Mi Ángel

**Mi Ángel**

Lucía seguía rechazando las llamadas de Rodrigo sin piedad, pero él insistía una y otra vez.

—Lucía, contesta. ¿Hasta cuándo? —Marina asomó la cabeza por la puerta—. O apaga el teléfono de una vez, si no quieres hablar. —Cerró la puerta de un portazo.

Lucía lo apagó y lo lanzó al otro extremo del sofá. Lo habría hecho antes, pero esperaba una llamada de Adrián. Él había prometido llamar, pero ya llevaba dos días de silencio. En cambio, con Rodrigo no quería hablar, y mucho menos verlo. Por él había salido de su caparazón, ese refugio donde se escondió tras la muerte de sus padres. Y él, con tanta frialdad, la traicionó…

***

Esa noche había una helada brutal. Sus padres volvían de casa de la abuela. De repente, un todoterreno salió de una bocacalle. El conductor, borracho, perdió el control en la carretera resbaladiza. El coche se desplazó sin remedio hacia el suyo. Su madre murió en el acto; su padre, horas después en el hospital.

Pasó justo un año. Antes, Lucía adoraba la Navidad, la esperaba con ilusión. Ahora, solo le provocaba escalofríos. Era un recordatorio de la pérdida, del dolor que no se iba.

No sabía cómo había logrado pasar el primer año de universidad, cómo sobrevivió al vacío que dejaron. Su tía Marina, la hermana de su padre, se mudó con ella. Se había divorciado porque no podía tener hijos —un aborto mal hecho en la adolescencia le arrebató esa posibilidad—.

—Llámame por mi nombre, nada de «tía». Me hace sentir vieja —le pidió desde el primer día.

Pero Marina no pudo reemplazar a sus padres, y menos aún se hicieron amigas. Marina estaba en modo «búsqueda activa»: citas, ligues, intentando recomponer su vida sentimental.

Lucía no pensaba celebrar Nochevieja. Iba a acostarse temprano y punto. Pero Rodrigo la convenció para ir al cumpleaños de un amigo suyo dos días antes.

—Tengo novia, pero nunca salgo con ella. ¿Qué hago yo ahí solo? Todos irán en pareja. Es un cumple, no fin de año. Vamos, por favor. Hay que volver a vivir. Tu madre no querría verte encerrada —argumentó.

Esa última frase la convenció. Se puso el vestido que eligió con su madre para la Navidad pasada, aunque nunca llegó a estrenarlo.

—Serás la más guapa —le había dicho su madre.

Y la verdad es que le quedaba genial.

Marina la miró con ojo crítico.

—Mientras vivamos juntas, no me casaré. ¿Quién me va a mirar a mí si tienes esa cara de ángel? —Suspiró—. ¿No es demasiado escotado? Espera. —Salió y volvió con una fina bufanda, un tono más oscuro que el vestido. Le daba el toque perfecto.

«A mamá le gustaría», pensó Lucía.

—Así mejor —dijo Marina satisfecha—. Por si refresca.

El viaje en taxi fue eterno. Al llegar, la fiesta ya ardía. El cumpleañeros silbó al verla.

—Ahora entiendo por qué la escondías. Que seas mi amigo no me impedirá robártela —bromeó, amenazando a Rodrigo con el dedo.

Lucía no conocía a nadie más. Con Rodrigo a su lado, se sentía segura. Pero luego empezaron los bailes. Un chico la sacó a la pista y, cuando terminó la canción, Rodrigo había desaparecido.

Se sintió fuera de lugar entre extraños. Lo buscó por toda la casa hasta que, al pasar por la entrada, vio la puerta entreabierta. En las escaleras, Rodrigo estaba liándose como si no hubiera un mañana con una chica que no era ella. Tan ensimismados que no notaron su presencia.

Se le revolvió el estómago. No podía quedarse. Volvió, se puso el abrigo y las botas, y salió de nuevo.

Era insoportable verlos. No podía pasar a su lado sin que la notaran, así que subió un piso para esperar. Tarde o temprano volverían. Pero desde ahí también se escuchaban susurros y besos.

