¡Me voy de vacaciones, no pienso cuidar a nadie!. Mi suegra me dejó tirada, pero yo tampoco me quedé corta.
Todas las familias esconden sus pequeños misterios o desastres. En unas, se pelean por las herencias; en otras, todo se va en vino y líos amorosos; y en las más afortunadas, simplemente no encuentran nada en común. La mía podría ser perfecta… si no fuera por mi suegra, claro. Llevo años intentando entenderme con ella, pero ni con un diccionario Castellán-abuela lo hemos conseguido.
Se dice que la relación madre-hijo es inquebrantable, pero… ¡mamás boys de 37 años ya cansa un poco! Mi marido y su madre siempre están cuchicheando, intercambiando confidencias como si fueran dos espías de la Tía Pepa. A veces creo que ni siquiera le hace mucha gracia nuestro hijo, su único nieto.
El último drama familiar fue reciente. Todos los veranos, nuestro hijo pasa medio agosto en el chalet de mis padres en Valencia, pero este año mi suegra, Carmen, ni corto ni perezoso, se escaqueó de acoger al crío aunque sea unos días.
Por culpa de un rebrote inesperado, mi madre, que es médica, no pudo coger vacaciones en el hospital. Mi padre, con su espalda como el Viaducto de Segovia, tampoco está para andar detrás del niño. Yo no pillé ni un día libre en el trabajo… Así que sólo nos quedaba Carmen. Lo teníamos hablado con un mes de antelación.
Una semanita antes, me llama Carmen y me suelta con el desparpajo típico:
Me han regalado un viaje, así que apáñate tú con lo del niño.
Me quedé blanca como una sábana de lino de Burgos. ¡Ni un sorry, ni un lo siento ni nada! Encima más tarde me entero de que el viaje nadie se lo regaló: ¡ella misma se lo pagó tan tranquila! Y lo sabía de sobra: aquella semana debía encargarse del nieto.
Para rematar, antes de irse, va y le pide a mi marido, Francisco, que vigile su huerto y riegue sus tomates cherry de Almería. Como Francisco tiene más trabajo que un camarero en la Feria de Sevilla, la responsabilidad recayó oh, sorpresa en mí.
Pero yo, muy digna, le dije que no pensaba hacerlo:
Carmen, me has dejado tirada y encima con engaños. Esta vez, si quieres descanso, descansa de verdad; como las berenjenas que te van a salir secas. No es mi problema, ¿vale?
Por supuesto, mi suegra se indignó, pero ni por esas aplazó su viaje. Y ahora ando yo, como una posesa, buscando dónde enchufar al niño en algún campamento de verano.
¿Lo hice bien o me pasé de lista?







