Gracias por haberme quitado hasta el derecho a equivocarme. ¿En mi propia casa?
En mi casa, corrigió Carmen Esteban con voz suave pero con una autoridad incuestionable. Esta casa es mía, Lucía. Y en mi cocina, la comida incomible no tiene cabida.
El silencio se apoderó de la cocina.
Lucía, hija, tienes que entenderlo, eso no podía servirse en la mesa.
Tus padres son buena gente, no podía permitir que tuvieran que mascar esa suela de zapato. Carmen, impasible, servía el té en delicadas tazas de porcelana.
Lucía estaba apoyada contra la mesa, apretando las manos, sintiendo el calor de la indignación crecerle desde dentro. Todo le zumbaba en los oídos.
Sobre los platos de sus padres, que acababan de pasar al salón con Javier, yacían los restos de la suela: un magret de pato bajo salsa de arándanos, al que Lucía había dedicado cuatro horas de esfuerzo. O al menos eso creyó.
No era una suela balbuceó Lucía, obligándose a mirar a su suegra a los ojos. Lo había marinado siguiendo la receta de mi madre. Busqué un pato de granja especialmente para hoy. ¿Dónde está, Carmen?
La señora apoyó la tetera y limpió sus manos con un paño blanco que llevaba sobre el hombro. Su expresión estaba cargada de condescendencia, la simpatía que se reserva para un cachorro torpe.
Está en el cubo de basura, Lucía. El adobo puso gesto de buscar las palabras adecuadas olía tanto a vinagre que hacía llorar los ojos.
Yo hice un confit decente. Con tomillo, a fuego lento. ¿Viste cómo tu padre pidió repetir? Eso es nivel.
Y lo tuyo, lo siento, pero era digno de un bar de polígono.
No tenía derecho susurró Lucía. Era mi cena. Mi regalo de aniversario para mis padres. ¡Ni siquiera preguntó!
¿Preguntar para qué? Carmen alzó una ceja, con esa mirada propia de quien ha dirigido cocinas en restaurantes de renombre. Cuando hay un incendio, no se pide permiso para coger el extintor.
Salvé el honor de la familia. Javier se habría disgustado si los invitados acababan intoxicados.
Así que, hala, saca la tarta. Por cierto, la he corregido un poco; el relleno estaba demasiado líquido y he tenido que añadir espesante y un poco de ralladura.
Las manos de Lucía temblaban visiblemente. Todo el día se había pasado de un lado a otro de la cocina, mientras Carmen fingía descansar en su cuarto.
Lucía había medido cada gramo, tamizado la salsa, decorado con esmero, deseando demostrar que era algo más que la chica de Javier, que podía ser verdadera anfitriona.
Pero bastó una escapada de media hora al baño, antes de recibir a los invitados, para que el profesional tomara los mandos.
Lucía, ¿te has quedado aquí enganchada? Javier asomó a la puerta, risueño, aún bajo el efecto del vino. Mamá, ese pato estaba impresionante. Lucía, te has superado, de verdad. No sabía que tú podías hacer esto.
Lucía se giró despacio.
No fui yo, Javier.
¿Cómo que no?
Lo que habéis comido es obra de tu madre. Tiró mi comida y preparó la suya. Desde la ensalada hasta el plato principal.
Javier titubeó, mirando de una a otra. Carmen se puso a limpiar, obsesivamente, la encimera ya reluciente.
Bueno, cielo Javier trató de tomarla por los hombros, pero ella se apartó. Mamá solo quería ayudar.
Si vio que algo no salía bien Es la costumbre profesional. Sabes cómo es, todo tiene que estar perfecto.
Pero mira el resultado: hemos pasado una velada estupenda. ¿Qué importancia tiene quién ha cocinado?
¿Qué importancia? Lucía notó las lágrimas asomando. La diferencia, Javier, es que aquí no soy nadie. Ni siquiera una invitada: soy un mueble.
