Mi hermano pequeño decidió irse a vivir con su suegra y, sinceramente, todavía en casa no hemos entendido de dónde le vino esa genial idea
Mi hermano, que siempre fue el consentido de la familia, se casó jovencísimo, con apenas 18 añitos. Parecía que tenía prisa por presumir de autonomía, como si antes de afeitarse quisiera ya demostrar que podía con todo.
Desde que nació, fui como su segunda madre; adiós infancia, hola responsabilidad. Y cuando creció, se casó y se mudó, la vida le cambió bastante pero precisamente para mejor, no.
Su mujer, que también era una cría, tenía un carácter fuerte, de esos que te ponen los nervios a prueba. Desde la primera vez que la conocimos, ninguno en la familia le cogimos el punto. Carecía, digamos, de ese savoir-faire básico y de la elegancia tradicional que suelen tener las chicas de aquí. Visualmente tampoco era para tirar cohetes (aunque para gustos, colores, claro). Sigo sin entender qué vio mi hermano ahí, francamente.
Se mudaron a un piso colindante a la casa de la suegra, más cerca imposible. El suegro era un señor callado y algo peculiar, que respondía a todo asentando con la cabeza y poco más. La suegra, en cambio, era como una general prusiana: le gustaba tener siempre el control, repartir órdenes como si llevara una batuta y el resto fueran músicos desafinados. A mi hermano lo tenía entre ceja y ceja, criticándole desde que salía el sol hasta que se ponía, y la esposa tampoco se quedaba corta con los reproches.
Ver cómo trataban a mi hermano me subía la tensión arterial. Intenté hablar con él sobre el asunto, pero el chaval insistía en que todo iba bien, que su mujer le quería y que eran muy felices con esa vida de ensueño. Pero yo, con el tiempo, noté el cambio: mi hermano se volvió como su suegro, solo respondía con muecas y asentimientos de cabeza.
Pero claro, hasta el santo Job tiene un límite. Y un día, sin aspavientos ni tambores, mi hermano hizo las maletas y se largó sin mirar atrás.
Aquella escena no se la deseo a nadie: verle así, descompuesto del todo Y sí, claro, luego reconoció que casarse tan joven quizá no era la mejor de las ideas.
Dicen que todos tenemos un tope de paciencia, y que, cuando se rebasa, lo mejor que puedes hacer es marcharte discretamente de donde no pintas nada. En ese sentido, mi hermano se graduó con matrícula aunque la lección fue cara y pagada en euros, claro.





