Mermelada de Diente de León El invierno, aunque suave y cubierto de nieve este año, por fin ha terminado. Ya me cansé de los días blancos y largos y deseo ver hojas verdes, colores nuevos y guardar la ropa de abrigo. La primavera ha llegado a nuestro pequeño pueblo. Taísia adora esta época, espera ansiosa el despertar de la naturaleza y por fin lo ha conseguido. Observando desde la ventana del tercer piso, piensa: —Con los cálidos días de primavera, parece que la ciudad despierta de su largo sueño invernal. Hasta los coches suenan distintos y el mercado cobra vida. La gente sale con chaquetas y abrigos coloridos, por las mañanas los pájaros nos despiertan antes que el despertador. Qué bien es la primavera, y el verano aún mejor… Taísia lleva años viviendo en ese bloque de cinco plantas, ahora comparte el piso solo con su nieta Varya, que estudia cuarto de Primaria. Hace un año, los padres de Varya se fueron a trabajar a África con un contrato —ambos son médicos— y dejaron a la niña con la abuela. —Mamá, te dejamos a nuestra Varya, que allí no podemos llevarla, sabemos que cuidarás de tu nieta querida —decía la hija de Taísia. —Claro que sí, estarán tranquilos. Con ella es más divertido, ¿qué otra cosa haré yo que estoy jubilada? Marchad, nosotros nos apañaremos —respondía la madre. —¡Bien, abuela! Ahora sí me lo pasaré bien contigo, iremos al parque, mis padres nunca tienen tiempo, siempre están ocupados —se alegraba la nieta. Tras dar el desayuno a su nieta y enviarla al colegio, Taísia se pone con las tareas domésticas y el tiempo pasa sin darse cuenta. —Iré a la tienda y luego vendrá Varya del cole —piensa cuando sale del piso. Al bajar, ve a dos vecinas ya sentadas en el banco, con cojines templados, porque aún está frío. La señora Semenova, una mujer sin edad —ni se sabe si tiene setenta o más, siempre guarda en secreto su año de nacimiento— vive en el primero, en un piso pequeño. Valentina, otra vecina mayor y también sola, tiene setenta y cinco, lee mucho, sabe historias interesantes, ríe fuerte, una alegría, completamente opuesta a Semenova, que todo le parece mal. Cuando el sol derrite la nieve, el banco nunca está vacío, alguien siempre lo ocupa. Y Semenova y Valentina son habituales, pueden pasar ahí el día entero, solo van a casa para la comida y después vuelven. Todo lo controlan, no escapa ni una mosca. Taísia, de vez en cuando, también se sienta con ellas a comentar las noticias, lo que han leído en la revista o visto en la tele. A Semenova le gusta hablar de su tensión. —¡Hola, chicas! —saluda Taísia sonriendo—, ¿ya estáis en el puesto? —Hola, Tasi, claro, si no controlamos el banco nos ponen falta. ¿A la compra vas, no? —observa Semenova al verle la bolsa. —Eso es, voy aprovechando antes de que llegue Varya, le he prometido algo dulce por sus sobresalientes —dice rápida Taísia y se va. El día pasa como todos, recibe a su nieta del colegio, la alimenta, la niña se pone a hacer deberes, Taísia hace sus cosas y ve la tele. —Abu, voy a baile —oye de repente. Varya, mochila en mano, móvil en la otra. Lleva seis años bailando, le gusta, participa en todos los eventos posibles, y Taísia está orgullosa de su guapa nieta. —Muy bien, Varya, corre, —contesta amorosa la abuela y la despide en la puerta. Taísia se sienta sola en el banco del portal esperando a su nieta. —¿Aburrida? —se le acerca el vecino del segundo, don Egor. —¡Aburrirse en un día así! Con este sol y los pájaros… —le responde Taísia. —Sí, el sol calienta, todo amarillo por las flores de diente de león, parecen pequeños soles —comenta Egor sonriendo, Taísia asiente. En ese momento Varya salta por detrás y se lanza al cuello de la abuela gritando: —¡Guau, guau…! —¡Menuda traviesa, casi me matas del susto! —ríe Taísia. —Eh, estas bromas tan pronto, —dice el vecino riendo y la palmea. —Venga, traviesa, te he rallado zanahoria con azúcar, y también tus albóndigas favoritas, seguro que estás cansada —le dice cariñosa la abuela. Egor también se levanta con ellas del banco. —¿Y por qué os vais de la calle? —pregunta Taísia sorprendida. —Es que has hablado de comida y me ha