Me mudé con él para empezar de cero, creyendo que juntos construiríamos un hogar, y al final acabé durmiendo en el sofá de “mi propia casa”. Cuando acepté vivir con él, lo hice confiando en que forjaríamos un futuro compartido. Dejé atrás mi barrio, mi rutina, mis cosas. Solo llevé algo de ropa, mis sueños y la ilusión de crear un hogar como pareja. Él vivía en un pequeño estudio en Madrid, pero me aseguró que sería algo temporal, que en cuanto pudiésemos buscaríamos un piso más grande. Le creí.
Los primeros meses fueron bonitos. Dormíamos juntos, cocinábamos, veíamos series antes de dormir. Era un sitio pequeño, sí, pero era nuestro refugio. Hasta que un día llegó a casa contándome que su madre tenía problemas económicos y que su hermana se había quedado sin sitio donde vivir. Me dijo que sería “solo unos días”, “hasta que se arreglen las cosas”. No quise parecer egoísta y acepté.
El problema fue que esos “pocos días” acabaron convirtiéndose en semanas. La habitación pasó a ser para su madre y su hermana, porque “ella es mayor y necesita una cama”. Su hermana se adueñó del armario y el baño como si aquel fuera su piso. Y yo terminé en el sofá cama del salón. Al principio quise pensar que sería temporal, que pronto encontrarían una solución. Pero nadie hablaba de marcharse. Cada noche preparaba el sofá con mantas y por la mañana lo recogía para que el salón “pareciese normal”.
A partir de ahí, empezaron los problemas. No tenía un rincón mío, no tenía espacio para mis cosas, ni un sitio para descansar. Llegaba cansado del trabajo y no podía tumbarme tranquilo en mi propia casa. Además, su madre opinaba de todo: cómo cocinaba, cómo me vestía, a qué hora llegaba. Su hermana no trabajaba, se levantaba tardísimo, dejaba los platos sucios Y yo, cada vez más, me sentía un extraño.
Lo que más me dolió fue, sobre todo, que él no hiciera nada. Nunca dijo: “Mi pareja también tiene derecho a su espacio”. Jamás puso límites. Al revés, me pedía paciencia, que comprendiera la situación, que no fuera dramático. Una noche, agotado tras dormir mal durante tanto tiempo, le dije que necesitábamos encontrar otra solución, que no podía seguir durmiendo en el sofá como si fuera un invitado. Me contestó: “Es mi madre, es mi familia”. Y en ese momento me di cuenta de que yo no formaba parte de esa familia.
Hablé con mi madre y regresé a la casa en la que crecí. A veces él me llama, dice que podemos seguir juntos, pero cada uno en su casa. Y yo ya no sé qué pensar.






