Mi exnovio me ocultaba de sus amigos porque según él “yo no estaba a su altura”.

Martes, 4 de junio de 2024
A veces me pregunto por qué acepté ciertas cosas. Recuerdo muy bien mi antigua relación con Pedro Fernández. Pedro venía de una familia acomodada de Segovia; su padre era un importante empresario, su madre jamás trabajó y vivían en una casa grande a las afueras, siempre estrenando coches nuevos. Yo, en cambio, residía en un barrio normal de Madrid, trabajaba como cajero en un supermercado y ayudaba a mi madre con los gastos en casa.
Nos conocimos un martes cualquiera en una cafetería cerca de mi trabajo, La Parada. Él empezó a llamarme, enviarme mensajes, invitándome a salidas.
Al principio, todo fue bonito pero extraño. Nunca me llevaba a los lugares donde quedaba con sus amigos. Siempre elegía sitios más alejados o discretos, donde era imposible que nos reconocieran. Si paseábamos por la Gran Vía y veía a alguien conocido, soltaba mi mano de inmediato y susurraba: Vamos por aquí mejor. Cuando le pregunté la razón, me respondió: Mis amigos son muy críticos, no quiero que haya habladurías. Yo acepté esa explicación y me callé.
Pero el momento decisivo llegó en una fiesta. Pedro me invitó y me esforcé en vestir bien; me compré una camisa sencilla pero elegante. Al llegar, me dijo en voz baja: Quédate aquí, en la barra, que voy a saludar a unos amigos. Pasaron veinte minutos, luego cuarenta. Le vi riendo, abrazando gente, haciéndose fotos, pero nunca me presentó. Cuando intenté acercarme, me paró con la mano y dijo: Espera fuera un momento. En la puerta me explicó: Aquí están personas importantes, prefiero evitar incomodidades.
Con el tiempo, los comentarios empezaron a doler más. Me decía que hablaba demasiado castizo, que debía cambiar mi forma de vestir, que no iba a subir fotos conmigo a sus redes porque su familia era reservada. Jamás me llevó a su casa, ni conocí a sus padres. Cuando le invité al cumpleaños de mi madre, siempre buscaba excusas: trabajo, el coche, el cansancio. Pero cuando había celebraciones en su círculo, desaparecía todo el fin de semana.
Un día me armé de valor y le pregunté directamente: ¿Te avergüenzas de estar conmigo? Se quedó callado unos segundos y respondió: No es vergüenza simplemente somos de mundos distintos. Eres buena persona, pero mis amigos están en otro nivel. No quiero que me juzguen. Esa frase rompió algo dentro de mí. Le pregunté: ¿Y tú, puedes juzgarme? Solo encogió los hombros.
Lo peor fue cuando vi en su perfil fotos con una compañera del trabajo, Lucía Ramírez, hija de un abogado reconocido de la ciudad. Restaurantes caros, eventos elegantes, sonrisas, etiquetas. Con ella posaba orgulloso. De mí, ni una palabra. Cuando le pregunté, dijo que era solo una amiga. Discutimos fuerte, le dije que no quería ser una relación secreta. Él contestó: Si no te gusta, mejor dejamos de vernos.
Y así fue. Nos separamos allí mismo. Caminé solo varias calles y lloré. Una semana después, ya era oficial con Lucía. Yo seguía yendo al supermercado y viendo sus fotos con trajes caros, viajes y cenas. Nunca se disculpó. Nunca admitió haberme herido.
Hoy sé que durante un año fui el chico que nadie debía ver. El que solo existía tras puertas cerradas. El que no era suficiente para una foto juntos. Esa marca cuesta borrarla, pero aprendí que nunca más permitiré que alguien me haga sentir invisible. Los valores y el corazón pesan más que la clase social o la apariencia.

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Mi exnovio me ocultaba de sus amigos porque según él “yo no estaba a su altura”.