Mi amigo Javier, de cuarenta y dos años, por fin ha encontrado esposa. Dice que es una ama de casa estupenda y una cocinera extraordinaria, y que lo demás le da igual.
Conozco a Javier desde que éramos niños. Vivíamos en el mismo bloque y, claro, éramos inseparables. Luego, al cumplir la adolescencia, solíamos reunirnos en grupo y marchar juntos al centro de Salamanca. Allí dábamos unas vueltas o nos sentábamos simplemente en un banco a charlar. Los líos de novias no los tomábamos muy en serio, la verdad. Nos importaba más la opinión de los amigos, porque nadie quería hacer el ridículo delante del grupo.
Después, a mí me tocó hacer la mili, mientras que Javier se las arregló para librarse. Al terminar el servicio, encontré trabajo, y luego, al poco, conocí a una chica y me casé. Estuve con mi esposa diez años; tuvimos dos hijos y, al final, nos dimos cuenta de que ya no éramos los mismos. Pasamos de ser compañeros a ser extraños bajo el mismo techo. Empezaron las discusiones, y nos dimos cuenta de que lo mejor era separarnos. El divorcio llegó pronto.
Un par de años después, siendo ya un hombre libre, volví a encontrarme con Javier de casualidad. En esos doce años se había transformado bastante: había engordado bastante.
Nos sentamos en una terraza a tomar algo y empezamos a contarnos la vida. Resulta que también él estaba divorciado y buscando pareja. Pasó un año. En ese tiempo conocí a otra mujer y me volví a casar.
Más adelante, volví a coincidir con Javier por sorpresa y me contó que también había rehecho su vida. Pero su esposa no era para nada de mi agrado. Era una mujer bastante corpulenta.
¿Y qué es lo que te atrajo de ella? le pregunté.
Javier me respondió, convencido, que era una mujer excepcional manteniendo la casa limpia y cocinando.
Y, además, me deja en paz. Puedo tomarme una caña, ver el partido del Madrid, o salir al bar con los amigos cuando quiero. Es la mujer perfecta, no me pone pegas ni me agobia.
Aquello me dejó sorprendido. Para mí el papel de la mujer en mi vida va mucho más allá de la limpieza o la comida, aunque, claro, eso también se agradece. Pero lo que de verdad importa es el cariño, el amor.
Para algunos, lo principal es llegar a casa y encontrarla impecable y con un buen plato en la mesa. Yo, en cambio, quiero tener con mi esposa una complicidad especial, compartir intereses y respetarnos mutuamente. Me encanta que podamos cocinar juntos, poner música y recoger la casa después, como solemos hacer.
Cuando dos personas pedalean juntas en la misma dirección, las probabilidades de que el viaje llegue lejos son mucho mayores.
¿No crees que tengo razón?






