16 de marzo de 2024
Hoy, mientras escribo en este cuaderno, me vienen a la cabeza tantas preguntas que a veces dudo si podré responderlas alguna vez con sinceridad. Mi suegra, doña Carmen, ha vuelto a interrogarme con ese aire de superioridad que siempre la ha distinguido en la familia. “¿Por qué has decidido divorciarte?” me espetó esta tarde, como si la decisión no fuera mía o como si tuviera que pedir permiso para respirar. Honestamente, nunca quise vivir bajo el mismo techo que los padres de Mateo. Fue él quien me convenció, insistiendo en que su madre no podía soportar la idea de perder a su niño, su niño de treinta y cuatro años. Me dio pena, supongo.
“Tenemos formas muy distintas de entender la vida”, es lo que respondí, suave pero firme, intentando evitar una herida más profunda. Ni somos los primeros ni seremos los últimos, pensé para tranquilizarme.
Pero si tuviera que ser franca, la causa de todo fue el control obsesivo de mi suegra. Carmen llamaba a Mateo cada día por videollamada para asegurarse de que yo hacía todo correctamente. Y eso solo era cuando no podía venir ella misma a la casa. Jamás olvidaré el brindis en la boda cuando nos felicitó: “Me alegra mucho que mi hijo, por fin, se case. Claro, podría haber elegido mejor. Pero bueno, es lo que hay. No te ofendas, nuera.” Quizá debí marcharme en ese instante.
Durante años, Carmen soñó con esa escena: verme marchar. No ahorró esfuerzos para lograrlo y Mateo nunca hizo nada por protegerme. Recuerdo la vergüenza el día que pasamos por la casa de mis suegros y ella no me dejó entrar solo podía hablar con su hijo. Me quedé en la calle, esperando más de una hora. Mateo, en silencio. Yo, invisible.
¿Por qué aguanté tanto? Todavía me lo pregunto. Ahora he tomado la decisión. Carmen no tarda en sacar su lado más mordaz: “No empieces con excusas de visiones distintas. Eso solo pasa en las películas. Venga, dime qué es lo que no te gusta de mi hijo. Asumo que no eres la persona que yo habría elegido para él, pero ahora que las cosas han salido así, no pienso dejarte marchar sin una explicación. ¿Qué te falta?”
Tuve que sonreír, casi divertida ante la situación. No requería de su permiso. Nunca lo hice, la verdad. Vine por Mateo, y el único motivo para divorciarme es ella, mi suegra. “Me voy”, le dije con calma. “No te lo permito”, respondió altiva. “Pues me da igual”, contesté. “Tú ya no eres nada para mí”, y di media vuelta. “Devuélveme la mitad del precio del anillo”, gritó desde la puerta. Me giré, incrédula: “¿Perdona? Quiero que me devuelvas la mitad de lo que costó el anillo que te compró mi hijo”.
No pude evitar reírme. “¿De verdad hablas del anillo? Porque es lo único que Mateo ha logrado comprar en su vida. Si lo quieres, quédatelo. No lo necesito para nada”.
Así fue como terminamos. No dejo de preguntarme cómo accedí casarme con un hombre como Mateo, habiendo visto de sobra el tipo de familia que le rodeaba. ¿En qué pensaba? Solo Dios lo sabe.
Hace unos días, mi compañera de trabajo, Almudena, me contó que se casa. “¿De verdad? ¿Con quién?”, le pregunté, sin querer parecer entrometida. Dudó y luego soltó: “Con Mateo”. Sentí un vuelco en el estómago. “No puede ser”, respondí, aunque ya lo sospechaba. “Sí, tu ex. Sabía cómo terminasteis, pero bueno, cada pareja es un mundo. Mateo es atento y su madre nos cuida mucho, a veces demasiado, pero tampoco me importa”.
Yo sí lo tuve claro. “A mí sí me importaba. Me alegro de haber terminado con él”. Almudena sonrió y me mostró su mano: “Mira el anillo que me regaló Mateo”. Pude adivinar lo que iba a ver antes de fijarme: el mismo anillo, el que en su día me regaló a mí. Ni siquiera se molestaron en comprar uno nuevo. Ahora lleva el mensaje grabado: “Juntos para siempre”. Ojalá pudiera borrar esas palabras.







