Mi hermano se niega a llevarse a mamá a su casa y tampoco quiere que la ingresemos en una residencia de mayores — ¡dice que no hay sitio para ella!

Mi hermano no quiere llevar a mamá a una residencia de mayores, ni tampoco mudarse con ella según él, no cabe ni un alfiler más en su casa.

Llevamos tres meses peléandonos por la cuestión de mamá. Desde que tuvo aquel ictus, no está al cien por cien. Se le olvidan las cosas constantemente, necesita compañía y cuidados. Al final, todo el marrón me ha caído a mí. Es como criar un niño, pero en versión abuela. Que si trabajo, que si casa, que si mi familia… ¿Cómo hago para estar en dos sitios a la vez? Yo sugiero que la llevemos a una residencia, y mi hermano pone el grito en el cielo y me acusa de cruel, como si estuviera pensando en meterla en Alcatraz. Pero él tampoco da su brazo a torcer para llevársela a su piso, que no es suyo, sino de la mujer.

Antes éramos una de esas familias españolas típicas, de cuatro. Mi hermano, Lucas, y yo, Carmen, apenas nos llevamos un año. Nuestros padres nos tuvieron tarde. Ahora tengo 36 años, Lucas 35 y mi madre, Pilar, está ya en los 72. Hasta que papá murió, todo funcionaba.

Luego Lucas se fue a estudiar a Valencia y ahí se echó novia y raíces, mientras que yo me quedé en Madrid, en el barrio de toda la vida. Al principio vivía con mis padres, pero al casarme con Javier, nos pasamos a un piso de alquiler. El plan era ahorrar para comprar casa y tener hijos. En fin, los sueños estándar.

Hace solo dos años falleció mi padre y desde entonces, mamá se puso tristona y empezó a echar de menos su vida de antes. Envejeció de golpe, cayó enferma, y hace medio año fue el ictus. Pensé que se nos iba. Al principio no podía hablar bien y tenía que ayudarla a andar. Luego mejoró algo, pero, claro, la cabeza no volvió a ser la misma.

Los médicos dicen que no hay marcha atrás. Así que tuve que mudarme con Javier al piso de mamá. Cambié de trabajo me hice autónoma para poder estar pendiente de ella. Dejarla sola era imposible. Cuando recuperó la movilidad, tampoco fue la fiesta.

Desvariaba, se despistaba, salía corriendo, y no había forma de convencerla para volver a casa. Lloraba, decía que papá la esperaba en algún sitio. Vamos, un “Sálvame Delux” diario. Yo ya no dormía. Temía que se escapara. Y mi trabajo, bien, gracias: ni me concentro ni rindo. Javier me sugirió llevarla a un centro de mayores.

Cuesta un ojo de la cara, pero si sumamos lo que gano como freelance y lo que va guardando Javier, nos llega para pagar una plaza. Y además, Lucas podría poner la mitad. Es lo justo.

Tardé en decidirme, pero es que no hay alternativa. ¿Cuánto tiempo más puedo seguir así? Allí tendrá cuidados y atención médica todo el día. Fui a ver el sitio y lo pregunté todo. El precio: tres mil euros al mes, como si vendieran oro por gramo. ¿Pero qué opción hay?

Llamé a Lucas y le conté la realidad. Esperaba que entendiera la situación, que venga, que sea sensato. Pero no…

¿Te has vuelto loca? ¿Cómo vas a meter a mamá en una residencia? Allí nadie la conoce, ¿y si la tratan mal? ¡No tienes corazón! me chilló por el teléfono. Lo mismo lo que quieres es quitártela de encima.

Intenté explicarle, pero no entraba en razón. Así siguió la cosa: yo ocupándome de Pilar mientras Lucas se hacía el sueco. Hasta que ya no podía más, volví a hablar con él. Su discurso, igual de dramático.

¿Tú crees que mamá se lo merece? Ella nos crió y educó. Tú y yo nunca estuvimos en un orfanato. Y nunca se quejó de tenernos en casa.

Sí, pero los dos le debemos esto, no solo yo. Si no te gusta lo de la residencia, vente a Madrid y llévate a mamá contigo. Así le demuestras lo bueno que eres.

Sabes que vivo con Laura en su piso. ¿Cómo quieres que le diga a mi mujer que nos mudamos con su suegra?

Vamos, que mi marido tiene que cuidarla, pero tu mujer no. El feminismo este, pero solo cuando conviene.

Tú y Javier vivís con ella, así que os toca ocuparos. Es más práctico.

Le dije que si quería, yo me iba ya de casa de mamá, y que viniera él a mudarse. Dudó, que si mucho trabajo, que no quiere distraerse. Según él, yo sólo busco librarme de la faena.

Mi vida parece una película de Pedro Almodóvar, pero sin el presupuesto. Por un lado sé que lo de la residencia sería lo mejor para todos. Por otro, me siento la peor hija del mundo, como si fuera la responsable de todo. Javier me apoya: “Allí estará cuidada, y nosotros también tenemos derecho a vivir nuestra vida.”

Decidí esperar una semana. Si Lucas no aparece, pues haré lo que tenga que hacer. Y sí, pondré a mamá en la residencia. Porque es fácil dar consejos y hacerse el sensible. Pero sólo yo sé lo cuesta arriba que es cuidar a alguien enfermo cada día. Y Lucas, que siga inventando excusas para sus amigos: yo ya he tenido bastante por hoy.

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MagistrUm
Mi hermano se niega a llevarse a mamá a su casa y tampoco quiere que la ingresemos en una residencia de mayores — ¡dice que no hay sitio para ella!