entrado hambre. Voy a picar algo. Luego salís otra vez, igual damos un paseo —propone el vecino. —No prometo nada, tengo muchas cosas que hacer, pero… veremos. Taísia al final salió en la tarde al banco y Egor la esperaba allí. Raro, esa vez no estaban las habituales. —Semenova y Valentina acaban de irse, a cenar —informa feliz el vecino. Desde ese día, Taísia y Egor se ven más seguido, incluso van al parque que hay cruzando la calle. Leen juntos los periódicos, discuten recetas, artistas, comparten historias. La vida de Egor no fue fácil. Tuvo mujer, hija y nieto, pero quedó viudo joven y crió a su hija solo, como pudo. Trabajó en dos sitios para que no le faltara de nada a su hija Verónica. Claro, apenas la veía, salía de casa y la niña dormía, volvía y ella ya dormía otra vez. La hija creció, se casó y se fue a otra ciudad, tuvo un hijo. Luego vino unas veces, pero nada más. Incluso cuando venía, nunca se mostró muy alegre. Luego se divorció tras quince años de matrimonio, crió al hijo sola. —Tasi, mi hija viene en dos días. Me ha llamado hoy. ¿A qué vendrá ahora? Tantos años sin contacto… —le cuenta Egor, que ya le habla de todo y ambos se conocen bien. —Quizá echa de menos a la familia, a cierta edad uno quiere estar cerca —supone Taísia. —No lo sé, no me fío… Verónica vino. Seca, fría, no sonríe, va a lo suyo. Egor temía que le hablara de algo serio, y así fue. —Papá, vengo a proponerte algo. Vamos a vender tu piso, te mudas con nosotros, así estarás con tu nieto, más animado —hablaba la hija de forma decidida, era obvio que lo había decidido por él. Eso no terminó de convencer a Egor, no quería salir de su casa ni mudarse a la ciudad de la hija para vivir bajo su control. Se negó, dijo que estaba acostumbrado a estar solo. Verónica no se rindió. Averiguó que su padre era amigo de Taísia y fue a verla. Saludó educadamente y, tras entrar en la cocina, se sienta. Taísia le pone té, caramelos y mermelada en la mesa. —Dime, Verónica —le dice Taísia amablemente. —He visto que eres muy amiga de mi padre, —comienza la hija— ¿Podrías ayudarme a convencerle en algo importante? —¿En qué asunto? —Ayúdame a convencerle de vender su piso… ¿Para qué quiere tanto espacio solo? ¿No puede pensar un poco en los demás? —concluye con rudeza. Taísia se sorprende ante el cálculo y el interés de Verónica y le responde que no. Verónica cambia radicalmente. Rojo como un tomate, llena de ira, grita chillona a Taísia. —Ah, ya veo… Quieres quedarte tú con el piso. Has encontrado a un viejo solitario para conseguirle dote a tu nieta… Os vais de paseo, habláis de dientes de león… Dos solitarios del parque, vaya… ¿Todavía no habéis ido al registro civil? Te aviso, ¡no conseguirás nada! —pasa al tuteo y añade amenazante— Nada conseguirás, vieja, —y se va de un portazo. Taísia pasa vergüenza por el escándalo, esperando que los vecinos no hayan oído. Pronto Verónica se marcha del pueblo. Taísia empieza a evitar a Egor, si le ve, se mete rápido a casa. …Y tomaba té con mermelada de diente de león. Pero, por mucho que uno intente huir, la vida pone todo en su sitio. Un día, tras volver del supermercado, Taísia ve a Egor sentado fuera del portal, esperándola con flores amarillas, ya incluso estaba haciéndole una corona. —Taísia, no corras, siéntate un momento. Perdóname por mi hija. Sé… sé lo que te dijo y cómo puede ser ella. Hablamos serio y al nieto seguiré ayudando. Pero ella… no se puede ser así. Se ha ido y dice que no tiene padre… Y yo… —calla y le da la corona de flores— Toma, he hecho mermelada de diente de león, muy rica y sana, tienes que probarla. También se pueden echar a la ensalada, —sonríe el vecino. Tras aquella charla sobre los dientes de león, prepararon juntos una ensalada y Taísia probó el té con la mermelada, le encantó. Por la tarde, salieron de nuevo al parque: —Tengo el nuevo número de nuestra revista favorita, —dijo Egor, —leemos en el banco bajo el tilo, —caminando hacía el banco, asiente. Taísia se sienta a su lado y se ríe. La charla fluye y se olvidan de todo, están bien juntos. Gracias por leer, seguirme y apoyarme. ¡Mucha suerte en la vida!

