El gato la observaba en silencio. Tras suspirar y armarse de valor, Nayara estiró el brazo hacia él, pensando que las mangas de su cazadora de cuero protegerían sus manos de las garras de aquel peludo polizón…
La jornada se acababa y Nayara caminó hacia la parte trasera del autobús, revisando con detalle debajo de cada asiento.
Para ella, el autobús era como su segunda casa, y en casa de Nayara siempre había limpieza. Quizá porque nadie más podía ensuciar.
Nayara, hija, que se te va a pasar el arroz le decían las señoras de la central. Rozas ya los treinta y sigues sola. ¡Y con ese trabajo tan de hombres! Que los pasajeros a veces se ponen muy malos y ni los hombres aguantan.
Yo tengo suerte, me tocan pasajeros majos respondía ella casi siempre. Y el trabajo me gusta. Además, un hombre no es ni un gato ni un perro para tenerlo.
Se miraban las unas a las otras, porque todas sabían que muchos hombres daban mil veces más guerra que cualquier bicho con cola.
Pues cógete un gato le recomendaban. Al menos, no estarás sola.
Nayara suspiraba.
De momento el gato no quiere venir le decía compasiva a las señoras, y volvía a casa, ponía música, preparaba su cena, leía un rato y se acostaba
Los días se parecían tanto entre sí que parecían hermanos gemelos. Los findes no le gustaban nada: tenía demasiado tiempo libre. En esos días cogía su propio autobús solo para sentarse como una pasajera más, y así sentir que alguien la llevaba hacia una vida luminosa y bonita.
Aquel día no era distinto a ningún otro. Al acabar su turno, Nayara empezó a limpiar, inspeccionando el interior.
Y entonces, bajo el último asiento, se llevó un buen susto: dos ojos brillantes la miraban.
¿Eh, pero bueno? ¡Mishi, mishi! ¿Cómo has llegado ahí? cuchicheaba, agachándose. ¿Estás perdido?
El gato la observaba en silencio.
Suspirando y, tras llenarse de valor, extendió el brazo deseando que la chaqueta de cuero le protegiese de las uñas del peludo viajero sin billete.
Pero el gato, sorprendentemente, se dejó coger sin resistencia y Nayara pudo verlo bien.
Era precioso.
No era muy entendida en razas, pero por la carita y el pelo largo supuso que tenía un persa entre sus parientes. Llevaba un collar con una plaquita.
Merlín leyó Nayara en voz alta mientras giraba el collar entre las manos. ¿No será el mago? El gran Merlín…
El gato bostezó largamente, aceptando la broma de buena gana.
Entonces, Merlín, ¿qué hago contigo, majestad mágica? ¿Dónde buscamos a tus dueños?
El gato la miró y volvió a bostezar. Como diciéndole: ¿Qué sabré yo? Por cierto, un bocadito no vendría mal, y luego a dormir.
Nayara sabía que en realidad tenía dos opciones. Pero, ¿quién iba a dejar a ese polizón en la calle?
Mira, vas a quedarte esta noche conmigo decidió. Mañana te hago una foto, imprimo carteles y seguro que encuentran a tu dueño, estarán buscándote hecho un manojo de nervios.
El gato ni discutió. Eso sí, nada más Nayara tiró para la salida, el animal empezó a retorcerse, queriendo zafarse.
¿Qué pasa ahora? preguntó Nayara, aunque no hablase gatuno. Pero el minino se escurrió de sus brazos y volvió cagando leches bajo el asiento. Regresó al instante con algo en la boca.
¿Qué traes? Nayara se agachó para mirar.
El gato soltó el objeto en su mano: un décimo de lotería.
¡Madre mía! Nayara no salía de su asombro. ¿Eso quiere decir que tu dueño perdió al gato y también el décimo?
El gato la miró y bostezó de nuevo. Como diciendo: ¿Nos vamos a casa ya, o qué?
Nayara, de camino al súper, le daba vueltas a si contar lo del décimo en el cartel. ¿Y si alguien intentaba quedarse con el premio diciendo ser su dueño?
