16 de marzo
Hay veces que la vida me parece un guion de comedia negra: mi hermana y yo compartimos la misma suegra. Escribir esto me da hasta risa amarga, pero es verdad y aquí estoy, volcando todo porque ya no sé qué más hacer.
Todo el mundo admiraba a mi marido, Santiago, pero era de lengua larga y mirada inquieta. Me cortejaba, claro, pero echaba el ojo también a mi hermana, Maricruz. Cuando se enteró de que mi abuela me había puesto a mí el piso de Madrid a mi nombre, y no al de Maricruz, me pidió matrimonio en cuestión de días.
Lo que nadie sabía es que Maricruz ya estaba embarazada por entonces. Quería casarse con él, pensaba que así se aseguraría algo en la vida. Al final, tuvo que mentir al novio de turno y decirle que el bebé era suyo para no quedarse sola.
Santiago y yo terminamos viviendo en una casita pequeña, con mis suegros en las afueras de Valladolid. Cuando los vecinos decidieron vender terreno, él me convenció para vender el piso de la abuela y comprar aquella parcela. No supe decirle que no. Tuvimos que pedir hasta un préstamo al banco para empezar la obra.
Desde el principio, mi suegra, doña Rosario, no perdió oportunidad para echarme en cara todo. Cualquier excusa era buena para meterse conmigo, mientras mimaba a su hija y me trataba como sirvienta. Cuando la casa por fin estuvo terminada, supe lo que era el infierno: tiró nuestra valla y soltó a sus perros en mi jardín, sabiendo mi miedo. Esa era su manera de recordarme quién mandaba. Por más que le pedía a Santiago que interviniera, se encogía de hombros y decía que exageraba.
No pude más. Acudí a los juzgados para reclamar mi parte de la casa y comprarme un piso pequeño a parte. Descubrí entonces el engaño: la única propietaria de la vivienda era mi suegra, no figuraba como bien ganancial. Dios sabe cómo tramaron aquella jugada sucia. Me quedé en la calle, sin techo y sin nada.
En ese momento, Santiago se enteró de que mi padre había puesto el piso de Sevilla a nombre de Maricruz. Y, como un buitre, fue a intentar destruir su matrimonio, revelando a su marido, quien era el verdadero padre de la niña de Maricruz. El círculo se repitió: me divorcié, y después él hizo con Maricruz exactamente lo mismo.
Durante todo ese tiempo ni me crucé con mi hermana, fue pura casualidad enterarme de que estaban juntos. Cuando Maricruz supo que él la había engañado igual que a mí, me propuso unir fuerzas.
Conseguimos información de los vecinos y averiguamos que doña Rosario y su hijo ya habían comprado cinco terrenos usando a mujeres ingenuas como nosotras. Santiago siempre traía a su mujer a casa, divorcio mediante, y ellas acababan en la nada.
Hablamos con otras víctimas y presentamos una demanda colectiva. Pero no había contra quién proceder: Santiago ya estaba en Francia y, aquí, doña Rosario se quedó sola, exigiéndonos que le entregáramos a los niños, sus únicos nietos.
Incluso intentó quitarnos la custodia argumentando que no teníamos propiedades a nuestro nombre. Pero el juzgado, al final, nos respaldó: tenemos donde vivir y lo que nos llevó hasta aquí, todo fue obra de su estafa. Tras el juicio nos obligaron a facilitar que los niños vean a su abuela, que no les cortemos el contacto.
Lo más duro es que doña Rosario está enfrentando a sus otras hijas contra nosotras. En su relato, la abuela es la buena y nosotras, las villanas. No deja de meterse en nuestra vida, se mete en la educación de los niños, incluso les enseña a mentir sobre si fuman o beben. Ahora nos chantajean: si no les compramos tabletas nuevas, amenazan con acudir a los servicios sociales.
Os quitaré los nietos. ¡Ya veréis! grita la suegra.
¿Y ahora qué? ¿Cómo se lucha contra alguien que ha hecho tantísimo daño y aún no se cansa? Me siento tan impotente, sin armas, tratando de proteger lo poco de felicidad que me queda.