Mermelada de diente de león

Terminó el invierno, este año ni hubo fríos de esos que hacen historia, solo una nieve blandita, más fastidiosa que otra cosa. Ya estaba Taís cansada de tanta bufanda y abrigo, deseando ver hojas verdes y colores nuevos, y poder salir con menos capas encima.

La primavera llegó a su barrio, en ese típico pueblo castellano donde nunca pasa gran cosa, y Taís la recibió como siempre, con ilusión y paciencia. Desde la ventana del tercero, pensaba:

Con los días templados de primavera, el pueblo parece que despierta de ese letargo invernal. Hasta los camiones hacen ruido de otro modo y el mercado está reviviendo. La gente va de aquí para allá en chaquetas de colores, y las aves se han puesto tan madrugadoras que ya ni hace falta despertador. Ay, bonita la primavera aunque el verano ya es otra liga.

Taís lleva años en ese edificio sin ascensor, y ahora vive con su nieta Martina, que está en cuarto de primaria. Los padres de Martina, médicos ambos, se fueron a trabajar a Senegal con un contrato hace un año, y dejaron a la niña al cuidado de la abuela.

Mamá, aquí te dejamos a Marti, que no nos vamos a llevarla a África. Sabemos que contigo estará bien le dijo su hija.

Pues claro, ¡conmigo hay más marcha! Que ya jubilada, ¿qué voy a hacer si no? Id tranquilos, que aquí nos apañamos las dos respondió Taís, encantada.

¡Bieeen, abuela! Nos lo vamos a pasar de lujo, iremos al parque más que nunca. Mis padres siempre están liados, nunca tienen tiempo se alegró Martina, rozando el desparpajo.

Después de dar desayuno y mandar a la niña al cole, Taís se puso con sus cosas y el día se fue volando.

Voy al súper, y después ya vendrá Marti del cole pensó, cogiendo su bolsa y saliendo del piso.

Al salir, se encontró con las vecinas de siempre en el banco de la plaza, con sus cojines que nunca faltan, porque el banco siempre está frío. Carmen, que es como esas señoras de las que nunca se aclara la edad (¿setenta? ¿ochenta? Misterio absoluto), vive en el bajo de una habitación. Siempre anda diciendo que nadie debe saber en qué año nació. Luego está Amparo, setenta y cinco años, de esas que leen hasta la caja del detergente, te cuenta historias que no salen ni en la tele, se ríe a carcajadas, la alegría de la huerta. Nada que ver con Carmen, que está disgustada hasta cuando sale el sol.

En cuanto el sol empieza a calentar un poco y la nieve ha hecho mutis, ese banco es territorio ocupado. Carmen y Amparo son las mandamases, pueden tirarse allí toda la jornada: comer en casa, descansar un rato y luego vuelta al banco. Son el controlador aéreo del barrio, ni una mosca pasa sin que ellas se enteren.

Taís a veces se une, charlan sobre las noticias, lo que alguien leyó, o cualquier concurso de la tele. Carmen saca siempre el tema de su tensión.

¡Buenas tardes, chicas! saludó Taís sonriendo. Ya estáis al pie del cañón.

