Me cuesta imaginar quién pudo haberle inculcado a mi hermano la idea de poseer habilidades artísticas durante los años de escuela, porque aquello solo sirvió para alimentar una confianza y autoestima desmedida. Cuando compartió su recién descubierto talento con nuestros padres, decidieron apoyarle inscribiéndole en una academia de pintura. Sin embargo, tras unas pocas clases, decidió arrogantemente que ya sabía todo lo necesario y abandonó el curso. Mis padres esperaban que, antes de terminar el bachillerato, dejaría a un lado sus aspiraciones artísticas, pero él persistió e incluso intentó ingresar en una escuela de arte. Desgraciadamente, no fue aceptado, pues sus cuadros no convencieron a los profesores, aunque él insistía obstinadamente en que el verdadero talento no dependía de un título y siguió pintando.
Nuestro padre, sin embargo, opinaba de forma distinta y decidió dejar de ayudarle económicamente, lo que provocó una relación tensa entre ambos. Aunque mi hermano pudo seguir viviendo en la casa familiar, no recibió ningún apoyo para gastos personales. Resignado, se marchó y encontró trabajo como camarero, y siguió pintando a la vez. Conoció a una joven llamada Leonor, quien admiraba tanto su talento como su carácter, y pronto se mudaron juntos. Eventualmente, alguien compró uno de sus cuadros, lo que aumentó aún más su orgullo, y renunció a su trabajo de camarero para dedicarse únicamente a la pintura.
Como Leonor era la única que sostenía la familia tras la baja por maternidad, comenzaron a tener dificultades económicas. Mi hermano encontró empleo en una cafetería, pero volvió a abandonarlo para dedicarse por completo al arte. Con esa decisión, el dinero para gastos básicos como la comida comenzó a escasear. A nuestra madre le dolía ver a su nieto pasar privaciones, por lo que intentó ayudar comprándoles alimentos. Con el tiempo, mi hermano y Leonor tuvieron tres hijos, y ella seguía sin trabajar por el cuidado de los pequeños. Él continuó con la pintura y logró vender algunos cuadros en el transcurso de cinco años, pero los ingresos eran muy bajos.
La estabilidad de su familia dependía casi por entero de mí y de nuestros padres, pues seguíamos manteniéndoles y ayudándoles a cubrir las necesidades más urgentes. Era nuestra responsabilidad asegurar que pudieran salir adelante y sostener a sus hijos, a pesar de los sueños y empecinamientos de mi querido hermano.






