Mi esposa dormía a mi lado en nuestro piso del centro de Madrid y, de pronto, apareció una notificación en Facebook: una mujer me pedía que la aceptara. Así lo hice. Acepté la solicitud de amistad y le envié un mensaje: ¿Nos conocemos?. Ella contestó: He oído que te has casado, pero sigo queriéndote. Resultó ser una amiga del pasado; en la foto se veía muy guapa.
Cerré el chat y miré a mi mujer, que reposaba tranquilamente después de un día agotador de trabajo. Al observarla pensé en lo segura que se sentía, en que podía descansar plácidamente en nuestro nuevo hogar. Ella está lejos de la casa de sus padres, donde pasaba todo el día rodeada de familia. Cuando se ponía nerviosa o triste, su madre estaba allí para abrazarla y escuchar sus lágrimas. Su hermana o su hermano le contaban chistes y la hacían reír. Su padre llegaba a casa y le llevaba todo lo que le gustaba, y a pesar de todo, ella depositó en mí una confianza inmensa.
Todos esos recuerdos me vinieron a la cabeza, así que cogí el móvil y pulsé Bloquear. Me giré hacia ella y me quedé dormido a su lado. Soy un hombre, no un niño. Le juré fidelidad y así será. Lucharé siempre por ser un hombre que no engaña a su mujer ni destruye su familia, porque la confianza y el respeto son los pilares de un matrimonio duradero.