¡Hola, Tais! Sí, aquí estamos, que si no nos ponen falta. A ti se te ve el plan, marchando al súper ¿verdad? dijo Carmen, medio preguntando, medio acusando, al ver la bolsa.

Exacto, es que he prometido traerle a Marti algo dulce por sus buenas notas. No me entretengo, que toca comprar Taís se fue ligera.

El día siguió normal, recogió a Martina del cole, comieron, la niña se puso con los deberes y Taís con sus cosas, luego la tele para variar.

Abuela, me voy a danza oyó Taís.

Martina ya estaba lista, mochila al hombro, móvil en mano. Lleva seis años bailando y le encanta; se presenta en todos los eventos del pueblo, y la abuela se siente la mar de orgullosa.

Vale, Marti, vete. Yo te espero respondió Taís con cariño, llevándola hasta la puerta.

Más tarde, Taís estaba sola en el banco de la plaza esperando a Martina cuando apareció Don Eloy, vecino del segundo.

¿Sóla y nostálgica? le dijo mientras se sentaba cerca.

¿Quién es capaz de estar nostálgica con este día? Mira qué sol, qué tiempo, hasta las margaritas parecen que están de fiesta contestó Taís.

Sí que sí. Todo reverdece, y las flores amarillas de la cuneta parecen mini soles, ¿no? reía Eloy, y Taís asentía de acuerdo.

En eso, Martina saltó por detrás y abrazó por el cuello a su abuela con un grito:

¡Guau, guau!

¡Qué bicho eres! Casi me muero del susto rió Taís.

Bueno, tampoco exagere añadió Eloy con gentileza, dándole una palmadita.

Venga, revoltosa, hoy te he rallado zanahoria con azúcar y tengo tus albóndigas favoritas listas. Seguro que vienes reventada de tanto baile invitó la abuela.

Eloy también se levantó, siguiéndolas.

¿Y vosotros os vais tan pronto? sorprendido, preguntó.

Hablando de albóndigas así, hasta yo me he dado hambre. Voy a picar algo y luego quizá vuelvo al banco, quizá hasta paseamos respondió Eloy.

No prometo nada, hay muchas cosas que hacer, ya veremos

Al final, por la tarde, Taís salió de nuevo al banco. Al despedirse de Eloy, sonrió para sí y entró con Martina en casa, mientras él les seguía.

Abuela, Don Eloy te está echando los tejos soltó Martina entre risas al llegar al recibidor.

Anda, ya estás exagerando despachó Taís.

Pero si se le nota… Y no es la primera vez que lo veo. Tiene una mirada que si Marquitos, del otro curso, me la echara a mí, todas las chicas del cole se morirían de celos siguió Martina, soñadora.

Venga, a la mesa, que eres más lista que el hambre. Y a Marquitos, ya lo veremos sonrió la abuela.

Por la noche, salió Taís al banco y Eloy ya estaba esperándola. Curiosamente, ni rastro de Carmen ni Amparo.

Se acaban de ir a cenar anunció Eloy, feliz.

A partir de esa noche, se hicieron habituales los encuentros entre Taís y Eloy; a veces hasta paseaban por el parque de enfrente, leían juntos el periódico y hablaban de recetas y anécdotas.

Eloy no ha tenido una vida fácil. Tuvo esposa, hija y nieto, pero enviudó joven y crió como pudo a Lourdes, su hija, trabajando en mil cosas para que no le faltara nada. El tiempo era oro: la niña dormía cuando él se marchaba y también cuando volvía.

Lourdes creció, se casó y se fue a otra ciudad, tuvo un hijo. De vez en cuando venía, pero la relación nunca fue cálida. Después de quince años se divorció y crio al niño sola.

Taís, mi hija viene de visita en dos días. Ha llamado hoy. ¿A santo de qué? Si hace años que no hablamos comentó Eloy, que ya se tuteaba con Taís sobre cualquier tema.

Igual le ha dado la vena nostálgica, que en ciertas edades apetece estar cerca de los tuyos sugirió Taís.

No sé yo, no me fio

Lourdes llegó. Seguía igual de seca y seria, todo con prisas, y pronto comenzó la conversación inevitable.

