Me lo pensé mejor antes de casarme
Arcadio solía quedarse hasta tarde en el laboratorio, dedicando horas a trasvasar líquidos entre tubos de ensayo e investigando polvos misteriosos. Tenía fe en que su trabajo meticuloso pronto daría frutos y que por fin podría presentar a la sociedad su preciado producto, un extracto obtenido de las raíces de una rara planta.
El entusiasmo con el que este científico de cuarenta años se sumergía en el trabajo no le permitía percatarse de las miradas furtivas de Carmen, la joven limpiadora recién incorporada al instituto.
Obsesionado con la inminente culminación de su experimento, Arcadio no notaba cómo Carmen, olvidando sus tareas, se pasaba las horas en su despacho, apoyada en la escoba y observándole con devoción.
Finalmente, una tarde, la muchacha reunió valor y se atrevió a hablarle:
Don Arcadio, ¿no cree que lleva ya mucho rato sentado en el mismo sitio?
¿Le apetece un té? Mira, casualmente he traído mi hervidor. Y también chorizo casero de mi pueblo.
Al oír hablar del chorizo, el científico levantó la cabeza y se puso en pie.
Un té suena bien. ¿Ha dicho chorizo? Sería un pecado rechazar semejante convite.
La limpiadora, entusiasmada, revolvió con manos temblorosas su mochila y sacó primero el hervidor, y después un tupper con su manjar.
Verá, ayer mi madre vino del pueblo y me trajo carne picada de casa; hice chorizos con manteca y los horneé.
La joven colocó el tupper sobre la mesa, radiante de orgullo.
A ver, a ver murmuró Arcadio, poniéndose las gafas con gesto profesional.
Mientras el agua hervía, el hombre examinó detenidamente el tupper: era un envase de plástico transparente.
Disculpe, ¿desde cuándo lleva ese tupper con comida en su mochila?
Carmen titubeó, confundida, encogiéndose de hombros:
Pues… desde la mañana, creo. ¿Por qué lo pregunta?
¿Y la tapa estaba tan cerrada como ahora?
Eh… sí respondió asustada. ¿Cree que se habrá echado a perder? No debería. Además en el vestuario hay fresquito, ni siquiera encendieron la calefacción.
Arcadio combatía su escepticismo:
Entiendo. Bueno, pues tomemos… té. Solo té. Y esto, mejor que se lo lleve de vuelta a casa.
Carmen, que había pasado la tarde anterior preparando sus chorizos, le retiró el tupper indignada.
Arcadio notó su intención por el ceño fruncido de la joven.
¡No lo abra! gritó, agitando los brazos y retirándose con el pañuelo en la nariz.
Carmen abrió el tupper, olfateó y dijo:
Huele bien, oiga. ¡Ay, estos de ciudad y sus remilgos! Si no quieres probar, no pruebes; me los como yo.
Chocando el tupper ruidosamente en la mesa, empezó a servir el té en las tazas.
Arcadio se fue acercando poco a poco al aroma del chorizo.
El té calentito lo reconfortó, suavizando su ánimo. Observó de reojo a la muchacha, que masticaba encantada.
¿Ternera? preguntó.
Uh-hum asintió Carmen sin dejar de comer.
Tiene muy buena pinta. Y huele estupendamente.
El estómago de Arcadio rugía, imposible engañarlo.
Suspirando, comentó:
Según la normativa, la temperatura del vestuario no puede superar los veintidós grados, así que, en teoría, los microorganismos
Carmen le miró extrañada.
¿El qué? le cortó.
Arcadio vio una gota de grasa recorrer su barbilla, y otra relucía en la nariz.
Sus pensamientos eran caóticos:
¡Se ve apetitoso! Y qué aroma… Ay, no debería haberle dicho nada.
Arcadio, contrólate. Sabes los riesgos de la comida mal almacenada. Y esta chica no parece la más brillante… Dudo que haya considerado la importancia de la conservación.
Así se convencía de no probar bocado, bebiendo solo té, mientras su estómago le contradecía.
