Mejor que en familia

¡Ay, Almudena, si no sabes en qué gastar el dinero, dáselo al hermano! ¡No lo puedo creer! ¡Doce mil euros para la comida! exclama la madre, Mercedes, con la voz alzada.

Almudena deja el vaso sobre la mesa, aprieta los labios y se queda paralizada. Los parientes la presionan tanto que ya no quiere ni celebrar su cumpleaños ni hablar con ellos.

Mamá, basta de darle la culpa a la niña interviene José, intentando calmar la situación. ¿Hoy es fiesta o qué?
Claro que es fiesta responde Mercedes con una risita. Después mis nietos volverán a colgarse de un piso compartido con los vecinos borrachos, y yo seguiré rezando para que no les pase nada. Si tú, Almudena, le dieras esos doce mil euros a Antonio, él podría alquilar un apartamento y no una habitación. Y tus gatitos podrían vivir con una comida sencilla, sin necesidad de té de marca.

Mamá se defiende Almudena, molesta, esos gatitos los adopté porque quería. Yo me hago cargo de ellos. Antonio ya tiene treinta y cinco años, es un hombre adulto, tiene que responsabilizarse de sí mismo y de la familia que, si acaso, ha fundado de forma consciente.

Antonio, el hermano, frunce el ceño, se recuesta en el sofá y se vuelve de brazos cruzados.

¡Y a tu familia también! eleva la voz Mercedes. ¡Tus sobrinos, tus primos! Puedes coger cualquier gato que quieras por la calle. Nosotros toda la vida los hemos alimentado con papilla y conservas y nada. Todo ha ido bien. Tú los tratas como niños. ¿No quieres tener tus propios hijos? ¿Prefieres pasar la vejez sin nada? Está bien, pero no puedes seguir mimando a tus gatos cuando tus sobrinos solo reciben dulces en los cumpleaños.

La paciencia de Almudena explota. Años de desprecio, de minimizar sus sentimientos, salen a raudales acompañados de lágrimas que corren por sus mejillas.

Los gatos son mejor que la familia exclama. Me quieren sin condición, sin pedir nada. Y nunca me reprocharán que quiero vivir mi vida.

No aguanta más. Da la vuelta, corre al dormitorio y cierra la puerta con fuerza.

Veremos cómo te aman si dejas de comprarles todos esos caprichos le grita Mercedes al fondo. El mundo se ha puesto al revés. ¿Que unos gatos valen más que los padres?

Mercedes sigue quejándose, pero Almudena trata de no oírla. Se desploma en la cama y se cubre la cabeza con la almohada, ahogando los reproches. Antonio la empuja como si fuera un cañón de artillería y se esconde tras su falda; siempre ha sido así.

Los recuerdos de la infancia de Almudena son borrosos, como si alguien hubiera borrado los momentos dolorosos. Solo recuerda que, en su quinto cumpleaños, Mercedes le preparó una tarta de frambuesa porque Antonio la había pedido, aunque ella quería una de chocolate con velas.

Al mejor hombre de la familia dice Mercedes sonriendo, el trozo más grande. Y a ti, una porción más chica. Las chicas deben cuidar la figura desde pequeñas.

Todo parece normal, pero a Antonio siempre le tocaba lo mejor: juguetes, viajes, regalos, sobre todo atención. Mercedes lo miraba con adoración y esperanza. Almudena, en cambio, se sentía como un accesorio más del hermano.

José, de vez en cuando, suspiraba y trataba de intervenir, pero suele quedarse al margen. Vicente, el padre, sigue la vieja idea de que la mujer se ocupa de los hijos y el hombre del trabajo.

Al crecer, Almudena pasa casi todo el verano en la finca de la madre. Antonio sale con sus amigos, y cuando Mercedes le pide ayuda, él siempre se escuda en una migraña. Almudena no tiene excusa: La niña debe ayudar en casa mientras Antonio se ocupa de sus cosas de hombre.

A veces José intenta meterse en la crianza, pero llega demasiado tarde.

Almudena, ¿quieres criar a un incapaz? susurra a su esposa. ¡Basta de consentirlo! Un hombre normal debe saber lavar sus calcetines, tender su cama y cocinar, al menos para sí mismo.
¿Y tú lo haces? replica Mercedes. Deja que el chico viva tranquilo mientras esté con nosotros. Aprenderá después.
¿Y después? No aprenderá nada con un chasquido de dedos.
Entonces será su esposa la que lo haga.
¿Y si ella no quiere cuidar a un hombre adulto como a un niño?
Entonces no nos sirve. Buscaremos a alguien normal.

No tardó en aparecer Alicia, la joven de ojos grandes y soñadores, que Antonio trajo a casa antes de que Almudena cumpliera dieciséis. Primero pasaba noches en su habitación, luego se quedó definitivamente.

Mercedes le cuenta a Almudena la nueva disposición:

Hija, no te enfades, pero los jóvenes necesitan su espacio. Tú vivirás en la habitación de Antonio y él se mudará a la tuya.

Almudena no acepta. Su habitación, su refugio, sus libros y carteles, desaparecen. La habitación de Antonio es amplia pero sin privacidad.

Mamá, pero esa es mi habitación. Ya estoy acostumbrada
Técnicamente no es tuya, es nuestra. La usas temporalmente. No dramatices. Hay cama, mesa ¿qué más necesitas?

Almudena se queda sin palabras unos segundos. Le parecen frases que le niegan cualquier pertenencia. Pronto se quedará sin espacio para estar sola.

