Hace dos años, cuando terminaba mi estancia profesional en Madrid, me preparaba para volver a casa, en Valladolid. Compré mi billete de autobús con tiempo de sobras, así que salí a dar una última vuelta por la ciudad para disfrutar de las calles que durante unos meses habían sido casi como un segundo hogar.
Fue entonces, bajo la sombra de unos tilos en el Paseo del Prado, cuando la vi. Era mi exmujer, mi primera esposa, a la que no veía desde hacía más de una década. Elvira seguía casi igual, solo que su rostro mostraba una palidez que no recordaba. Aquella coincidencia nos dejó a los dos petrificados, quizás porque despertó sentimientos que creíamos dormidos.
Yo la amé con una intensidad casi enfermiza, tanto que fue precisamente eso lo que nos separó. Mi obsesión y los celos me corroían por dentro; no soportaba que la quisieran, ni siquiera su madre. Bastaba que tardase un poco más de lo habitual en volver a casa, para que mi corazón latiera con tal fuerza pensando lo peor.
Al final, Elvira no soportó tantos reproches y un día, tras volver yo del trabajo con un cachorro para animarla, encontré una nota sobre la mesa. Me decía que se marchaba, que me seguía queriendo, pero mis celos la habían destrozado. Me pedía perdón y me rogaba que nunca la buscara.
Ahora, doce años después, la casualidad o el destino nos volvió a cruzar en esta ciudad tan llena de recuerdos. Charlamos largo rato, tanto que de pronto me di cuenta de que iba a llegar tarde al autobús de vuelta a Valladolid. Me armé de valor y le dije:
Perdóname, pero tengo que irme, voy a perder mi autobús.
Entonces, ella me pidió un favor:
Luis, por lo que alguna vez fue bueno entre nosotros, no me digas que no. Necesito que vengas conmigo a una oficina; es importante para mí y no puedo hacerlo sola.
Acepté, aunque le advertí que debía ser rápido. Caminamos por un gran edificio de la Gran Vía que parecía no tener fin. Subimos y bajamos escaleras, cruzando pasillos y patios internos, entre gente de todas las edades: desde niños a ancianos. En ese momento ni me detuve a pensar qué hacían allí.
Llegados a una puerta, Elvira se detuvo. Me miró de una forma extraña, como si se estuviera despidiendo de verdad.
Qué curioso, Luis. No supe nunca estar ni contigo… ni sin ti dijo, y entró cerrando la puerta tras de sí.
Esperé, esperando verla salir y preguntarle qué quería decir exactamente. Pero no volvió. Entonces me di cuenta, como si despertara de un sueño, de que tenía que marcharme ya o perdería mi autobús. Miré alrededor, asustado. El edificio estaba en ruinas, ventanas vacías y sin escaleras; solo algunas maderas me sirvieron para bajar hasta la calle.
Cuando llegué a la estación, ya llevaba una hora de retraso y tuve que comprar un nuevo billete, gastando unos cuantos euros más. Mientras estaba en la cola de la taquilla, escuché que el autobús en el que tenía que haber viajado se había salido de la carretera y caído al río Tajo. No hubo supervivientes.
Dos semanas después, vencido por la inquietud, localicé la dirección de la madre de Elvira, doña Martina, en un distrito de las afueras de Madrid. Cuando le conté todo, me miró con tristeza y me confesó que Elvira había fallecido hacía once años, tan solo un año después de nuestro divorcio. Yo me negaba a creerlo; temía que su madre me estuviera mintiendo para proteger a su hija. Pero, sorprendentemente, accedió a llevarme al cementerio.
Allí, ante una lápida que esculpía la sonrisa de aquella mujer a la que amé toda mi vida, entendí que de algún modo, Elvira había regresado para salvarme. Su recuerdo me acompaña desde entonces, enseñándome que el amor verdadero, aunque a veces enfermo, puede trascender lo que entendemos por vida y muerte. Desde aquel día aprendí que uno nunca debe dejarse consumir por sus propios temores, porque pueden costarnos perder lo que más queremos.







