Jamás se me pasó por la cabeza que mi propia familia me iba a jugar así, aprovechándose de mi confianza y dejándome sin un euro. En nuestro piso de dos habitaciones en Madrid, mi madre, mi hermana y yo teníamos cada una la misma parte de la propiedad. Nuestra abuela, que también tenía un piso de dos habitaciones en el barrio de Chamberí, nos prometió que haría testamento y nos dejaría a mis hermana y a mí la mitad de su piso a cada una. El plan era decidir después quién lo ocuparía, o venderlo y repartirnos el dinero. Por entonces, mi hermana se había mudado con mi madre tras quedarse embarazada por sorpresa, mientras yo vivía en Salamanca por los estudios.
Al final, mi hermana y su familia se instalaron en la habitación grande y mi madre se conformó con la pequeña. Siempre que iba de visita, mi madre y yo compartíamos cuarto, pero yo ya sabía que, al acabar la carrera, no podría quedarme a vivir allí: mi cuñado no era precisamente fan del cuñado extra. Mi madre, claro, ni pensar en estropearle el matrimonio a su hija, así que me pidió por favor que no diera problemas. Se lo conté a mi abuela, angustiada, y ella me propuso una solución: dar la parte de mi hermana del piso de Madrid y cambiar el testamento, para dejarme el de una habitación en Legazpi. Se lo conté a mi madre y a mi hermana, y esta última solo se rió y me soltó un: Pues denúnciame si quieres, convencida de que ganaría el juicio.
Total, que acabe firmando la renuncia de mi parte, pero la vida es así: mi abuela no llegó a modificar el testamento, porque le fue empeorando la salud y falleció antes de poder hacerlo. Resultado: mi hermana heredó todo el piso de Chamberí y, encima, la mitad del de Legazpi, que ya estaba usando. Intenté pedirle ayuda a mi madre, pero por supuesto apoyó a mi hermana, a pesar de que los papeles decían otra cosa. Evitando mi mirada, me soltó aquello de: Hija, si vivimos todos bajo el mismo techo, ¿para qué discutir?
Ahora, en casa de mi hermana, mi madre hace de asistenta y de niñera. Vamos, que les viene estupendo mientras la pensión les cubra algún gasto. Me preocupa pensar en qué pasará cuando deje de serles útil. Como no tengo más familia cerca, tampoco tengo muchas razones para quedarme en Madrid. Mi madre y mi hermana son el equipo perfecto, pero he decidido no mantener el contacto con ellas, porque después de lo que han hecho, me han partido el alma con una elegancia muy castiza.