Y entonces sucedió lo inimaginable: un cortocircuito mental. Su mano, por cuenta propia, alcanzó el chorizo. La piel crujió entre sus dientes.
Mmm… Sublime. ¿Quién lo ha hecho?
Ya te lo dije: yo se puso colorada Carmen.
Arcadio comió y comió, extasiado.
No tengo palabras.
Carmen sonrió feliz, secándose la boca y los ojos.
¡Por fin reconoces lo bueno! Decías que estaría malo… Pero si yo sé lo que hago, cocino desde niña.
***
En agradecimiento por la cena, Arcadio insistió en acompañar a Carmen a la parada del bus.
Charlaron. Descubrió que Carmen tenía solo veintitrés años.
Jovencísima.
Podría ser su hija. Estuvieron esperando diez minutos, sin suerte.
Si quiere, mañana le traigo galletas caseras dijo ella, avergonzada. Yo misma las horneo, nada de tiendas. ¿Le gustan más de zanahoria o de requesón?
Me gustan todas.
Pues le traigo de las dos.
Sorprendentemente, Arcadio aguardó con ilusión el día siguiente.
Casi olvidó sus cálculos y fórmulas. Y hasta soñó algo embarazoso: en su sueño, Carmen se desabrochaba la blusa, mostrándole el hombro.
Despertó con las mejillas en llamas.
Increíble. Cuarenta años sin fijarme en mujeres, y ahora esto, como si estuviera embrujado.
Parte 2
Ante la inminente visita a la familia de la novia, Arcadio estaba nervioso. Mientras el taxi avanzaba por los baches, se quitó la boina y se peinó cuidadosamente, intentando con sus finos cabellos cubrir la incipiente calvicie.
El día anterior, Carmen, con Arcadio apoyado en sus rodillas, le sacó todas las canas con unas pinzas, con mimo.
Arcadio se afeitó con esmero, se puso su mejor traje, corbata y unas gotas de colonia.
Carmen se acurrucó a su mejilla, como una gata mimosa.
Tú les vas a gustar le animó ella. Mi madre es comprensiva. Y el padrastro, ni te cuento, buenazo, siempre dice que sí a todo.
¿Cuántos años tiene tu madre?
Cuarenta y cinco.
Vaya, si yo tengo cuarenta. ¿Tú crees que me dará su bendición?
¡Qué tontería! Y si no, le digo que estoy embarazada.
No empecemos la vida juntos así… se asustó Arcadio.
Llegaron, por fin. Arcadio apenas bajó y el viento casi le arranca la boina, que defendió como pudo.
Era invierno. Nunca en Madrid había visto semejantes montones de nieve como en Segovia.
Mientras Arcadio se orientaba, Carmen ya había pagado al conductor y, recogiendo las bolsas, se dirigió a la casa, llevándose también las de él.
Casas así Arcadio solo las había visto en ilustraciones: vieja, con tejado inclinado cubierto de uralita, una chimenea rematada por una cazuela vieja.
El chirrido de la puerta tapizada de mantas, el suelo de tablas con alfombras artesanales y las paredes irregulares e inmaculadas le parecieron sacados de otra época.
Dios mío, ¿qué casucha es esta y cómo pueden vivir aquí? se horrorizó.
Aún no creía que Carmen le llevase a un lugar tan humilde. Seguro que era un refugio de cazadores, pensó, no una casa real.
Imposible vivir allí; con cualquier ventisca se llevaría la cubierta.
Pero Carmen le pidió que se descalzara y le empujó hacia la única habitación, y Arcadio comprendió que hablaba en serio.
En medio de la sala, una mujer en albornoz de franela.
Buenas tardes, mamá. Este es Arcadio, mi prometido. Te lo conté por teléfono.
La mujer irradiaba frialdad.
Buenas murmuró ella, escrutándolo de arriba abajo.
Su tono no auguraba nada bueno.
¿Estás de broma, hija? ¿Cuántos años tienes tú? ¿Y él?
Arcadio se puso nervioso.