Papá, he venido por algo importante arrancó Lourdes. Vamos a vender tu piso, te mudas con nosotros y así vives con tu nieto, que todo será más alegre dijo imperativa, como quien ya lo ha planificado todo.

Pero a Eloy se le revolvieron las tripas, no quería dejar su casa por mudarse a otro lugar bajo la supervisión de una hija tan poco cariñosa. Declinó, diciendo que está acostumbrado a la soledad.

Lourdes, por supuesto, no cedió. Descubrió la amistad entre su padre y Taís y fue directamente a visitarla. Saludó con cortesía, entró a la cocina y se sentó. Taís sacó té, caramelos y mermelada a la mesa.

Te escucho, Lourdes dijo Taís con suavidad.

Os veo muy amigos. ¿No podrías convencerle de algo importante? empezó Lourdes.

¿Y qué es?

Ayúdame a que venda el piso Qué hace él solo con tanto espacio, que piense un poco en los demás soltó, con un tonillo de lo más frío.

Taís se sorprendió por el descaro calculado y le respondió que no. Lourdes cambió de color, roja y furiosa, y le chilló chillona:

Aaaah, claro igual eres tú la que quiere quedarte con ese piso. Has encontrado un viejo solo y ahora quieres prepararle herencia a tu querida nieta. Ahí vais, de bancos y charlas, hablando de las propiedades del diente de león. Dos ancianos con aires de inocentes ¿A que ya estáis pensando en casaros? Que lo sepas, no va a haber boda ni herencia. Nada y poniéndose muy seria, añadió amenazando: nada de nada, bruja vieja y salió perdiendo la compostura y dando un portazo.

A Taís le dio vergüenza por si las vecinas habían oído semejante espectáculo, pero pronto Lourdes se marchó del pueblo. Taís procuraba evitar a Eloy a toda costa, si lo veía, aceleraba el paso a casa.

Y seguía tomando té con mermelada de diente de león

Pero aunque te escondas, la vida siempre te pilla. Un día, volviendo del súper, vio a Eloy sentado junto al portal, esperándola, con un ramo de dientes de león y haciendo una corona con ellos.

Taís, no te escapes le pidió. Siéntate un momentito. Perdóname por mi hija. Sé lo que vino a decirte Hemos hablado en serio. He ayudado a mi nieto y lo seguiré haciendo, pero ella no se puede vivir así. Al final, se fue y me dijo que ya no tenía padre Y yo guardó silencio, y luego le tendió la corona de dientes de león. Toma, también he hecho mermelada de diente de león, es sanísima y está riquísima, tienes que probarla. Hasta en ensalada están buenísimas sonrió Eloy.

Después de esa charla sobre los dientes de león, acabaron preparando juntos una ensalada. Y Taís, por supuesto, merendó con pan y mermelada de dientes de león, encantada. Por la noche se fueron al parque:

Tengo aquí el último número de nuestra revista favorita dijo Eloy, vamos a leerlo juntos bajo la sombra de la vieja lima, y cuando llegó al banco, lo señaló con la cabeza.

Taís se sentó y soltó una carcajada. La conversación fluía y se olvidaron del mundo. Estaban bien juntos.

Gracias por leer, por seguir apoyando y por ser tan majos. ¡Suerte en la vida!

