Mi hermano estaba completamente convencido de su talento artístico y decidió dejar su trabajo de camarero justo cuando su esposa estaba de baja por maternidad. Desgraciadamente, nuestra familia fue la única que soportó las consecuencias de su decisión.

Me cuesta imaginar quién pudo haber sembrado en él la idea de ser artista durante los años en el colegio, porque aquello solo trajo aparejado un exceso de confianza y un amor propio inflado como los globos que cruzan el cielo de Madrid. Cuando mi hermano, Álvaro Sánchez, compartió su supuesto talento recién descubierto con nuestros padres, ellos decidieron apoyarlo inscribiéndolo en un taller de arte cerca de la Gran Vía. Pero tras asistir a un par de clases, y como si el tiempo fuera un torbellino invertido, Álvaro anunció con una soberbia que parecía sacada de los sueños de Don Quijote que ya lo sabía todo, y dejó de ir al curso.

Mis padres, Esperanza y Manuel, esperaban que eventualmente se le disipara aquella fiebre por la pintura antes de terminar el instituto, pero él persistió como quien busca una sombra en un patio soleado y quiso ingresar a la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Por desgracia, su estilo no fue del gusto del jurado, como una sopa de ajo sin sal, pero él insistía obstinadamente que el talento no necesitaba títulos. Siguió pintando, rodeado de lienzos que parecían flotar por la casa, como si fueran peces en el Manzanares.

Nuestro padre tenía otra perspectiva y decidió dejar de financiarle sus pinceles y tubos de óleo, lo que desencadenó una relación tensando como las cuerdas de una guitarra. Aunque Álvaro seguía viviendo en el piso familiar del barrio de Chamberí, no recibía ni un euro para gastar en sus caprichos. Resignado, se fue de casa y empezó a trabajar de camarero en una taberna, pero seguía pintando en sus ratos libres. Allí conoció a una chica, Marisol Ortega, que admiraba su arte y le invitó a vivir con ella.

Finalmente, alguien compró uno de sus cuadros por ciento veinte euros, y este hito infló aún más su orgullo, como las olas del mar cantábrico en plena tormenta, así que dejó el puesto de camarero y se dedicó de lleno a la pintura. Cuando Marisol fue madre y tomó la baja por maternidad, ella era el único sustento en casa. Pronto, los problemas económicos se acumularon como cartas sin abrir. Álvaro se empleó en una cafetería cerca de la Puerta del Sol, pero pronto abandonó el trabajo, huyendo hacia su universo de colores.

La decisión tuvo el efecto onírico de que el dinero parecía evaporarse como la niebla matinal de Toledo. No había para pan ni para leche, así que nuestra madre, Esperanza, no soportó ver a su nieto sin comida y compró víveres. Con el curso de los años, Álvaro y Marisol tuvieron tres hijos, y ella aún seguía sin trabajar tras la baja maternal. Álvaro persistía entre pigmentos, y logró vender varios cuadros en cinco años, aunque las ganancias parecían monedas que suenan pero nunca pesan.

Su situación económica dependía fundamentalmente de mí y mis padres, pues seguíamos siendo el sostén de la familia. Teníamos que procurarles lo esencial, y ayudarles a mantener a su descendencia, como si los sueños de Álvaro fueran corrientes cálidas que no se acaban nunca, pero tampoco traen buen pescado.

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MagistrUm
Mi hermano estaba completamente convencido de su talento artístico y decidió dejar su trabajo de camarero justo cuando su esposa estaba de baja por maternidad. Desgraciadamente, nuestra familia fue la única que soportó las consecuencias de su decisión.