Permítame presentarme. Soy Arcadio, trabajo en el laboratorio con su hija Carmen
¡¿Cuántos años tiene usted?! bramó la mujer.
Cuarenta.
¡Y mi niña tiene veintitrés! ¡Podría ser su padre!
Escuche, sí, soy mayor, pero quiero a Carmen. Tengo trabajo, piso en Madrid, casa en la sierra
¡Pero no tienes coche!
Bueno, tengo problemas de visión, por eso no conduzco. Pero puedo enseñarle a Carmen cuando quiera. Y si hace falta, compramos uno
¡Qué disparate! gritó la madre. ¡Solo quieres sirvienta y encima jovencita! ¿Te crees que estamos en la época de los mayorazgos?
No diga eso, le estoy hablando en serio. Quiero casarme por la iglesia, tener hijos… Le doy mi palabra de que seré honesto con su hija.
Detrás de la chimenea apareció un hombre sonriente, de unos treinta años.
Buenas noches, encantado, ya me habían hablado de usted dijo con elegancia.
Padrastro de Carmen. Era esbelto y atractivo, con el rostro casi femenino, labios gruesos y ojos brillantes. Rizos negros en la cabeza y camisa entreabierta. Arcadio pensó que era un hombre apuesto, incluso demasiado joven.
Andrés, no le bailotees; no pienso dar a mi hija a este vejestorio.
¡Mamá! protestó Carmen. ¿Cómo puede tratar así a tus invitados? Me marcho con él.
¡De aquí no sales!
Se armó un dramón. Arcadio, horrorizado, soltó tímidamente la mano de Carmen y trató de irse.
Carmen, perdóname. Si tu madre no quiere, será mejor que lo dejemos. No quiero causar más problemas.
¿Y ella puede atormentarme? gritó Carmen. ¿Puede traer a casa a un novio que tiene mi edad, echarme para que no le moleste sus cosas?
¡No le faltes al respeto! gritó Andrés.
¡Cállate! aún más fuerte, gritó la madre.
Empezó la gresca familiar. Arcadio se escabulló rumbo a la puerta. Una banqueta voló a su lado.
¡Virgen del Perpetuo Socorro! musitaba, escapando de tan hostil morada.
Salió corriendo al porche, luego a la calle, recorrió medio pueblo buscando cualquier taxi o estación.
La ansiedad le oprimía el pecho, seguro que la tensión se le disparó.
Menuda idea lo de casarme, refunfuñaba de camino. Podría estar ahora en mi cálido laboratorio, trabajando tranquilo. No tendría que estar metido en este lío.
Sacó el móvil, pero no había cobertura.
Cansado, regresó a la casa, que reconoció por la cazuela de la chimenea.
Se sorprendió al descubrir que todo estaba en silencio.
La puerta se abrió y Carmen apareció con las bolsas.
¿Arcadito? ¿Estás aquí? Ay, temía que te hubieras ido.
Solo salí a respirar. Aquí dentro me ahogo mintió él.
Si mi madre no me bendice, me marcho con contigo dijo Carmen.
Arcadio calló. Sus zapatos, inútiles para la nieve segoviana, no le protegían los pies, que ya eran puro hielo. Empezó a zapatear sin ritmo, peleando con el frío. Apenas sentía ya los dedos de los pies. El amor parecía lo de menos en ese momento.
Empezó a preguntarse si de verdad quería estar con Carmen.
¿Y con una familia tan peculiar?
***
La madre salió al porche, con abrigo de piel y botas de lana, altiva como una marquesa castellana.
Si no me respetas, hija, pues hala, allá tú. Ahora él es tu responsabilidad.
Carmen asintió:
Prefiero estar con él que contigo. Arcadio es un buen hombre. Llama tú misma a un taxi.
¿Y qué más? Desde ahora apáñatelas tú. Ya te he desheredado.
Carmen empujó a Arcadio:
Cariño, haz algo.
Arcadio, medio congelado y agobiado, reunió fuerzas:
No hay cobertura, Carmen. Ve a los vecinos, a ver si pueden llamar un taxi.
