Un día, estaba de vacaciones con un amigo en la costa mediterránea. En la playa, justo al lado de una terraza, había un puesto de helados llamativo. Así que ahí estábamos, tomando una horchata bien fresquita bajo el toldo del chiringuito, cuando vimos que una nube de gente se apelotonaba cerca del puesto de helados. Mi amigo, movido por la curiosidad, decidió que teníamos que ir a curiosear.
Había una chica tumbada en la arena, inconsciente, y una señora a su lado, llorando y tratando de reanimarla. Mi amigo, Alejandro, no se dejó intimidar. Cogió rápidamente una botella de agua fría, se la echó encima, le tomó el pulso y, tras ver que la cosa iba en serio, empezó a hacerle masaje cardiaco sin dudar un segundo. Yo quedé como paralizado, pero Alejandro me gritó que llamase a una ambulancia cuanto antes.
A los pocos minutos, llegaron los sanitarios y se llevaron a la chica en una camilla. Antes de marcharse, no dejaron de agradecerle a Alejandro por su rápida intervención. Alejandro había salvado la vida de la chica. Me quedé de piedra. No tanto por la heroicidad de mi amigo, sino porque la mayoría de los presentes se habían limitado a mirar, algunos grabando con el móvil y otros boquiabiertos, como si fuesen espectadores en una corrida de toros. Quizá yo tampoco habría sabido reaccionar así de rápido, pero lo importante era que la chica estaba a salvo.
Al día siguiente, estábamos desayunando en el mismo sitio, acompañados de tostadas y café cortado. De repente, frenaron en la entrada tres coches de lujo, de esos que sólo ves en los barrios más pudientes de Madrid.
¡Vaya coches espectaculares! Ojalá pudiera tener uno así algún día suspiró Alejandro.
Seis tipos de aspecto castellano bajaron de los vehículos y se dirigieron directos a nuestra mesa. Uno de ellos preguntó:
¿Quién de vosotros salvó a la chica ayer?
Yo, sin pensarlo, señalé a Alejandro. Parecían serios, pero tenían pinta de querer hablar civilizadamente.
Los hombres le agradecieron a Alejandro y, sin preámbulos, le pusieron en la mano las llaves de uno de los coches. Resultó que eran los hermanos de la chica; y no podían irse sin mostrarle su gratitud a Alejandro por haber salvado a su única hermana. Mi amigo tardó un buen rato en asimilar lo que acababa de pasar. Llevaba tres años ahorrando para comprarse un coche, y jamás consiguió reunir suficiente dinero. Y míralo ahora, yendo por la vida con descapotable: que ni en sueños, vamos.



