Diario personal, martes.
No consigo dormir bien últimamente. Llevo ya tres meses discutiendo con mi hermano Diego sobre mamá. Desde que sufrió el ictus, apenas es la misma. Olvida las cosas, necesita compañía constante. Hay que estar a su lado todo el tiempo. Se ha convertido en mi responsabilidad y es como cuidar a una niña pequeña, pero yo tengo mi trabajo, mi casa, mi hija Lucía y mi marido Javier. ¿Cómo se supone que debo partirme en dos?
He propuesto llevar a mamá a una residencia, porque necesita atención profesional. Pero Diego se pone furioso, me acusa de ser cruel y poco humana, me dice que una madre no se abandona. Sin embargo, él tampoco acepta llevársela a su piso en Madrid, donde vive con su mujer, Patricia. No hay espacio, dice.
Qué lejos queda aquella época de familia de cuatro: Diego y yo nacimos con apenas un año de diferencia, hijos de padres mayores, criados en Salamanca. Ahora tengo 36 años y Diego 35; mamá acaba de cumplir 72. Antes de que papá muriera, todo iba bien. Luego Diego se fue a estudiar a Madrid, hizo su vida allí, y yo me quedé en nuestra ciudad, primero con mis padres, luego con Javier. Nuestra idea era comprar una casa, criar a Lucía, avanzar juntos. Pero hace dos años murió papá, y mamá se apagó de golpe; la tristeza le robó cualquier alegría.
El ictus de hace medio año terminó de derrumbarla. Al principio creíamos que no lo superaría. No hablaba bien, apenas movía los brazos y las piernas; luego mejoró, pero ya nada fue igual. Los médicos han dicho que parte del daño es irreversible, sobre todo en lo psicológico.
Así que me tocó encargarme de ella. Javier y yo nos mudamos a su piso. Tuve que dejar mi antiguo trabajo y me volví autónoma, desde casa. Mamá no podía quedarse sola. Aunque casi recuperó la movilidad, no fue más fácil. Balbuceaba, salía sin rumbo y teníamos que buscarla porque decía que papá la esperaba en alguna parte. Una angustia constante. No duermo bien, siempre tengo miedo de que se pierda. El trabajo me sale mal y no puedo concentrarme. Javier me ha sugerido que considere la residencia; sé que cuesta mucho, pero si juntamos nuestros ahorros y Diego aporta, podríamos afrontar los gastos.
Esta situación no puede eternizarse. En la residencia tendría cuidados las 24 horas y supervisión médica. Fui a visitarla, pregunté por tarifas: son altos, claro, pero ¿qué alternativa hay? Llamé a Diego, le conté cómo estamos de verdad. Imaginé que lo entendería, que vería lo que vivimos diariamente. En lugar de eso, se enfadó aún más.
¿Estás loca, Elena? ¿Cómo puedes llevar a nuestra madre a una residencia? Allí nadie la conoce, ¿cómo van a tratarla? ¡No tienes corazón! me gritó por teléfono. ¿O simplemente quieres quitártela de encima?
Intenté explicarle que no es por comodidad, sino porque no doy para más. No me escuchó. Sigo cuidando a mamá, pero empiezo a sentirme débil, superada. Volví a hablar con Diego, pero no cambia de opinión.
Yo no le haría eso a mamá me dice. Ella nos educó, nos dio casa, nunca se quejó aunque fuéramos difíciles. No sé cómo puedes pensarlo.
¿Y por qué solo yo tengo que asumir toda la carga? Si su solución no le gusta, puede venir a buscar a mamá y llevarla con él. Que demuestre su bondad.
Sabes que vivo con Patricia en su piso. ¿Qué le digo, que tiene que cuidar de la suegra?
Pues Javier cuida de su suegra, ¿o tu mujer es diferente?
Vosotros vivís con mamá, por eso lo hace…
Le dije que yo podría dejar a mamá allí y que ellos se trasladaran al piso, si de verdad quiere cuidar de ella, y que de paso se repartan el esfuerzo. Diego titubea, dice que trabaja mucho, que no puede distraerse. Y que yo solo quiero librarme de la obligación.
La casa ahora me pesa como una losa. Sé que lo más racional es llevar a mamá a la residencia: aliviaría nuestras vidas. Pero tengo miedo a sentirme una hija ingrata. Javier me apoya; dice que allí estará bien cuidada, y que tenemos que pensar en Lucía y en nosotros.
He decidido esperar una semana. Si Diego no viene ni propone nada concreto, tendré que tomar la decisión por mi cuenta. Ya no puedo más. Solo yo sé lo duro que es cuidar de una persona enferma a diario. Que Diego invente excusas para sus amigos. Ya estoy harta.
Mañana será otro día.






