Mi marido, Javier, no deja de reprocharme que no cocine cenas elaboradas como hace la esposa de su amigo Antonio. Lucía es una mujer fantástica y un auténtico genio culinario. No lo niego, cocina de maravilla, pero eso le consume horas interminables. La cocina es su pasión, el lugar donde crea desde que amanece hasta que anochece. ¿Y yo? Me desvivo entre el trabajo, nuestro hijo y la casa, y sus críticas me atraviesan como cuchillos.
Lucía está de baja maternal ahora, y su vida es el sueño de cualquier madre. Sus padres, aunque divorciados, adoran a su nieto y lo recogen cada mañana encantados. Abuelos y abuelas se turnan para pasear el cochecito, darle de comer al niño y llevarlo de vuelta por la tarde. Lucía se despierta, lo deja en manos de sus felices familiares, vuelve a la cama y luego pone orden sin prisas. Tiene todo el día para preparar auténticas obras de arte gastronómicas. Nadie la interrumpe ni la molesta; tiene absoluta libertad. Experimenta, prueba recetas nuevas, y cada noche hay algo exquisito en su mesa. Su familia le da esa oportunidad, y de verdad me alegro por ella.
Pero Javier no lo entiende. Mira a Lucía y ve el ideal que, según él, debo alcanzar. «Ella está en el paro, con un niño, ¡y lo hace todo perfecto! —me suelta—. Tú solo cocinas cualquier cosa deprisa y corriendo». Sus palabras me duelen como bofetadas. ¿De dónde voy a sacar cinco o seis horas al día para cocinar? Yo trabajo, y por las tardes recojo a nuestra hija Marta del cole. Llegamos a casa pasadas las siete. Intento preparar algo rápido: patatas fritas, pollo al horno, pasta con ensalada de tomate y pepino. Son platos que nos sacian, pero para él son motivo de burla.
Si me pusiera a cocinar como Lucía, la cena estaría lista a medianoche y todos nos iríamos a la cama con el estómago vacío. Pero Javier no lo ve. Solo repite: «Lucía siempre inventa algo nuevo para Antonio, pero a ti ni te importa». Su admiración por sus hazañas culinarias suena a acusación de mi incompetencia. Estoy harta de justificarme. Si Lucía tuviera una baja como la de la mayoría —sin tiempo ni para ducharse—, también calentaría comida precocinada, y Antonio se la comería sin quejarse.
Me alegro por Lucía y Antonio. Es admirable que, en vez de tirarse en el sofá, se pase el día cocinando para su marido. Pero duele que Javier no pare de compararme con ella. Parece no darse cuenta de lo distintas que son nuestras vidas. Yo trabajo a jornada completa y, al salir, corro a buscar a Marta al cole. Lucía está de baja, y gracias a sus padres, tiene días enteros para ella. ¡Claro que tiene más tiempo! A mí también me gustaría una baja como la suya, pero nuestros padres no se desviven por cuidar a su nieta. La quieren, pero no están dispuestos a pasar todo el día con ella.
Javier no ceja. «Al menos los fines de semana podrías esmerarte», refunfuña. ¿Acaso yo no soy humana? ¿No necesito descansar? Cinco días a la semana me mato trabajando, ¿y encima tengo que pasarme el sábado y el domingo en los fogones para satisfacer sus caprichos? A veces pienso que busca excusas para divorciarse. ¿De verdad no ve lo injustas que son sus palabras? ¿O lo hace a propósito para herirme? Estoy cansada de demostrarle que hago todo lo posible. Quiero que, por fin, me vea a mí —no a Lucía—, a su esposa, que se parte el lomo para sacar adelante a esta familia.







