como si no valiera nada, que le decía que nadie la querría sin él. Confesó que muchas veces quiso llamarme, pero el orgullo la frenaba. Me dijo:
Pensaba que si te llamaba, era reconocer que había fracasado.
Le respondí que no es un fracaso volver a casa; fracaso es quedarse donde te vas apagando. Entonces lloró como una niña pequeña.
Hoy está aquí duerme tranquila por primera vez en meses. No sé qué será del futuro. No sé si volverá con él, o si por fin entenderá que merece una vida mejor.
Solo sé una cosa: esta Navidad no estará sola.
Porque, ¿qué no haría una madre en Madrid?