Me pasé tres días planeando el menú. Quería agasajar a mis padres. Y tu madre me vuelve a dejar como una inútil que ni la salsa sabe preparar.
Nadie te ha dejado como nada dijo Carmen, doblando el paño. No hemos dicho nada. Tus padres piensan que has sido tú.
He salvado tu reputación, Lucía. Podrías agradecerme el gesto en vez de montar este melodrama.
¿Agradecerle? Lucía sonrió amargamente. ¿Le doy las gracias por quitarme hasta el derecho de fallar? ¿En mi propia casa?
En mi casa repitió Carmen, con esa tranquilidad que dolía más que un grito. Es mi casa, y en mi cocina, Lucía, no cabe lo incomible.
El silencio llenó la habitación. Solo se colaba el murmullo del televisor en el salón y la risa de su padre relatando alguna anécdota a su madre.
Allí estaban contentos, creyendo que su hija era una crack de la cocina. Y, sin embargo, Lucía sentía que la habían abofeteado en público.
Lucía salió sin más palabra. Pasó por el salón.
Mamá, papá, perdonadme, me he descompuesto. Me duele la cabeza. Javier ya os acompaña a la puerta, ¿vale?
¿Qué dices, hija? su madre se alarmó. El pato estaba delicioso, quizá te ha pasado factura tanto esfuerzo
Sí Lucía asintió, mirando a algún punto perdido sobre el hombro materno. No volverá a pasar.
Se recluyó en el dormitorio y se sentó, derrotada. Retumbaba la misma idea: Así no puedo seguir.
Seis meses llevaba igual, desde que decidieron temporalmente instalarse con Carmen para ahorrar para la entrada del piso. Si Lucía iba a comprar, Carmen revolvía las bolsas:
¿Dónde encontraste este tomate? Es de plástico, solo sirve de atrezo en una película.
Si intentaba freír patatas, Carmen suspiraba como si Lucía hubiera cometido sacrilegio.
Con el tiempo, Lucía apenas pisaba la cocina cuando estaba la suegra.
Hoy tenía que haber sido su victoria y fue su rendición.
La puerta se entreabrió. Era Javier.
Ya se han ido. Ha ido todo bien, salvo tu… explosión. Mamá se pasó, hablaré con ella, pero…
No hables. Lucía ya sacaba una bolsa de viaje del armario.
¿Qué haces?
Me voy a casa de mis padres. Ahora mismo.
¿Por el pato? ¿En serio? Solo ha sido una comida.
¡No es la comida! Es el trato, Javier. Para tu madre apenas soy una molestia en su vida perfecta.
Y tú lo consientes: mamá es profesional, lo hace con intención de ayudar, pero ¿y yo? ¿No soy tu mujer? ¿O solo una becaria en su cocina?
No pretendía herirte, es su forma de ser Siempre luchando por la perfección.
Que siga así, sola. O contigo. Yo quiero el derecho a mi sopa salada o mi tortilla quemada en MI casa, sin que alguien tire mi esfuerzo al cubo en cuanto no miro.
¿A dónde vas a ir? Es tarde, Lucía, mañana lo hablamos…
Si espero, mañana tendré que oír que no sé ni hacer café.
O buscamos un alquiler ya, aunque sea una habitación, o yo no sigo.
Sabes que ahora no podemos, que estamos ahorrando. Javier frunció el ceño, molesto. Solo seis meses, Lucía.
¿Y mientras qué? Voy desapareciendo día tras día.
Lucía metió lo esencial en la bolsa, la cerró con un tirón y salió al pasillo.
Carmen le esperaba allí, brazos cruzados.
¿Te montas una escena? El tercer acto del drama Genio culinario incomprendido?
No, Carmen Esteban. Es el final. Usted ha ganado. Disfrute de la cocina. Puede tirar también mis especias, seguro que no dan la talla.
¡Lucía, basta ya! Javier fue tras ella. Mamá, dile algo.
