— Me va a tocar vivir con vosotros una temporada — anunció mi suegra. La respuesta de Natalia la dejó sin palabras

8 de noviembre

Hoy necesito poner por escrito todo lo que está pasando. Supongo que así pondré un poco de orden en mi cabeza y en mi corazón. La verdad, no sé cómo llegamos hasta aquí tan rápido.

Ayer por la tarde, cuando volví de la clase de yoga en el centro de Madrid, me encontré con Javier cocinando. Siempre sé que algo le preocupa cuando se pone a preparar la cena. Dejé el abrigo, me acerqué y le pregunté qué ocurría. Fue directo: He hablado con mi madre, Martina. Está en apuros.

El tono me puso en alerta. La relación con mi suegra, sinceramente, nunca ha sido cálida. Ella siempre me ha mirado como si yo no estuviera a la altura de su hijo. Pero intenté escuchar la historia completa.

Javier me contó que hace tres días su madre lo llamó, muy temprano, con voz apagada y asustada. Yo estaba en el trabajo y no escuché esa conversación, pero ahora la reconstruyo con sus palabras. Resulta que Martina, antes tan organizada y con su piso propio en Salamanca, ha perdido casi todos sus ahorros. ¿La razón? Se los prestó a Don Félix, el vecino de arriba, un jubilado simpático pero claramente embaucador. Yo ya le había dicho a Javier que su madre debía tener cuidado con ese hombre, pero nunca me hizo caso. Pues resulta que Don Félix desapareció, el pagaré no sirve de nada y, para colmo, Martina hipotecó su piso intentando ayudarle en un negocio que nunca existió. El banco le exige el pago inmediato de la deuda y ella no tiene nada.

Así, de la noche a la mañana, la mujer que nunca ha necesitado ayuda de nadie lo perdió casi todo. Y ahora quiere venir a vivir con nosotros.

Cuando Javier me lo soltó, solo atiné a sentarme y mirarle a los ojos. Le pregunté si no había otros caminos: alguna habitación de alquiler, quedarse unos meses con su hermana Belén, buscar apoyo en los servicios sociales para mayores, que aquí en España funcionan bien y asisten a quienes lo necesitan. Pero él solo repetía: Es mi madre, Elena. Como si eso fuera suficiente.

Le expliqué que tan solo hace cuatro años que estamos casados, que nunca hemos tenido paz con ella. En cada fiesta familiar aprovecha para recalcar que no sé cocinar empanada gallega como es debido o que una mujer de verdad tiene hijos enseguida. Incluso me mueve los utensilios de cocina al sitio correcto. Todo esto me ha ido cansando y, sinceramente, no quiero sentirme invadida más en mi propia casa.

Javier intentó convencerme, me pidió que fuera flexible, pero esta vez le dije que no. Y no es por el piso, que de hecho está a mi nombre desde que me lo dejó mi abuela; es por preservar nuestro espacio y nuestra tranquilidad. No quiero transformar mi vida en un constante enfrentamiento.

No sé si fui dura, pero le dije: Tu madre es adulta, Javier; debe asumir las consecuencias de sus decisiones. Tiene la oportunidad de vender el piso y con esos euros pagar la deuda, luego puede buscarse un lugar más pequeño o pedir ayuda. No somos su única alternativa.

Javier no protestó más. Supongo que en el fondo sabía que tenía razón. Hoy por la mañana llamó a su madre y le ofreció ayudarle económicamente: adelantarle un par de meses de alquiler, buscarle un piso compartido por la zona del Retiro. Ella estalló: No necesito limosnas de mi propio hijo. Me has fallado. Te lo he dado todo, y así me lo pagas.

La llamada acabó fría, cortante. Él se sintió fatal y vino a contármelo, como buscando consuelo. Solo pude decirle: Es la típica manipulación emocional, Javier. Con el tiempo lo entenderá. Ni siquiera mi madre lo comprendió cuando enviudó y quiso hacer lo mismo, pero después recapacitó y ahora valora tener su vida propia.

Hojeando el día, hemos recibido otra noticia: Belén nos llamó preocupada porque Martina ha sido ingresada en el hospital con un infarto. Para los médicos se trata de un episodio provocado por el estrés de la venta del piso y la discusión con Javier. Decía que solo preguntaba por su hijo, y se lamentaba: Ojalá se arrepienta cuando yo no esté.

Sé que esto le pesa mucho ahora. Le he sugerido ir juntos a visitarla. Quiero mostrarle que la apoyamos, que no está sola, pero también dejarle claro que vivir juntos no es la solución.

Esta tarde hemos ido al hospital. Martina estaba pálida, muy pequeña en la cama. Nos ignoró al principio, fingiendo dormir. Javier se acercó, le habló bajo y con cariño. Yo intervine: Martina, sabemos que está pasando mal momento. Queremos ayudarle, pero no podemos ofrecerle lo que pide. Le buscaremos un piso cerca; iremos a visitarla cada semana, la invitaremos a las comidas y celebraciones. Pero nuestro hogar necesita ser nuestro, y usted merece tener el suyo.

Por primera vez no hubo reproches. Nos escuchó y preguntó tímidamente si era verdad que la ayudaríamos con un buen piso y que la iríamos a ver de verdad. Le dije que sí, que estábamos comprometidos. Le prometí que no estaría sola.

Un mes más tarde, encontramos para ella un pequeño apartamento luminoso junto al Parque de la Quinta de los Molinos. Le ayudamos a mudarse y acondicionarlo, la presentamos a sus nuevos vecinos; incluso se apuntó a la asociación de mayores y ahora tiene una amiga del parchís llamada Margarita.

Desde entonces viene a casa cada domingo. Cuando nació nuestra hija, Lucía, Martina se convirtió en una abuela maravillosa, implicada y tierna.

A veces, Martina me mira mientras sostiene a Lucía y me comenta: Qué suerte que no viniera a vivir con vosotros, hija. Ahora tengo mi independencia, mis amigas, mil cosas que hacer. No me habría adaptado nunca a vuestra rutina.

Sonrío y siento que hicimos lo correcto. Javier también lo sabe: a veces, decir no es el mayor acto de amor.

¿Y tú? ¿Alguna vez has tenido que poner límites a tus familiares a pesar del vínculo? ¿Cómo lo gestionaste?

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— Me va a tocar vivir con vosotros una temporada — anunció mi suegra. La respuesta de Natalia la dejó sin palabras