¡Me voy de vacaciones y no pienso cuidar de nadie! Mi suegra me dejó tirada, pero yo le pagué con la misma moneda.
Cada familia encierra misterios y sinsabores ocultos como pasillos en un laberinto. Unas discuten por herencias, otras por el vino y los affaires furtivos, y no faltan las que no comparten ni el gusto por las sardinas. La nuestra sería perfecta si no fuera por mi suegra, esa dama que nunca termina de encajar en mis sueños, moviéndose como una sombra inquieta entre las cortinas. Intenté durante años buscar la melodía común, un punto en el que encontrarnos en la plaza del pueblo, pero ella siempre huía entre susurros y cuchicheos.
Sé que los lazos entre madres e hijos pueden ser más duros que el granito de la Sierra de Guadarrama, pero un niño de mamá de 37 años es demasiado, incluso en sueños. Mi marido y su madre comparten secretos como si cambiaran cromos en el recreo, cuchicheando entre la niebla de la cocina mientras aroman el café. Me da la impresión, como en esas fábulas en las que las brujas rechazan a los recién nacidos, que mi suegra no siente simpatía por nuestro hijo, su único nieto.
Hace poco nos envolvió una situación surrealista, como esas que aparecen al doblar una calle en el casco antiguo de Toledo. Cada verano, nuestro hijo pasa casi toda la temporada en la casa rural de mis padres, entre el olor a romero y las siestas infinitas. Sin embargo, mi suegra nunca se ofreció a llevárselo ni una semana, ni dos.
Este año, por culpa de un virus con corona y espinas, mi madre que es médico en el hospital de Salamanca no pudo coger vacaciones. Mi padre, con la salud delicada, no está para faenas. Yo, atada a las oficinas del Paseo de la Castellana, tampoco podía escapar. Apostamos todo a mi suegra y con un mes de antelación hicimos el trato, sellado con una promesa y un vaso de horchata.
Pero, una semana antes de la fecha mágica, me llama con voz de campanilla y me dice:
Me han regalado un viaje, así que tendrás que buscar otra solución para el niño.
Casi se me cae el teléfono al suelo de barro cocido. Me quedé petrificada, sin saber si saltar o gritar en mitad del salón. No había otra salida. Mi suegra se iba de vacaciones maravillosas, y mi hijo se quedaba a la deriva en tierra de nadie. Tiempo después, bajo la sombra perfumada del azahar, descubrí que no le habían regalado nada: ella misma había comprado el viaje, pese a saber que nuestro hijo contaba con ella.
Como si nada, mi suegra le pidió a mi marido que durante su viaje cuidara del invernadero y regase el pequeño huerto de tomates y pimientos. Él, absorbido por el trabajo y los papeles, me pasó a mí la regadera y la responsabilidad como quien pasa una patata caliente. Pero yo, sintiéndome como una heroína de novela, respondí con hielo en la voz:
Me dejaste plantada y mentiste. No pienso hacerte ningún favor. Querías descansar, pues descansa. Que tus tomates y tus flores se achicharren bajo el sol. No es mi problema.
Mi suegra, entre enfados y reproches que se mezclaban con el zumbido de las abejas, siguió adelante con su viaje. Ahora, corro entre campos y páginas de internet buscando un campamento para mi hijo; tengo que buscarle un lugar entre los sueños de otros.
¿Hice bien? Mi conciencia, sumergida en la bruma cálida de este sueño extraño, sigue sin darme respuesta.