¿Qué quieres que le diga? Carmen se encogió de hombros. Si por una cazuela se rompe una familia, mal asunto.
A mí me enseñaron a reconocer errores y aprender de los mayores pero ahora todas van de independientes…
Lucía no escuchó más. Salió al rellano, dejando tras de sí las voces amortiguadas.
***
Pasó una semana con sus padres. Ellos, con tacto, evitaban indagar. Su madre le ponía tortitas caseras, las de siempre, nada de confit ni salsas sofisticadas, sino tradición, madre y amor.
Javier llamaba a diario: al principio molesto; luego, suplicando; después, jurando que pondría firmes a su madre. Al quinto día se presentó.
Lucía, vuelve estaba ojeroso, la camisa arrugada. Mamá está mala.
Lucía se quedó con la taza en las manos.
¿La tensión otra vez?
No. Un virus horrible. Tres días casi cuarenta de fiebre. Ahora solo duerme pero dice que la comida ya no le sabe a nada. Nada.
¿Nada…?, ¿ha perdido el gusto?
Todo. Comer pan o cartón, igual. Ni huele nada. Para ella eso
Ayer rompió un tarro de sus especias favoritas porque no notó el aroma. Lloraba en el suelo. Nunca la vi así, Lucía.
El resentimiento que Lucía había atesorado toda la semana comenzó a desvanecerse.
Recordaba perfectamente los rituales de Carmen: cada mañana, moler el café, olfatearlo con deleite antes de empezar el día. Para alguien cuya vida era el sabor, la textura, el perfume del laurel o el pimentón, ese vacío debía de ser devastador.
¿Ha llamado al médico?
Sí. Dicen que es neurológico, por el virus quizá. Igual vuelve en una semana o nunca.
Se ha encerrado en su cuarto y no sale. Si no siento el gusto, no existo, dice.
Lucía miró por la ventana. Imaginó a Carmen siempre impasible y firme sentada en su cocina reluciente, sin poder diferenciar vainilla de ajo. Eso era, de veras, aterrador.
Lucía, no te pido volver por mí Javier la miró. Pero ayúdala. Hasta cocinar le da miedo.
Intentó un caldo y lo saló tanto que no lo notó hasta probarlo La asustó.
¿Y cómo la voy a ayudar yo? Lucía sonrió, amarga. No me dejaba ni acercarme al fogón.
Eres su única vía ahora. Por orgullo no lo dirá, pero vi cómo echaba de menos tu sitio en la nevera.
Lucía volvió al día siguiente. No por perdón, sino por una sensación de deber extraña y cercana. Carmen, al fin y al cabo, era parte de su vida.
La casa olía diferente: no había pan recién hecho ni estofados, sino polvo y tristeza.
En la cocina, Carmen estaba sentada a la mesa, envejecida, el moño despeinado, mirando su taza sin tocarla.
Buenas tardes, Carmen.
Carmen se sobresaltó.
¿Vienes a regodearte? Adelante. Haz tu suela, no lo distinguiré de un solomillo.
Lucía dejó la bolsa y se acercó. Las manos de su suegra esas que cortaban pescados como un cirujano temblaban.
No vengo a eso, vengo a cocinar.
¿Para qué? Si no aprecio nada. El mundo se me ha quedado en blanco y negro, Lucía. Mastico pan y es algodón. ¿Para qué tirar comida?
Lucía se quitó el abrigo y respondió:
Porque voy a ser tu lengua y tu olfato. Dime cómo y yo lo pruebo.
Carmen soltó una risa amarga.
¿Tú? No distingues el tomillo del orégano.
Entonces enséñame. Tú eres la profesional. ¿O te rindes?
Carmen la miró largo rato. Le brilló un destello guerrero en los ojos.
Ni sabes ni cómo coger el cuchillo. Te vas a cortar.
Para eso están las tiritas Lucía abrió la nevera. Hay ternera sin usar. ¿Un estofado al vino?
Carmen, despacio, se incorporó.
