María tiene sesenta años. Es madre de dos hijos y vive con su marido en un piso de dos habitaciones. Aunque, en realidad, eso debería matizarse. No es que viva con él, sino que lleva soportándole ya demasiados años. El carácter de su esposo es complicadísimo. Es un hombre presumido, egocéntrico y muy frío; todo en casa debe ir siempre a su manera. Por eso María ha aguantado tanto.
Tienen dos hijos. Su hija, Lucía, lleva doce años casada con Roberto. Ellos pidieron una hipoteca para su propio piso, y menos mal que van pagándola puntualmente. Todos los extras y pagas extra van directos a la hipoteca.
Ambos trabajan y aun así les da para criar bien a sus hijos y vestirlos como Dios manda. El hermano de Lucía, Javier, vive aún mejor. Tiene varios pisos en Madrid y una casa en la sierra. Un día llamó a su hermana para darle una noticia: Mamá y papá han decidido separarse, por iniciativa de ella. Ya vendieron el piso y han repartido el dinero. Yo le prometí a papá que me encargaría de él, y contigo contaba para que cuidaras de mamá dijo Javier. ¿Pero cómo? ¿Dónde va a vivir? Sabes que nuestro piso es solo de dos habitaciones y tenemos dos hijos. ¿Dónde va a dormir? respondió Lucía, sin saber qué hacer. ¿Y eso tengo que resolverlo yo? ¿Vas a dejar tirada a tu madre? le contestó Javier. A Roberto tampoco le va a parecer bien esto añadió Lucía, nerviosa. Eso es cosa tuya zanjó él y colgó.
Javier ya había desalojado uno de sus estudios para que su padre se mudara sin problema. No tenía que preocuparse de nada más. Lucía, entonces, pensó que quizá lo mejor sería pedir otra hipoteca para una vivienda para su madre. Sorprendentemente, le aprobaron la solicitud. El piso quedó a nombre de Lucía, y la entrada se pagó con el dinero que le correspondió a su madre por la venta. El resto lo pagarían todos los meses. Además, Lucía tuvo que buscar otra manera de compaginar el trabajo y los pagos.
A Roberto, su marido, todavía le cuesta aceptar la decisión. A veces va por la casa serio y cabizbajo; dice que, a esas edades, no es normal divorciarse, que eso al final es una carga que recae sobre los hijos, y que no es justo. ¿Tú qué opinas? ¿Crees que Roberto tiene razón?