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MagistrUm
Mermelada de Diente de León El invierno, aunque suave y cubierto de nieve este año, por fin ha terminado. Ya me cansé de los días blancos y largos y deseo ver hojas verdes, colores nuevos y guardar la ropa de abrigo. La primavera ha llegado a nuestro pequeño pueblo. Taísia adora esta época, espera ansiosa el despertar de la naturaleza y por fin lo ha conseguido. Observando desde la ventana del tercer piso, piensa: —Con los cálidos días de primavera, parece que la ciudad despierta de su largo sueño invernal. Hasta los coches suenan distintos y el mercado cobra vida. La gente sale con chaquetas y abrigos coloridos, por las mañanas los pájaros nos despiertan antes que el despertador. Qué bien es la primavera, y el verano aún mejor… Taísia lleva años viviendo en ese bloque de cinco plantas, ahora comparte el piso solo con su nieta Varya, que estudia cuarto de Primaria. Hace un año, los padres de Varya se fueron a trabajar a África con un contrato —ambos son médicos— y dejaron a la niña con la abuela. —Mamá, te dejamos a nuestra Varya, que allí no podemos llevarla, sabemos que cuidarás de tu nieta querida —decía la hija de Taísia. —Claro que sí, estarán tranquilos. Con ella es más divertido, ¿qué otra cosa haré yo que estoy jubilada? Marchad, nosotros nos apañaremos —respondía la madre. —¡Bien, abuela! Ahora sí me lo pasaré bien contigo, iremos al parque, mis padres nunca tienen tiempo, siempre están ocupados —se alegraba la nieta. Tras dar el desayuno a su nieta y enviarla al colegio, Taísia se pone con las tareas domésticas y el tiempo pasa sin darse cuenta. —Iré a la tienda y luego vendrá Varya del cole —piensa cuando sale del piso. Al bajar, ve a dos vecinas ya sentadas en el banco, con cojines templados, porque aún está frío. La señora Semenova, una mujer sin edad —ni se sabe si tiene setenta o más, siempre guarda en secreto su año de nacimiento— vive en el primero, en un piso pequeño. Valentina, otra vecina mayor y también sola, tiene setenta y cinco, lee mucho, sabe historias interesantes, ríe fuerte, una alegría, completamente opuesta a Semenova, que todo le parece mal. Cuando el sol derrite la nieve, el banco nunca está vacío, alguien siempre lo ocupa. Y Semenova y Valentina son habituales, pueden pasar ahí el día entero, solo van a casa para la comida y después vuelven. Todo lo controlan, no escapa ni una mosca. Taísia, de vez en cuando, también se sienta con ellas a comentar las noticias, lo que han leído en la revista o visto en la tele. A Semenova le gusta hablar de su tensión. —¡Hola, chicas! —saluda Taísia sonriendo—, ¿ya estáis en el puesto? —Hola, Tasi, claro, si no controlamos el banco nos ponen falta. ¿A la compra vas, no? —observa Semenova al verle la bolsa. —Eso es, voy aprovechando antes de que llegue Varya, le he prometido algo dulce por sus sobresalientes —dice rápida Taísia y se va. El día pasa como todos, recibe a su nieta del colegio, la alimenta, la niña se pone a hacer deberes, Taísia hace sus cosas y ve la tele. —Abu, voy a baile —oye de repente. Varya, mochila en mano, móvil en la otra. Lleva seis años bailando, le gusta, participa en todos los eventos posibles, y Taísia está orgullosa de su guapa nieta. —Muy bien, Varya, corre, —contesta amorosa la abuela y la despide en la puerta. Taísia se sienta sola en el banco del portal esperando a su nieta. —¿Aburrida? —se le acerca el vecino del segundo, don Egor. —¡Aburrirse en un día así! Con este sol y los pájaros… —le responde Taísia. —Sí, el sol calienta, todo amarillo por las flores de diente de león, parecen pequeños soles —comenta Egor sonriendo, Taísia asiente. En ese momento Varya salta por detrás y se lanza al cuello de la abuela gritando: —¡Guau, guau…! —¡Menuda traviesa, casi me matas del susto! —ríe Taísia. —Eh, estas bromas tan pronto, —dice el vecino riendo y la palmea. —Venga, traviesa, te he rallado zanahoria con azúcar, y también tus albóndigas favoritas, seguro que estás cansada —le dice cariñosa la abuela. Egor también se levanta con ellas del banco. —¿Y por qué os vais de la calle? —pregunta Taísia sorprendida. —Es que