Subió otro piso. El rellano tenía una terraza abierta. Se asomó, dejando que el viento le enfriara las mejillas ardientes. Los coches abajo parecían montañas de nieve.

«Si salto, ¿dolerá?», pensó, extrañamente.

—¡Ni lo pienses! ¡Apártate del borde! —una voz firme la sobresaltó. Unos brazos fuertes la apartaron de golpe.

La bufanda se enganchó en algo, se deslizó y, llevada por el aire, quedó ondeando al borde. Lucía gritó e intentó atraparla, pero se soltó y cayó como un pájaro.

—¡Suéltame! —le espetó al chico—. ¡La bufanda! Marina me mata…

—Perdón, pensé que… —Se ruborizó.

—¿Qué? ¿Que me iba a tirar? Ni loca. Solo miraba.

—Bajemos a buscarla. —La guió escaleras abajo. Rodrigo y su conquista ya no estaban. Le dolió que ni siquiera la hubiera buscado.

La bufanda colgaba de una rama. El chico saltó para alcanzarla, pero el árbol crujió. Justo antes de caer, logró agarrar un trozo, pero la tela se rasgó, dejando un pedazo arriba.

—Lo siento. ¿Es algo valioso? —Le tendió lo que quedaba.

—No, pero es de Marina. —Lo guardó en el bolsillo, resignada.

—¿Te vas ya? —preguntó él.

—¿Te importa? —respondió seca.

—Vamos, te acompaño.

—No hace falta.

—Está oscuro. Este barrio no es seguro. Venga.

Y Lucía lo siguió. Él paró un taxi y se subió con ella.

—Podía volver sola —refunfuñó.

—¿Adónde, jóvenes? —preguntó el conductor con alegría.

Lucía dio su dirección.

El silencio duró hasta que él no pudo más.

—¿De verdad no querías saltar?

—¿Y si sí? ¿Quién eres?

—Ángel.

—¿Qué? ¿Ángel?

—Sí, Ángel. Mi madre era fan de un grupo de los 80, «Ángel y Lucía».

Ella lo miró fijamente.

—Yo me llamo Lucía.

—¡Vaya! Mi madre decía que encontraría a mi Lucía. ¿No es el destino?

Pensó que se burlaba, pero hablaba en serio.

—¿Hablas de tu madre en pasado? ¿Ya no está? —preguntó con pena.

—¡No! Viva y coleando. Se casó de nuevo y vive en el extranjero. Yo me quedé con mi padre. A él le encantaba esa banda.

Llegaron a su casa sin darse cuenta.

—Dame tu número. No es justo encontrarte y perderte —dijo, sacando el móvil.

Lucía se lo dictó.

—Te llamo mañana —prometió al despedirse.

***

Pasaron dos días. Nada. Lucía no dejaba de pensar en aquel chico de nombre raro. ¿Cómo apareció en la terraza? No había oído pasos. «¿Será un ángel?» En eso, sonó el timbre.

—¡Lucía, ábreme, que tengo las manos manchadas! —gritó Marina desde la cocina.

Su último pretendiente iba a llegar, y ella quería impresionarlo con sus dotes culinarias. Además, era Nochevieja. Lucía no pensaba estorbar. Se quedaría en su cuarto o se acostaría.

Abrió la puerta, esperAl abrir la puerta, se encontró con los ojos risueños de Ángel, quien sostenía una bolsa con churros y chocolate, diciendo: “Nadie debería pasar Nochevieja sin algo dulce, ¿me dejas entrar o seguimos hablando en el rellano como vecinos cotillas?”.

Durante la cena improvisada, entre risas y migas de churro en el mantel, Lucía sintió que, por primera vez en un año, la tristeza se alejaba como el humo de las velas, y al dar las campanadas, mientras Ángel le ofrecía las doce uvas con torpeza cómica (“¡La quinta se me ha caído, cuenta esa dos veces!”), supo que aquel ángel de nombre cursi y sonrisa fácil había llegado para quedarse, como esos regalos inesperados que la vida deja caer cuando menos te lo esperas.

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