Te voy a contar una historia de familia que, si te soy sincera, me dejó flipando y todavía me río solo de recordarla. Mira, mi hermano, que se llama Luis, después de acabar la carrera se mudó a otra ciudad, bastante lejos de Madrid, porque le surgió un curro. Su idea era estar allí solo un añito, ahorrar lo que pudiera y luego volver para comprarse un piso aquí. Pero ya sabes cómo es la vida y sus giros… Al poco tiempo conoció a una chica y, mira por dónde, acabaron casándose y quedándose allí. Ninguno de nosotros conocía a su mujer. Para colmo, justo cuando se casaron yo estaba embarazadísima, vamos, a punto de dar a luz, así que decidimos que lo mejor era que no fuera a la boda; mi padre no pudo cogerse días libres en el trabajo, así que solo fue mi madre. Mi madre tampoco es que hiciera mucha piña con la nuera, se limitaron a las presentaciones y poco más. Se fueron de luna de miel y mi madre regresó a Madrid al cabo de unos días. Solo decía que la chica era mona, que sonreía mucho y que parecía maja. Pasaron los años y jamás llegamos a coincidir con mi cuñada.
Pero este año, Luis vino con noticia bomba: se habían montado un viaje de esos de varias paradas. Primero iban a venir los dos a vernos a Madrid, luego iban a ir a la boda de una amiga suya a Salamanca, después a un reencuentro de antiguos alumnos en Valladolid, luego a pasar unos días con mis padres en la Costa Brava y, ya al final, de vuelta a casa. Se suponía que estarían con nosotros dos días. Yo los esperaba con ganas, la verdad. Mi piso es pequeño, pero pudimos usar la casita de campo de mis suegros que está en la sierra, que aunque llevaba un tiempo sin arreglarse, tiene lo básico para estar de maravilla unos días. Mi suegra, súper generosa, nos la dejó sin problema.
Total, que llega el gran día y estoy contentísima, con ganas de reencontrarme con mi hermano y por fin conocer a su mujer. Aparecen por fin, y ahí es cuando empieza el show. Nada más llegar, Luis me la presenta y, desde el minuto uno, la chica empieza a quejarse: que si el viaje fue insoportable, que hacía calor, que el tren fue un horror, que cómo podía la gente vivir así… todo eran pegas.
Vamos a la casa de campo y les hago un tour. Ella mira la ducha y el baño con una cara de asco, como si hubiera visto una cucaracha gigante. Se lleva a Luis aparte, charlan un poco en privado y, al rato, mi hermano le pide a mi marido que los lleve de vuelta a Madrid. Vamos, que la ducha del campo le daba igual de mal rollo que si fuera una cueva. Se vinieron a casa, ella se duchó, se maquilló y luego volvieron al campo. Poco después surge otra: no quiso probar nada de lo que preparamos entre mi marido y yo. Ojo, que le pusimos todo nuestro esmero: platos típicos, embutidos, una tortilla de patatas, algo de jamón, de todo. Pero no, que si tenía gluten, que si demasiada grasa, que si no sé qué más… Al final, solo probó algo de verdura, y ni eso la convencía mucho, le ponía cara de “no sé si esto me va a sentar mal”.
En el cuarto que arreglamos para ellos tampoco quiso dormir, así que segunda vuelta al centro, a mi casa. Al día siguiente, dimos un paseo por Madrid y, te juro, tenía más manías que mi hijo de tres años: que si hacía calor, que si le dolían los pies, que si se aburría… ¡Un espectáculo!
Cuando por fin se marcharon, sentí una paz… No entiendo cómo Luis lleva con ella tantos años. ¡Si a nosotros casi nos volvió locos en solo dos días!




