Querido diario,
Esta madrugada, Clara dormía a mi lado, su respiración tranquila como el rumor de la fuente del Retiro. De pronto, el móvil vibró con una notificación de Facebook: una mujer que no conocía había enviado una solicitud de amistad. Sin pensarlo mucho, acepté.
Al abrir el mensaje le pregunté: ¿Nos conocemos?. Su respuesta fue inesperada: He escuchado que te casaste, pero aún guardo sentimientos por ti.
Resultó ser una vieja amiga de la secundaria, Lucía. En la foto que había puesto, lucía radiante, como si el sol de Andalucía la abrazara. Cerré la conversación y, mientras la miraba, pensé en la serenidad que le brindaba mi presencia. Clara, después de un día agotador en la oficina, confiaba en mí tanto que se sentía segura en nuestro nuevo hogar en el centro de Madrid.
Recordé que ella había dejado atrás la casa de sus padres en Valencia, donde la familia estaba siempre a su alrededor: su madre la consolaba en los momentos de tristeza, su hermano le contaba chistes para sacarle una sonrisa y su padre le traía sus dulces favoritos. Aun así, ella depositó en mí una confianza inmensa.
Esa corriente de recuerdos me hizo pulsar el botón Bloquear. Volví la vista hacia Clara, la tomé de la mano y, sin decir nada, nos quedamos dormidos juntos.
Soy hombre, no un niño que se escapa con fantasías. Le prometí fidelidad a mi esposa y así lo mantendré. Lucharé siempre por ser el marido que no traiciona ni desgarra la familia.
Con la certeza de que el amor se cultiva con lealtad, cierro la noche.





