Mermelada de diente de león Se acabó el invierno nevado; este año no hubo grandes heladas, solo una…

Mermelada de dientes de león

El invierno, cubierto de nieve, por fin terminó. Este año, no hubo heladas crueles, más bien una estación suave y blanca. Pero también cansaba esa languidez y los corazones ansiaban ya hojas verdes, colores vivos y la ligereza de despojarse del abrigo pesado.

La primavera llegó a un pequeño municipio de Castilla, haciendo cosquillas a las piedras milenarias. Lucía, que vivía en el tercer piso de un bloque de cinco alturas desde hace décadas, se asomaba a la ventana, contemplando el despertar del pueblo. Pensaba para sí:

Con estos días templados parece que el pueblo ha salido de una hibernación eterna. Hasta los coches rugen de otro modo y la plaza bulle como nunca. Por las mañanas, los pájaros nos despiertan antes que los despertadores, la gente cruza por el mercado con gabardinas alegres, y yo deseo tanto el verano

Lucía ahora vivía sola con su nieta, Mariluz, que tenía diez años y estaba cursando cuarto de primaria. Los padres de Mariluz, ambos médicos, habían aceptado un contrato en Guinea Ecuatorial hacía un año y dejaron a la niña bajo el atento cuidado de la abuela.

Mamá, te confiamos a nuestra Mariluz, allí no podemos llevarla, sabemos que tú la cuidarás como nadie le había dicho su hija antes de partir.

Por supuesto, será divertido tenerla conmigo, ¿y qué mejor en la jubilación? Id, id tranquilos, aquí nos arreglamos la Mariluz y yo respondía Lucía, con ese chisporrotear de las abuelas castellanas.

¡Bien, abuela! Ahora sí disfrutaremos juntas, iremos al parque cada semana, que mis padres siempre están ocupados. ¡No me prestan ni atención! Mariluz celebraba mientras aplaudía.

Después de dar el desayuno a su nieta y despedirla camino a la escuela, Lucía siguió con sus tareas cotidianas. El tiempo fluía como vino en verano.

Iré al supermercado, justo antes de que Mariluz vuelva. Le prometí un dulce si sacaba buenas notas se dijo, dispuesta a salir.

Al abrir la puerta del portal encontró a dos vecinas sentadas en el banco de la entrada, arropadas con cojines, porque la madera aún guardaba el frío de febrero. Carmen, la misteriosa señora del primero, de edad indefinida entre setenta y más; nunca revela su año de nacimiento, vive en un diminuto piso sola. Pilar, culta y risueña, de setenta y cinco, responde a Carmen con historias y carcajadas, siempre opuestas pero inseparables.

Tan pronto el sol espabila y derrite las últimas huellas del hielo, el banco nunca permanece vacío. Carmen y Pilar lo ocupan desde la aurora hasta el ocaso, a excepción de breves regresos a casa para la comida. Saben todo del mundo, nada se les escapa.

Lucía, a veces, se sienta con ellas para comentar noticias, revistas y programas de la televisión, mientras Carmen habla largo rato de sus tensiones.

¡Buenos días, chicas! saludó Lucía, sonriendo. ¿Ya vigilando el barrio?

Buenos días, Lucía. Aquí estamos, de centinela, porque si no nos ponen falta. Se ve que vas al súper, ¿verdad? sentenció Carmen al ver la bolsa.

Exacto, voy y vuelvo antes que Mariluz llegue, prometí comprarle un poco de chocolate por esas notas. Sin más, Lucía se despidió.

La jornada pasó como de costumbre. Recibió a Mariluz, le preparó la merienda y la niña se sentó con los deberes. Lucía ordenó algunas cosas y luego se puso a ver el televisor.

Abuela, me voy a baile escuchó de repente.

Mariluz ya estaba lista con su mochila y móvil. Llevaba seis años bailando, le entusiasmaba y participaba en actuaciones. Lucía sentía verdadero orgullo por su nieta, una belleza traviesa.

Perfecto, corre, mi niña dijo la abuela despidiéndola cariñosa.

Lucía se sentó sola en el banco a esperar a Mariluz después del baile.

¿Y usted también espera? se acercó don Rafael, vecino del segundo piso, acomodándose a su lado.

¿Cómo voy a aburrirme en un día así? La primavera y este sol me hacen sentir nueva.

¡Qué maravilla! El sol acariciando, los jilgueros, todo reverdece y los dientes de león parecen pequeños soles. ¡Fíjese! decía Rafael, mostrando una sonrisa tan luminosa como los propios flores. Lucía asentía.

Justo en ese instante, Mariluz saltó desde atrás, abrazando a Lucía y ladrando como un cachorro:

¡Guau guau!

¡Vaya diablilla! ¡Me has asustado! rió Lucía.

Eso es empezar con demasiado entusiasmo añadió Don Rafael, dándole un golpecito a Lucía en el hombro.

Vamos chiquilla, te preparé zanahoria rallada con azúcar y tus croquetas favoritas. Seguro vienes cansada invitó la abuela, de lo más calurosa.

Don Rafael se levantó detrás de ellas.

¿Y usted por qué se retira? se extrañó Lucía.

