Mientras preparábamos una cena en honor a nuestro difunto padre, el comportamiento de mi hermano Álvaro dejó pe toți cu ochii cât cepele. Llevaba más de quince años trabajando en el extranjero, y solo había vuelto dos veces desde entonces; pero ahora, justo al noveno día de la muerte de nuestro padre, apareció de repente, como quien viene en busca de oro.
Álvaro tenía un nerviosismo peculiar; iba por la casa preguntando dónde estaban ciertas cosas y rebuscando por todos los rincones de la casa de nuestros padres, como si se le hubiera perdido el décimo cupón del Euromillones. La cocinera, que llevaba en la familia más que el sofá del salón, se quedó ojiplática. Porque mientras él estaba fuera haciendo las Américas (o más bien las Alemanias), mi hermana Jimena había estado cuidando de papá y mamá sin rechistar.
Pero lo de volver, Álvaro no lo hizo, clarísimamente, para despedirse del viejo. No, volvió a buscar algo concreto. Este detalle le chirrió a Jimena, que pensó que venía a echarle una mano en estos días tan delicados. Nada que ver. Sus actos distaban mucho de los de un hermano solidario: empezó a preguntar de quién era esto, de quién era lo otro, diciendo que todo le pertenecía a él. Hasta se vino arriba sacando unos papeles amarillentos, alegando que nuestros padres le habían cedido todo hace ya veinte años Y claro, hizo que Jimena se sintiera poco menos que una usurpadora cualquiera, como si ella fuera la bandida que quería quedarse la casa del pobre hermano desvalido.
Jimena acabó hecha polvo, llorando, y al final se marchó de la casa con unos cuantos familiares y amigos, todos igual de descolocados ante el numerito de Álvaro.
A pesar del ambiente tenso, mi hermano se quedó aún una semana más, como si estuviera de okupa. Cambió las cerraduras, puso rejas en puertas y ventanas, ni que fuera la embajada de Suiza en el centro de Madrid, y solo entonces se largó con viento fresco de vuelta a su mujer.
Tiempo después, una vecina de su piso en Múnich nos dio la noticia: Álvaro estaba gravemente enfermo y el pronóstico, según los médicos, era peor que el tiempo en Lugo en pleno febrero. Su salud iba a ir cuesta abajo y sin frenos, igualito que nuestro padre. Al enterarse, su mujer le invitó sutilmente (bueno, en realidad, ni tan sutilmente) a que se volviera a España, porque la situación le estaba superando.
Ahora, a pesar de todo el dolor que le causó Álvaro, el sentido del deber de Jimena hacia la familia es inamovible. Cree que, aunque sea un ingrato, no deja de ser su hermano y hay que cuidarle. Sin embargo, su hija, Lucía, está que trina. No quiere que su madre sacrifique su vida y su salud por el elemento de su tío. Le plantea a Jimena la difícil cuestión de elegir: recordándole que sobre todo, quienes necesitan a la abuela son sus nietos, que la adoran.
Así que entre la necesidad del hermano y la súplica de su hija, Jimena se encuentra hecha un lío monumental. Siente lástima por Álvaro, porque su situación es francamente complicada. Pero también entiende lo que le dice Lucía. La decisión le pesa en el alma, y no termina de ver con claridad qué sería lo mejor para ella y para la familia. Cosas de las familias españolas: se llora, se discute, se perdona y al final, se vuelve a poner otra cafetera.





