Mi marido trabaja, pero soy yo quien paga absolutamente todo.
Preguntáis cómo he llegado a este punto en mi vida, cómo acepté algo así, y os respondo que todas las mujeres que aman están ciegas. Yo estuve ciega. Toda mi vida lo intenté, me esforcé, aprendí. Desde pequeña mi madre me repetía que, si quería una vida digna, tenía que sudar y trabajar duro. Me decía también que una mujer debía ser fuerte e independiente, capaz de valerse por sí misma si las circunstancias lo requerían.
Por lo visto, aquel último consejo acabó pasándome factura de la peor manera. Cuando salía con hombres, siempre mostraba una independencia que intimidaba a la mayoría; muy pocos querían salir conmigo. En aquel entonces, la mayoría de los hombres buscaba una mujer vulnerable para poder sentirse protectores, exhibir su fuerza, su hombría. Pero yo nunca necesité a nadie para cuidarme.
Entonces me volqué por completo en el trabajo. No me casé hasta los treinta y cinco años, cuando conocí a Daniel. Él tiene mi misma edad. Me sorprendió que aceptara mi independencia; jamás me exigía que hiciera nada ni intentaba ayudarme si le decía que podía sola. Nunca me traía flores ni me susurraba palabras dulces llenas de vacío, cosa que nunca soporté. A su lado, era una pareja con las mismas condiciones. Debería haber previsto el precio que tendría que pagar por esa supuesta igualdad, que en realidad nunca fue igual.
Nos casamos y Daniel se mudó a mi piso en Madrid. Él vivía con su madre en un piso pequeño y yo no quería convivir con mi suegra ya conocía demasiadas historias similares y ninguna me gustaba. El primer mes, Daniel no me dio ni un euro de su nómina, justificando que tenía que saldar un préstamo para una operación de su madre.
No le dije nada, fui comprensiva. Somos familia, que pague la deuda y después nos ocupamos juntos de todo. Pero siete meses después, la deuda seguía sin saldarse. Seguía con la misma cantinela: que le pagan mal, que le han reducido las horas de trabajo, que siempre surge algún problema. Yo seguía pagando la compra, el ocio, los suministros. Luego empezó a decirme que estaba ahorrando para comprarnos una casa en el campo, quizás en la sierra de Salamanca, que era por nuestro futuro.
Pero en cinco años nunca me mostró ningún extracto bancario. Éramos familia. Finalmente discutí con él. ¿Cómo era posible que llevase cinco años manteniéndole? Eso no era normal. Hizo las maletas y se fue con su madre. Así, sin más. Tres días después, incapaz de soportar la situación, fui a buscarle y volvió a casa. Y una vez más, la misma historia. No quiere darme ni un céntimo para nada. Yo estoy agotada. Me gustaría gastar dinero en caprichos de mujer, pero no puedo, todo lo invierto en nuestra familia. ¿Qué hago ahora? ¿Le pido el divorcio? ¿Cambiará alguna vez?