¡Había que ser más lista! Al menos, tenía claro que tenía que agasajar al invitado ilustre.
¿Qué te apetece? le preguntó en el pasillo de piensos para gatos.
Merlín inspeccionó los sobres y se inclinó hacia uno, animándola a que lo cogiera.
¿Este? ¿Seguro? repite.
Merlín lo agarró con los dientes. Se acabaron las dudas.
¡Eres un crack! le dijo, sonriendo.
El gato maulló como diciendo: Y lo sabes. Tras comprar también algo para ella, se fueron a casa.
¡Adelante, majestad! lo dejó en el suelo.
Merlín empezó a recorrer todo el piso como un inspector. Nayara fue a la cocina. No tenía comederos, así que usó dos platitos.
Después de comer, Nayara lo fotografió y preparó un cartel, sin decir nada del nombre ni de la lotería. Imprimió el anuncio y se lo enseñó al gato.
¡Mira qué guapo sales! Mañana lo pego en el bus y seguro que aparece tu dueño.
Se detuvo enseguida, cayendo en la cuenta de que al día siguiente tenía turno y no podía llevarse al gato.
¿Dejarlo solo? Ni hablar, con lo perdido que estaba. ¿Llevarlo al trabajo? Imposible.
Entonces pensó en Jaime, su vecino de puerta. Trabajaba desde casa, solo necesitaba su portátil y wifi.
A veces se cruzaban en el rellano, él siempre agotado, con el pelo alborotado y las gafas caídas. Asentían y cada uno a lo suyo. Pero Jaime podría cuidar de Merlín.
Reuniendo valor, Nayara llamó a la puerta de Jaime. Abrió el vecino, en chándal y zapatillas, y la miró sorprendido.
Nayara le explicó lo del gato, rogando que accediera. No hizo falta: Jaime solo asintió y cogió la llave.
Por un segundo, a Nayara hasta le dolió que no prestara atención a otra cosa que no fuese el gato.
Suspiró y volvió a por Merlín:
¡Mishi! ¿Dónde estás?
Lo encontró sentado junto a la puerta del balcón, con cara de querer salir.
Nayara lo dudó, pero pensó que un gato así de listo no saltaría desde un octavo. Abrió la puerta y ambos salieron.
Merlín saltó de un brinco a la barandilla y Nayara fue detrás, asustada por si caía.
Pero el gato la miró con ese aire altivo, volvió la vista arriba y alzó el hocico. Nayara acarició su lomo y al mirar al cielo, vio las estrellas.
Parecían mil ojos, y de pronto una estrella fugaz cruzó el cielo. El gato rozó su mano, como diciéndole: ¡Pide el deseo ya! Y Nayara lo pidió
Aquella noche cayó rendida en la cama, sin libros ni series. Tal vez, porque al lado tenía a Merlín ronroneando una nana peluda.
Por la mañana, dio las últimas instrucciones a un adormilado Jaime y se fue al trabajo.
Todo el día recorrió Madrid en el autobús, el cartel bien visible. Nadie preguntó por el gato.
Nayara, aunque le daba un poco de vergüenza confesarlo, se alegró. Volaba de ganas de volver a casa: ahí la esperaban.
En su piso olía a café. Del bueno, recién hecho. Ella siempre tomaba soluble, así que el cambio se notaba, sobre todo en la nariz.
He hecho de anfitrión confesó Jaime. Perdona, pero tu café es en fin, me he traído el mío. ¿Quieres?
¡Claro! contestó Nayara encantada. ¿Y Merlín?
Merlín apareció en el pasillo con aire satisfecho y se restregó en su pierna, como agradeciéndole la hospitalidad.
Tu Merlín está de maravilla Jaime se agachó y acarició al gato. Fíjate que llevaba siglos sin desconectar. Me puse a trabajar, pero acabé escribiendo un cuento de gatos. Me salió sin pensar.
¿Me lo enseñas? preguntó Nayara intrigada.
¡Bah, son bobadas! dijo él, pero se le notaba que quería leerlo.