Por primera vez en la vida, Arcadio se sentía tan perdido y asustado. Las piernas le fallaron, se desplomó en la nieve.
¡¿Qué te pasa?! gritó Carmen en plena calle, aumentando el bochorno. Arcadio apenas murmuró:
Me ha dado un mareo. No pensaba acabar mis días aquí. Quiero volver a casa.
¡Nooo! gimió Carmen. Arcadio sintió que el infierno se abría ante él.
***
La mente de Arcadio estaba nublada, pero cuando una enfermera del pueblo le pinchó una inyección, empezó a recuperar la consciencia.
Nada había cambiado: el techo torcido, las paredes blanqueadas. Temblando, trató de sentarse y quitarse la manta.
Ni se le ocurra le cortó la sanitaria. Debe quedarse acostado al menos media hora.
¿Qué me pasa? gimió Arcadio.
Una crisis hipertensiva. No puede alterarse así.
Nunca me había puesto así… hasta hoy…
Se le apareció la cara de su futura suegra:
¡Encima enfermizo! bufaba la mujer.
Mamá, apártate intervino Carmen.
Ella le trajo té caliente y le dio de beber a cucharaditas.
La enfermera recogía para irse. Arcadio la suplicó:
¿Puede llevarme usted?
¿Adónde?
¿No ha venido en una ambulancia?
No, vivo en este pueblo.
Carmen apartó el té y le miró a los ojos:
¿Te quieres ir? Ya no hace falta, mi madre ha recapacitado. Nos perdona.
Arcadio, que ya había desistido de casarse, no osaba mirar a Carmen.
Eso lo habéis arreglado vosotras, pero yo tengo muy claro lo que pienso. Si salgo vivo, escapó. Y ni loco me meto con otra mujer jamás.
***
Arcadio terminó su trabajo y, levantándose, preguntó a la técnica de laboratorio:
Bien, he acabado. Termina tú también, que te lo avisé hace media hora. Cierro y me voy.
La técnica, una mujer de treinta y dos de modales reservados, se sonrojó tras las gafas.
He traído una tarta. ¿Tomamos un té?
¡No! respondió tajante Arcadio. ¡Aquí se viene a trabajar, no a merendar!
Si ya ha acabado el turno dijo ella con una sonrisa.
¡A casa! espetó, cerrando la discusión.
Ella se puso de pie, recogió sus cosas y se fue, murmurando entre dientes:
Está como una cabra…
Arcadio suspiró y cerró la puerta.
Se apresuró a volver a casa.
Llegó justo a las ocho. Carmen abrió nada más oír la llave en la cerradura.
Buenas noches, Don Arcadio.
¿Qué hay de cena? le preguntó sin mirarla.
Sopa castellana de pato y empanadillas de patata.
Perfecto. Estoy muerto de hambre. Apúntate lo que te debo de la compra, que a final de mes te lo sumo al sueldo.
Arcadio se quitó los zapatos, se aseó y fue directo a la cocina.
Carmen le rondaba:
Arcadio, ¿aún sigues enfadado con mi madre? Ella ya te lo explicó todo. Solo tenía miedo de que alguien tan respetado y con posibles no quisiera nada serio conmigo.
Por eso quiso hacerme valer, a su manera. Ya sabes cómo es. Exageramos, pero lo importante es que te quiero.
Arcadio la escuchaba removiendo la sopa, pero no conseguía aliviarse.
¿O fue miedo por la bronca? No pasa nada, nos reñimos y nos reconciliamos docenas de veces… Sí, se nos fue de las manos, pero ¿qué importancia tiene?
Arcadio se levantó, rodeó a Carmen por los hombros y la acompañó al recibidor, donde le entregó sus cosas.
Ya es tarde, vete. Mañana no vengas, me apaño yo con las empanadillas, pero pasado mañana te espero.
Cerró la puerta, dejando a la chica llorando en el rellano. Luego volvió a la cocina y siguió cenando.







