Me negué a cuidar de la madre enferma de mi marido y le obligué a elegir: o encontramos una solución profesional juntos, o me marcho

Era finales de otoño en Madrid. La lluvia golpea los cristales sin descanso durante días, y ese tintineo incesante parece mezclarse para siempre con la historia que estoy presenciando ahora. Todo gira en torno a mis vecinos, en especial a ella: Inés. Una mujer de poco más de cincuenta años, empleada en un supermercado 24 horas, trabajando cuando toda la ciudad duerme. Su marido, Fernando, es ingeniero en una fábrica; en el fondo, buen hombre, aunque acomodado a la vida previsible y rutinaria que nunca se cuestiona. Todo marcha más o menos bien, hasta que llega el infortunio de su madre, la señora Carmen.

La madre de Fernando, Carmen, ya de ochenta y cinco años, reside sola en un pequeño pueblo de Castilla la Mancha. Sufre un ictus, leve pero suficiente para hacer evidente que ya no puede valerse sola. Fernando apenas duda y decide llevársela a casa. Su hermana, Pilar, que vive también en Madrid, suspira con alivio: Gracias, Fer, por encargarte. Mi piso es tan pequeño y Juan, bueno, no lo entendería.

Así es como Carmen llega a ese piso de barrio tranquilo. Desde ese momento, la vida de Inés deja de parecerse a lo que era.

Todo recae en sus hombros. Durante el día, después de salir de la tienda por la noche, en vez de descansar, debe cuidar de Carmen: darle de comer, asearla, cambiarle los pañales, sacarla en silla de ruedas a tomar el aire fresco de noviembre. Fernando, al volver del trabajo, apenas asoma la cabeza: ¿Cómo está mamá?. Y se va al salón, a ver el telediario.

Yo la veo regresar a primera hora, arrastrando los pies, la cara pálida y ojeras profundas. Una vez le ayudo a subir unas bolsas llenas de víveres y paquetes de compresas para mayores.

Gracias, Andrés, me murmura, con la voz apagada, casi ausente.

Inés, deberías dejarte ayudar tú también. Hay que pensar un poco en uno mismo.

Ella sonríe con amargura, apenas un gesto.

¿Y quién lo va a hacer? Todos bastante tienen con sus cosas. Fernando llega agotado. Pilar sólo aparece por Navidad, echa la bronca y se va.

Inés intenta hablar con Fernando, tranquila, poniendo orden:

Fer, yo ya no puedo más. Estoy al límite. ¿Por qué no contratamos una cuidadora, aunque sea unas horas al día? O, mira, pensemos en una buena residencia; hay sitios estupendos donde la van a cuidar como merece.

La respuesta llega de inmediato y como un mazazo. Fernando la mira como si hubiera sugerido abandonar a su madre en medio de la calle:

¿Pero tú eres consciente de lo que dices? ¿Llevar a mi madre a una residencia? ¡Eso jamás! ¡Ni siquiera lo pronuncies! ¡Es nuestra madre!

En su voz vibra menos el cariño que el miedo a los comentarios ajenos, sobre todo de su hermana.

Al enterarse de la conversación, Pilar se presenta esa misma tarde. No para ayudar, sino para sentar cátedra:

Inés, ¿no te da vergüenza rehusar cuidar a mamá? ¿Consideras mejor encerrarla en una residencia? Toda la familia te lo reprocharía. ¡Vaya egoísmo!

Inés escucha sin replicar, la mirada perdida en la mesa. ¿Qué va a discutir con alguien que sólo aparece una vez al mes para besarle la frente a su madre y decir, con superioridad, madre, qué desgraciada eres?

Y así pasa el tiempo. Turnos de noche, días enteros en los que cuidar de Carmen requiere todas sus fuerzas, física y mentalmente. Fernando parece no ver el agotamiento de su mujer. Sólo repara en que su madre esté limpia y alimentada. Está convencido de que así debe ser, como dicta la tradición.

Hasta que ocurre lo inevitable. Intentando levantar sola a Carmen de la cama a la silla, Inés siente una punzada terrible en la espalda, una corriente cálida y aguda. No cae, pero acaba en el suelo, junto a la cama. Carmen la mira sin comprender nada.

