Hoy me siento especialmente reflexiva, así que he decidido volcar aquí todas las sensaciones que llevo acumulando estos últimos meses. Después de muchas charlas y deliberaciones, Carmen y yo tomamos la decisión: íbamos a vivir juntas. ¿Y por qué no hacerlo? Las ventajas parecían evidentes:
Ambas estamos solas. A los sesenta años, no es tarea fácil encontrar un hombre con quien compartir la vida y, siendo sinceras, tampoco lo necesitamos. Si alguna vez apareciese alguien, siempre podríamos ver cómo resolver lo del piso. Nuestros hijos y nietos están lejos, cada uno en sus ciudades Barcelona, Bilbao, Sevilla y nuestras familias seguro agradecerían saber que las abuelas no están solas ni aburridas. Recuerdo con cariño cuando éramos jóvenes y compartíamos piso de estudiantes en Madrid; entonces mi hija era apenas un bebé, pero igualmente logramos convivir, a pesar de los genios complicados de cada una. Estábamos seguras de que, en esta nueva etapa, tampoco nos aburriríamos: limpiaríamos juntas, cocinaríamos, planificaríamos salidas a museos o al teatro para no pasarnos la vida entre cuatro paredes.
La estabilidad económica era otro punto fuerte. Compartiríamos gastos y, además, nos ingresarían cada mes un buen pico de euros por el alquiler del otro piso. ¡Íbamos a estar hasta mejor económicamente! Y qué decir del apoyo; si a alguna le pasaba algo, tendríamos a la otra para echarnos una mano cualquier hora del día.
Todo ventajas, pensábamos.
Claro, una cosa es la ilusión inicial y otra la realidad. El primer roce vino por el piso. Cada una quería quedarse en su territorio. Argumentos y más argumentos para defender que su casa era la mejor situada, la más luminosa, la que más recuerdos guardaba. Yo, finalmente, cedí, pero aun así protestaba, no quería que Carmen pensara que siempre iba a darle la razón.
Entonces llegamos al segundo problema: la cantidad de cosas. Al mudarme al piso de Carmen, de repente todo era tienes demasiadas cosas, dónde vamos a meter todo esto, y yo temía dejar mis recuerdos o mi vajilla sin saber quién serían los próximos inquilinos. Lo solucionamos alquilando un trastero y llevando allí los utensilios de cocina y demás objetos de casa. Pronto conseguimos arrendatarios y comenzó la aventura.
Al principio, no pude evitar sentir que mis intereses quedaban relegados. Me veía como una invitada constante, hasta que dejé de preocuparme, intentando adaptarme. Pero la convivencia no fue lo que esperábamos porque la igualdad no existía: ella estaba acostumbrada a guardar los productos de limpieza en un lugar, yo en otro. Y siempre debía ser como ella quería, porque era su casa.
Nos dimos cuenta de que ni siquiera coincidíamos en los gustos culinarios. Yo acabé por ceder también en eso, fiándome de los platos de Carmen, y pronto olvidé mis propias preferencias. Otro detalle importante: yo necesito dormir en silencio absoluto, pero Carmen sólo podía conciliar el sueño con la televisión encendida. El ruido me mataba, ni con tapones conseguía descansar bien.
Todos estos pequeños detalles empezaron a pesar mucho más que los supuestos beneficios. Intentamos soportarlo y buscar compromisos, hasta que llegó el verdadero punto de inflexión: empecé a notar que Carmen se irritaba cada vez que me veía. Cumplía con todas sus normas y aun así algo la alteraba.
De pronto, dejó de hablarme. Un día, dos, una semana Yo no hacía más que preguntarme cómo podía haberla ofendido. Al final, la tensión pudo más y me derrumbé frente a ella, rompiendo a llorar. Carmen lloró también y confesó que ni ella sabía por qué se sentía así. Entonces lo vi claro: cada persona necesita su espacio y sus propias reglas. Mejor vernos a menudo, disfrutar juntas de una merienda o una buena conversación, que convivir bajo el mismo techo.
Rescindimos el contrato de alquiler y, casi de inmediato, recuperamos la alegría en nuestra amistad.