¡Es que me ha dado hambre con tantas croquetas! Voy a picar algo y luego, si sale, nos vemos en la plaza para pasear propuso el vecino.

No prometo nada, hay mucho por hacer Ya veremos.

Pero al final Lucía salió a la plaza esa tarde. Quiso despedirse del vecino y, sonriendo para sus adentros, entraron en el portal ella y Mariluz, con Rafael detrás.

Abuela, ¿Don Rafael corteja contigo? bromeó Mariluz al entrar.

Ay, ¡qué tonterías dices!

Yo lo veo, la forma en que te mira Ojalá Marquitos del otro grupo me mirara así. Todas se morirían de envidia.

Vamos a cenar, que eres muy observadora. Marquitos ya te mirará respondió la abuela con una sonrisa.

Esa noche, Lucía salió otra vez al banco, y Rafael ya la esperaba, solitario. Sorprendentemente, las habituales no estaban.

Carmen y Pilar acaban de irse, están con la cena anunció Rafael, feliz.

Desde entonces, Lucía y Rafael se veían con frecuencia, cruzando el parque bajo el tilo, leyendo juntos el diario, compartiendo recetas y anécdotas.

Rafael tampoco tuvo suerte con la vida. Había tenido esposa, hija y nieto, pero se quedó viudo demasiado pronto. Crió a su hija como pudo, trabajando en dos empleos para que Verónica no le faltara nada, aunque apenas se veían pues él salía al alba y volvía bien tarde, y la niña dormía.

La hija creció, se casó y se marchó a Valladolid, tuvo un hijo y visitó a Rafael algunas veces, cada vez con menos alegría. Tras quince años, Verónica se divorció y criaba sola a su hijo.

Lucía, mi hija me ha llamado: viene en dos días. Hace años que no tenemos trato. ¿Quién sabe a qué viene? le contó Rafael, ya tutelándose con la confianza de los viejos amigos.

Quizás añora a la familia, con la edad eso ocurre supuso ella.

No estoy seguro

Verónica llegó. Igual de brusca, sin sonrisa, siempre distraída. Rafael presintió la llegada de una conversación seria y no tuvo que esperar mucho.

Papá, vengo realmente por algo importante comenzó Verónica. ¿Por qué no vendes tu piso y te mudas con nosotros? Vivirás con tu nieto, será mejor para todos dijo tajante, dejando claro que ya lo tenía decidido.

Pero Rafael se sintió incómodo. No le apetecía dejar su hogar por irse a una ciudad ajena, donde sería vigilado por una hija tan fría. Se negó, alegando costumbre de vivir solo.

Verónica, sin embargo, no se rendía. Averiguó la amistad de Rafael y Lucía, y fue de visita a casa de la vecina. Saludó con cortesía y se sentó en la cocina. Lucía sirvió té, puso bombones y mermelada.

Dime, Verónica dijo Lucía con voz suave.

He notado que usted se lleva bien con mi padre ¿No podría convencerle de vender el piso? ¿Para qué necesita tanto espacio solo? finalizó con brusquedad.

Lucía se sorprendió por el tono frío y calculador de Verónica y replicó con una negativa. Entonces la hija de Rafael estalló: se puso roja como un pimiento de Padrón, chillando con furia.

¡Eso es! Seguro usted quiere quedarse con el piso. Ha encontrado a un viejo solitario y pretende que sea el regalo de bodas para su nieta. Se pasean juntos por la plaza, hablan del poder de los dientes de león ¡Son dos abuelitos locos! ¿O acaso ya han pedido cita en el Registro Civil? Le advierto, ¡no se saldrá con la suya, vieja alcahueta! Gritó y salió dando un portazo.

Lucía sintió vergüenza, temiendo que los vecinos hubieran oído los gritos. Finalmente, Verónica se fue. Lucía entonces evitaba a Rafael, apresurándose al verlo.

Pero la vida no permite huir siempre. Un día Lucía volvía del mercado y allí estaba Rafael, esperándola, con un puñado de dientes de león, enredando flores en un círculo.

Lucía, no corras. Siéntate conmigo un momento. Perdona lo de mi hija. Sé que estuvo contigo y dijo barbaridades. Hablé con ella en serio Ayudo al nieto y seguiré ayudando. Pero ella no se puede actuar así. Al final, se marchó y dijo que ya no tenía padre. Yo se quedó callado y le entregó la corona incompleta de dientes de león. Toma, además he hecho mermelada de dientes de león, dicen que es sanísima, tienes que probarla. Incluso en ensalada están riquísimos sonreía Rafael, con una bondad profunda.

Después de esa conversación surrealista sobre dientes de león, prepararon juntos una ensalada y Lucía probó el té con la mermelada, le encantó. Al rato caminaron otra vez hacia el parque.

Tengo el último número de nuestra revista favorita, lo leeremos sentados bajo el tilo propuso Rafael.

Lucía se acomodó al lado, riendo, y la charla floreció. Los dos se olvidaron de todo el resto. Estaban bien juntos.

Gracias por leerme, y por acompañarme en estos sueños de Castilla. ¡Que la suerte florezca en vuestra vida!

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MagistrUm
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