Me moría de vergüenza por la grasa bajo las uñas de mi pareja durante un lujoso brunch dominical… ha…

Me sentía avergonzado por la grasa de motor negra que se había metido bajo las uñas de mi amigo durante aquel carísimo brunch dominical… hasta que me di cuenta de que el hombre trajeado impecablemente frente a nosotros ni siquiera podía pagarse su propia tostada de aguacate.

El sitio era de esos cafés modernos en Madrid, tan en boga ahora, donde ni ponen el símbolo del euro en la carta y hay más plantas colgando de las paredes que sillas para sentarse; parecía que el local respiraba. Era domingo. Ese día en el que todos fingimos que la vida es sencilla.

Llevaba más de dos horas preparándome. Maquillaje, pelo, un vestido que no encajaba ni con mi figura, ni con mi cuenta corriente. Todo, por no sentirme fuera de lugar. Más aún, delante de Lucía y su flamante prometido.

Rubén era el prototipo exacto del hombre que Instagram vende como exitoso: traje planchado, sonrisa segura, colonia cara y penetrante. Decía trabajar en finanzas y tecnología, tal y como si eso lo resumiera todo. Hablaba fuerte, se apropiaba del espacio aún antes de que llegara el café.

Y luego llegó Jorge.

Jorge apareció veinte minutos tarde, directo de una avería. En vez de colonia, olía a engrase, a hierro frío, a jornada larga. Aún llevaba sus botas de trabajo. La chaqueta reflectante colgaba de su hombro como una extensión de sí mismo. El bajo de los vaqueros, manchado. Al sentarse a mi lado, vi bajo sus uñas el aceite persistente, esa suciedad que no se va con lavarse deprisa.

Cuando arrastró la silla, el ruido cortó la música ambiente como una bofetada.

Vi la mirada de Lucía. Se posó en las botas de Jorge, subió al traje de Rubén y acabó en mí con una sonrisa que me pareció a la vez de compasión y de desprecio.

Me encogí.

No podías haberte lavado al menos las manos?, le susurré.

Jorge me miró, cansado, pero sin ofenderse. Su cansancio era físico, no de falta de sueño.

Perdóname, cariño, murmuró. Se ha roto una línea en Gran Vía. Hubo que aguantar hasta que llegara otro equipo. Apenas me dio tiempo a enjuagarme la cara.

Pidió solo café y dos raciones de jamón. Ni cócteles, ni tostadas. Solo lo necesario para seguir en pie.

La siguiente hora fue de Rubén, dueño absoluto del escenario.

Soltaba grandes máximas sobre la libertad, los ingresos pasivos y aquellos que siguen vendiendo su tiempo por dinero, porque no entienden el sistema. Se reía de los que trabajaban mucho, como si el esfuerzo fuera sinónimo de fracaso.

Al final se giró hacia Jorge con una condescendencia disfrazada de buenas intenciones.

Mira, Jorge, puedo echarte una mano. Sacarte de los cables y los alicates. Alguien como tú no debe destrozarse la espalda a los treinta. Hay que trabajar con la cabeza, no con las manos.

Contuve la respiración.

Jorge sorbió su café.

Me gusta mi trabajo, respondió sereno. La ciudad necesita electricidad. Y cuando se va, nadie la devuelve con discursos. Alguien tiene que ir y arreglarlo.

Rubén sonrió con un aire paternalista.

Sí, trabajo honrado. Pero, ¿no quieres más? ¿Viajar, comprar sin mirar el precio, vivir de verdad?

La pregunta me sacudió también a mí.

Porque yo también quería más. Domingos limpios. Manos impolutas. Una vida que oliera a descanso, no a cansancio. Me sentí mal por pensarlo, pero lo pensé. ¿Por qué mi vida pesaba, mientras la de Lucía flotaba ligera?

Llegó la cuenta.

Una cifra insultante. De las que te devuelven de golpe a la realidad.

Invito yo, anunció Rubén, cogiendo la carpeta como si le entregaran un trofeo. Dejó su VISA en la mesa esperando aplausos. ¡Para celebrar!

Esperamos.

La camarera volvió visiblemente incómoda.

Lo siento, señor… la tarjeta ha sido rechazada.

Silencio.

Rubén se rió forzadamente.

No puede ser, vuelva a intentarlo.

Lo intentaron de nuevo.

De verdad, lo siento… fondos insuficientes.

Su rostro cambió de rojo a pálido. Empezó a teclear frenético en el móvil, balbuceando sobre errores y transferencias. Vi su pantalla: no era un error, solo un mensaje seco: límite casi agotado. Pago atrasado.

Bueno, no llevo efectivo, musitó. ¿Alguien puede adelantarlo? Os devuelvo luego, de verdad.

Lucía bajó la mirada hacia la mesa.

Miré dentro de mi bolso. Sabía que no llegaba.

Jorge no sonrió. No hizo leña, ni dio lecciones. Echó mano a su bolsillo manchado, sacó unos cuantos billetes doblados. Dinero real, ganado a base de horas.

Los contó despacio, los dejó en la mesa y se los pasó a la camarera.

Quédate el cambio, dijo quedamente.

Al levantarse, le crujió la espalda. Su cuerpo recordaba la jornada. Apoyó la mano en el hombro de Rubén, pero no para hundirlo, sino para sostenerlo.

Tranquilo, le dijo. Todos tenemos meses malos.

Salimos.

En el parking, Rubén y Lucía fueron hacia su flamante coche eléctrico, reluciente, silencioso, perfecto. Tiró de la manilla. Nada. Otra vez.

Cerrado.

Miró el móvil. La cara se le descompuso.

Está bloqueado por el recibo atrasado

Jorge me acompañó hasta su vieja furgoneta. Abollada en el parachoques. Barro en las ruedas. Dentro: herramientas, casco, planos, facturas. Nada para lucirse. Sólo para trabajar.

Giró la llave. El motor rugió a la primera, sin aspavientos. Era suyo.

Miré sus manos en el volante. El aceite bajo las uñas. Esa quemadura reciente en el pulgar. Y de pronto, ya no me parecieron sucias.

Eran auténticas.

¿Estás bien? preguntó Jorge. Sé que he venido así… me ducho en cuanto lleguemos.

Le cogí la mano. Era áspera. Caliente. Cierta.

No pidas perdón, le dije. Creo que eres lo único verdadero que tiene esta ciudad.

Nos han enseñado a idolatrar la apariencia del éxito y a despreciar el trabajo que sostiene todo lo demás. A creer que el traje significa estabilidad, y la ropa de trabajo problemas.

Pero aquel domingo comprendí algo sencillo:

El valor no se ve en la mesa.

Se ve cuando llega la cuenta.

Cuando cae la careta.

Cuando alguien mantiene la calma, paga, y se marcha sin empequeñecer a los demás.

Y si tienes a alguien que vuelve a casa rendido, con manos que sostienen el mundo,

ahí no falta brillo.

Eso es prueba de que algo sigue funcionando

por él.

¿Para ti qué es el verdadero éxito? ¿El escaparate o el trabajo honrado?

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