Para eso el sellado es clave. Dorar sin quemar. Que no pierda sus jugos.
Vigílame Lucía sacó la carne. Siéntate aquí y dirige la orquesta. Pero sin insultos: soy aprendiz, no saco de boxeo.
Carmen se sentó, imponiendo aún con su mirada. Lucía cogió el cuchillo.
El pulgar arriba, el índice al costado ordenó Carmen. No aprietes, que pareces picapedrera. El metal acaricia la carne, no la destroza.
Lucía corrigió la postura.
¿Así?
Mejor. Corta tres centímetros. Distintos tamaños, distintas cocciones. Eso es lo básico.
Empezó así su primera clase real. Lucía picaba, salteaba, probaba. Carmen apenas aspiraba por costumbre, la cara descompuesta de dolor al ver que nada olía.
Ahora el vino indicó Carmen. Echa y deja evaporar el alcohol.
El aroma cálido del vino impregnó la cocina.
¿A qué huele? susurró Carmen.
Como a bosque en octubre, ligeramente agrio, pero con dulzordescribió Lucía.
Carmen cerró los ojos, repitiendo para sí esas palabras, buscando en la memoria sensorial.
Añade un poco de azúcar para el equilibrio.
¿Ahora? Lucía probó la salsa. Está mejor, pero le falta algo, quizá un toque de fuerza…
Un pelín de mostaza de Dijon, dictaminó Carmen, solo un poco. Eso le da la nota final.
Lucía agregó la mostaza. Probó. Se asombró.
¡Guau! Es otro plato. ¿Cómo lo sabes sin probar?
Por primera vez Carmen sonrió levemente.
Memoria, Lucía. El gusto no está solo en la boca. Aquí dentro tengo una biblioteca entera.
La tarde se fue volando. Cuando Javier llegó, la casa olía a gloria.
¡Madre mía! exclamó Javier. Qué aromas… Mamá, ¿ya puedes?
No, respondió Carmen, serena. Ha cocinado Lucía. Yo solo he sido la voz de la experiencia.
Javier miró a su mujer, sorprendido. Lucía le guiñó el ojo.
Siéntate y come. Y ni se te ocurra decir que está salado: hemos pesado cada pizca.
Mientras Javier repetía plato, Carmen murmuró de repente en voz baja, más para sí misma:
¿Sabes por qué tiré tu pato aquel día?
Lucía dejó el plato en vilo.
¿Por?
Carmen la miró con una vulnerabilidad inaudita en ella.
Porque si hubieras acertado, habrías demostrado que yo ya no hacía falta que ya no era imprescindible.
Mi hijo crece, hace su vida, tiene su mujer. Y yo solo sé cocinar. Si dejo de ser útil, no soy nada.
Solo una vieja que ocupa espacio.
Quería mostrar que sin mí, esto se venía abajo; que aún mandaba en mi terreno.
Lucía dejó la cuchara, mirándola por fin de otra manera.
La suegra que siempre fue una fuerza de la naturaleza resultó ser, en el fondo, una mujer que temía quedar atrás, aferrada a sus cacerolas como a un salvavidas.
Nunca va a dejar de ser importante, Carmen. ¿Quién si no me va a enseñar a coger bien el cuchillo? Hoy he entendido que no sé nada de verdad.
Carmen se irguió un poco, maquillando el gesto de emoción con el viejo temple profesional.
Pues mañana hacemos crema pastelera. Y que no se te ocurra otra vez poner espesante comprado, que te echo de la cocina.
Lucía rió.
Y si lo consigo, usted me da la receta secreta de su tarta de miel.
Eso habrá que verlo rezongó Carmen, pero esta vez, su mano cubrió suavemente la de Lucía.
A veces el orgullo y el miedo te ciegan, pero en la cocina y en la vida nadie aprende ni crece solo: hay que atreverse a compartir, a equivocarse y, sobre todo, a dar y aceptar segundas oportunidades.