No toques al niño interviene José. Que los jóvenes vivan como quieran o se vayan a buscar piso.
¿Quieres que tu hijo salga a la calle a dormir? exclama Mercedes. ¡Ni se te ocurra! ¿Qué pasa si le ocurre algo? ¡No lo perdonaré!

Mercedes describe los peores escenarios y José cede. Ese día Almudena traslada sus cosas a otra habitación.

Su vida se vuelve una constante de críticas: el hermano se burla de sus carteles, la madre husmea sus conversaciones en el portátil y la futura cuñada se apropia de su maquillaje sin preguntar. Los conflictos abundan y siempre es culpa de Almudena. Se siente un intruso en su propia familia.

Al final, huye a casa de su abuela, Carmen, ciega de un ojo y con paso inseguro. Mejor cuidar a la anciana y sentirse útil que ser un mueble sin voz.

Carmen, veterinaria jubilada, adoraba a los animales y siempre llevaba comida para ellos al pasear, pero no dejaba entrar a nadie en su casa.

No quiero que se encariñen conmigo dice. Yo tampoco quiero encariñarme. Ya no tengo recursos para comprarme medicinas, y los animales son una responsabilidad. Si los adoptas, al menos aliméntalos, trátalos y dales atención, o no los tomes.

Pasaron casi diez años juntas, y Almudena, mientras estudia y trabaja, decide seguir los pasos de su abuela y ser veterinaria.

Cuando Carmen fallece, la vivienda pasa a Almudena. Aunque debería alegrarse, la soledad la carcome. Tiene amigos, pero cada uno tiene su vida. Anhela a alguien al lado, alguien que la abrace.

En su casa quedan dos gatos: Misu, adoptado cuando era un gatito que no podía ponerse de pie, y Rufino, que llega un año después porque Misu se quedaba solo.

Los problemas de salud de los felinos son graves: a uno le fallan los riñones, al otro el estómago. Los alimentos veterinarios son caros, pero Almudena asume la responsabilidad. El cariño que le brindan los gatos parece insignificante comparado con el gasto.

Antonio no comparte esa visión.

Un día trae a casa una rata. Los niños la piden como mascota; el hámster no les convence y la rata parece la opción más barata. No piensan en el cuidado y el animal enferma. Mientras Almudena le explica que la jaula debe ser tres veces mayor, llega el repartidor con comida para gatos.

Son mil doscientos euros, anuncia.

Antonio levanta una ceja y, al cerrar la puerta del repartidor, comenta:

¿Dos mil? Es un tercio de mi sueldo. ¿Meterán oro ahí dentro?

Antonio nunca ahorra para su piso. Al nacer su primer hijo, se muda con la familia a una habitación en un edificio compartido, donde también nace su segundo hijo.

Son alimentos veterinarios dice Almudena con calma. Y con descuento.

Antonio sacude la cabeza y no vuelve a hablar del tema. En su lugar, Mercedes se vuelve la anfitriona de la fiesta de cumpleaños de Almudena.

Almudena se queda sola en silencio. Los parientes se han ido y, aunque le alegra un poco, no tenía muchas ganas de pasar el día con ellos. Ir contra la tradición es difícil.

Misu, el primer gato, percibe su ánimo, se acerca, le frota el hocico húmedo contra la mejilla y empieza a ronronear. Rufino llega enseguida, lamiendo sus dedos apretados. Sus ronroneos deshacen la tensión. No hablan, pero Almudena encuentra en ellos el apoyo incondicional que su familia nunca le dio.

Suena el teléfono. Es su padre.

Almudena, perdona que haya pasado esto dice cansado. Sabes, quizás tampoco entiendo todo lo de los gatos. No es lo mío. Pero meterse en tu bolsillo no es correcto. No son ellos los culpables.

Sus palabras son como una curita sobre una herida. No la juzga, ni defiende a Mercedes, pero quizás si participara más en la vida familiar, nada habría sucedido. Almudena le agradece de corazón.

Más tarde llama Celia, su mejor amiga.

¡Feliz cumpleaños! ¿Cómo lo has pasado? pregunta.
Almudena responde con un gracias, bien y un silencio pesado. Celia entiende al instante.

No te desanimes. Llega en una hora dice y cuelga.

Una hora después, la casa de Almudena se convierte en un caos: Misu y Rufino se esconden bajo la cama. Celia, su novio Julián y dos amigas llegan gritando ¡Feliz cumpleaños!, con cajas de pizza, botellas de vino y, lo mejor de todo, un enorme árbol de rascadores.

Para tus peludos, a que no se aburran anuncia Celia.

La reunión familiar parece un borrador, algo lejano y sin importancia. Lo que realmente importa es el momento presente: el ruido, la risa, los abrazos, los brindis tontos. Esa gente salva su cumpleaños. La aceptan tal como es, a diferencia de su sangre.

Los invitados se quedan hasta pasada la medianoche. Celia no se va con los demás; se queda a ayudar a limpiar.

¿Te sientes mejor? pregunta en voz baja.
Almudena esboza una sonrisa.

Sí, gracias. Sois los mejores.

Misu duerme en su colchón bajo la mesa, Rufino en una silla. En el salón reposa el nuevo rascador. Celia, que mañana tiene que ir a trabajar, lava los platos.

En ese instante Almudena se da cuenta de que la familia es importante y bonita, siempre que sea la adecuada. La suya no le ha dado suerte, y está bien. Porque, si la familia de sangre falla, siempre puedes construir una nueva con quienes ronronean al oído cuando lloras, con quienes irrumpen en tu casa a medianoche sabiendo que estás mal. Esa familia será más fuerte que cualquier vínculo de sangre, porque se sostiene no con deber ni culpa, sino con amor.

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