Fernando llega del trabajo y se desubica completamente. No sabe cómo cambiarle el pañal a su madre, ni cocinarle nada, ni ponerle sus medicinas. De pronto, todo se le desmorona y se siente perdido.

El médico del ambulatorio, tras examinar a Inés, es tajante: lumbago lumbar, reposo absoluto al menos dos semanas, nada de esfuerzos.

Pero tengo a mi suegra enferma en casa susurra Inés.

Si no descansa ahora, le responde el médico con frialdad, la próxima será en quirófano. Y después vendrá la silla de ruedas para usted.

El caos reina en casa. Fernando, con el rostro desencajado, no consigue hacerse cargo de la situación. Llama a Pilar:

Pili, esto es un desastre. Inés no puede moverse. Llevaos a mamá unos días, por favor.

El silencio de la otra línea es elocuente.

Fer, ya sabes que tengo un piso minúsculo, Juan se pondría malo. Y yo no tengo ni idea de cómo se atiende a una persona encamada. Aguanta un poco, lo haréis bien.

Fernando cuelga y, derrotado, se queda inmóvil en la cocina, la cabeza entre las manos. Por primera vez se enfrenta al problema real: su mujer rota de dolor y su madre completamente dependiente.

Inés está postrada en la cama, el dolor la atenaza, pero la mente, al fin, clara. Escucha los pasos nerviosos de Fernando y los lamentos de Carmen. Cuando él entra en la habitación, demacrado y con un tazón de caldo en las manos, ella lo mira serena, sin rencor, sólo con determinación.

Fernando le dice muy suave, pero con voz firme. No pienso volver a cuidar a tu madre. Ni mañana, ni en dos semanas. No voy a hacerlo más, nunca.

Él intenta contestar, pero ella alza la mano.

Calla y escúchame. Quedan dos opciones. Primera: juntos, buscamos y contratamos un buen servicio, una cuidadora fija o una residencia digna. Lo analizamos, lo escogemos y lo visitamos. Juntos.

¿Y la segunda? balbucea Fernando.

La segunda: pido el divorcio y me voy. Te quedas aquí, solo; con tu madre y tu hermana tan solícita. Tú eliges.

Cierra los ojos y no dice nada más.

Fernando sale de la habitación. Pasa la noche en la cocina, a oscuras. Recuerda el rostro agotado de Inés, la desesperación callada, las evasivas de Pilar, y su propio temor a enfrentar la realidad. Camina arriba y abajo por ese piso que ha pasado de ser su refugio a una pequeña jungla de angustia. Sabe que no se trata de elegir entre madre y esposa, sino de dejar de fingir y proteger a los tres.

Al amanecer, entra de nuevo en la habitación.

Vamos a buscar residencia, anuncia, sin florituras. Una buena. Y mientras, contratamos a una cuidadora. Ya he pedido vacaciones en el trabajo y empezaré hoy mismo a buscar. Llamaré y visitaré todas las que hagan falta.

Inés asiente, en silencio.

Ahora Carmen vive en una residencia privada a las afueras de la ciudad. Una habitación limpia, asistencia permanente, médicos alrededor. Fernando e Inés van a verla todos los domingos, llevan dulces caseros, charlan un rato con ella. Ven que está tranquila. Pero, sobre todo, vuelven a reconocerse el uno al otro como marido y mujer, no como carcelero y prisionera.

Un día, al cruzarme con Inés en el portal, le pregunto:

¿Y ahora, Inés, todo va mejor?

Ella sonríe, una sonrisa liviana y sincera, que hacía mucho no asomaba a su rostro.

Va mejor, Andrés. He aprendido, por fin, que lo más compasivo a veces no es sacrificarse hasta el final, sino buscar una solución justa para todos y defenderla sin miedo.

En esas palabras está la clave de toda la historia. Defender el derecho a tu propia vida no es egoísmo. Es la base que da sentido a cualquier entrega, para que no acabe destruyéndonos a todos.

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MagistrUm
Me negué a cuidar de la madre enferma de mi marido y le obligué a elegir: o encontramos una solución profesional juntos, o me marcho