Es en serio, Jaime, me pirran los cuentos. O la fantasía, que es casi lo mismo.
Al final, claro, se lo leyó.
Pasaron la tarde tomando café y leyendo el cuento, con Merlín observando todo como un abuelo paciente.
A Nayara le encantó la historia. Cuando Jaime se marchó, a ella no pudo evitar quedarle esa puntita de tristeza. Pero aún tenía al gato.
Y justo entonces sonó el timbre. Merlín se acercó muy digno hacia la puerta.
¿Quién es? preguntó Nayara.
Por el anuncio respondieron al otro lado.
Por un instante pensó no abrir, pero habría sido injusto. Abrió la puerta y vio a un hombre mayor, altísimo y con una capa negra. Sonreía:
No te asustes, hija. Vengo a por el gato, y para evitar dudas: se llama Merlín. Mira, ven aquí, granuja.
El gato saltó a sus brazos, sin dudarlo. No había lugar para el error.
Pase, por favor dijo Nayara, con voz temblorosa.
Casi se sentía al borde del llanto. ¡Quién diría que se le coge tanto cariño a un gato en un solo día! El hombre entró, se olió el aire y sonrió cruzando una mirada cómplice con el animal.
¿Me ofreces un café? pidió.
Nayara preparó uno con el café bueno que había dejado Jaime. Todo el rato el hombre y el gato no dejaban de mirarse.
Por cierto rompió el silencio el hombre. ¿No encontraste nada más?
Nayara se puso colorada y le entregó el décimo de lotería. Pero él apartó la mano:
Es para ti le sonrió.
¡Pero si es suyo! protestó ella.
Pero quien lo encontró fuiste tú, y Merlín está de acuerdo contestó sonriendo.
¿Y si es premiado? preguntó Nayara, nerviosa.
¿Vas a seguir diciéndole que no a la felicidad, aunque solo sea por si acaso? le guiñó el hombre.
Nayara bajó la mirada. ¡Ese era el deseo que le había pedido a la estrella!
Déjate encontrar por la felicidad, querida sonrió el hombre. Y no estés triste, seguro nos volvemos a ver. Cuando regreses…
¿Regresar de dónde?, pensó Nayara, pero el hombre ya se marchaba.
La llave giró sola en la cerradura, y Nayara apenas llegó a la cama antes de quedarse dormida… Soñó con el cuento de Jaime.
Sobre un poderoso mago que vivía solo para sí mismo y cuya magia nunca hizo feliz a nadie. Como castigo, fue convertido en gato, condenado a vagar así hasta que sus poderes se desvanecieran.
A la mañana siguiente volvió al autobús, pero todo le parecía más brillante: la ciudad, el sol, la gente.
Y sí, comprobó el décimo y, para su sorpresa, le había tocado un viaje al mar. Aunque más le asombró que su jefe le dijera:
Vete, Nayara, te lo has ganado. Ya nos apañamos.
Después vinieron el mar, las estrellas, y aquella sensación de volver a empezar.
Volvió a casa renovada, con conchitas y un trocito de Mediterráneo en el alma.
Y justo cuando entraba, vio a Jaime salir de su piso, tan despistado y de siempre.
Ayer vinieron a buscarte le contó. Me dieron esto para ti
Entró y salió con un gatito gris y peludo en brazos. Tenía una expresión tan conocida…
Bueno, todos los persas parecen un poco estirados.
Es el hijo de tu gato. Bueno, del que encontraste. Se llama Arturo. El viejo dijo que solo confiaba en ti. Se detuvo, nervioso. Bueno, en ti y en nosotros, dijo.
¿Nosotros? Nayara notaba el corazón a mil.
Dijo que podía confiar en nosotros dos para criarlo confesó Jaime, ruborizado.
¡Miau! confirmó Arturo, listo para acurrucarse con su humana.
Nayara ofreció la palma y encontró la mano de Jaime. Y allí, entre todos, el mundo se volvió un poquito más cálido y feliz.