has hablado de comida y me ha entrado hambre. Voy a picar algo. Luego salís otra vez, igual damos un paseo —propone el vecino. —No prometo nada, tengo muchas cosas que hacer, pero… veremos. Taísia al final salió en la tarde al banco y Egor la esperaba allí. Raro, esa vez no estaban las habituales. —Semenova y Valentina acaban de irse, a cenar —informa feliz el vecino. Desde ese día, Taísia y Egor se ven más seguido, incluso van al parque que hay cruzando la calle. Leen juntos los periódicos, discuten recetas, artistas, comparten historias. La vida de Egor no fue fácil. Tuvo mujer, hija y nieto, pero quedó viudo joven y crió a su hija solo, como pudo. Trabajó en dos sitios para que no le faltara de nada a su hija Verónica. Claro, apenas la veía, salía de casa y la niña dormía, volvía y ella ya dormía otra vez. La hija creció, se casó y se fue a otra ciudad, tuvo un hijo. Luego vino unas veces, pero nada más. Incluso cuando venía, nunca se mostró muy alegre. Luego se divorció tras quince años de matrimonio, crió al hijo sola. —Tasi, mi hija viene en dos días. Me ha llamado hoy. ¿A qué vendrá ahora? Tantos años sin contacto… —le cuenta Egor, que ya le habla de todo y ambos se conocen bien. —Quizá echa de menos a la familia, a cierta edad uno quiere estar cerca —supone Taísia. —No lo sé, no me fío… Verónica vino. Seca, fría, no sonríe, va a lo suyo. Egor temía que le hablara de algo serio, y así fue. —Papá, vengo a proponerte algo. Vamos a vender tu piso, te mudas con nosotros, así estarás con tu nieto, más animado —hablaba la hija de forma decidida, era obvio que lo había decidido por él. Eso no terminó de convencer a Egor, no quería salir de su casa ni mudarse a la ciudad de la hija para vivir bajo su control. Se negó, dijo que estaba acostumbrado a estar solo. Verónica no se rindió. Averiguó que su padre era amigo de Taísia y fue a verla. Saludó educadamente y, tras entrar en la cocina, se sienta. Taísia le pone té, caramelos y mermelada en la mesa. —Dime, Verónica —le dice Taísia amablemente. —He visto que eres muy amiga de mi padre, —comienza la hija— ¿Podrías ayudarme a convencerle en algo importante? —¿En qué asunto? —Ayúdame a convencerle de vender su piso… ¿Para qué quiere tanto espacio solo? ¿No puede pensar un poco en los demás? —concluye con rudeza. Taísia se sorprende ante el cálculo y el interés de Verónica y le responde que no. Verónica cambia radicalmente. Rojo como un tomate, llena de ira, grita chillona a Taísia. —Ah, ya veo… Quieres quedarte tú con el piso. Has encontrado a un viejo solitario para conseguirle dote a tu nieta… Os vais de paseo, habláis de dientes de león… Dos solitarios del parque, vaya… ¿Todavía no habéis ido al registro civil? Te aviso, ¡no conseguirás nada! —pasa al tuteo y añade amenazante— Nada conseguirás, vieja, —y se va de un portazo. Taísia pasa vergüenza por el escándalo, esperando que los vecinos no hayan oído. Pronto Verónica se marcha del pueblo. Taísia empieza a evitar a Egor, si le ve, se mete rápido a casa. …Y tomaba té con mermelada de diente de león. Pero, por mucho que uno intente huir, la vida pone todo en su sitio. Un día, tras volver del supermercado, Taísia ve a Egor sentado fuera del portal, esperándola con flores amarillas, ya incluso estaba haciéndole una corona. —Taísia, no corras, siéntate un momento. Perdóname por mi hija. Sé… sé lo que te dijo y cómo puede ser ella. Hablamos serio y al nieto seguiré ayudando. Pero ella… no se puede ser así. Se ha ido y dice que no tiene padre… Y yo… —calla y le da la corona de flores— Toma, he hecho mermelada de diente de león, muy rica y sana, tienes que probarla. También se pueden echar a la ensalada, —sonríe el vecino. Tras aquella charla sobre los dientes de león, prepararon juntos una ensalada y Taísia probó el té con la mermelada, le encantó. Por la tarde, salieron de nuevo al parque: —Tengo el nuevo número de nuestra revista favorita, —dijo Egor, —leemos en el banco bajo el tilo, —caminando hacía el banco, asiente. Taísia se sienta a su lado y se ríe. La charla fluye y se olvidan de todo, están bien juntos. Gracias por leer, seguirme y apoyarme. ¡Mucha suerte en la vida!