Me llamo Consuelo, tengo 68 años y durante mucho tiempo pensé que había hecho todo lo mejor posible por mis hijos.
Hoy, ellos no lo ven de la misma manera.
Fui madre soltera, aunque jamás fue algo que yo escogiera.
Mi marido se marchó un día cualquiera y nunca volvió.
No hubo despedida, tampoco explicaciones.
Simplemente desapareció y me dejó sola para criar a nuestros hijos.
Más tarde, escuchando rumores de la gente, supe la verdad: se había ido con otra mujer.
Nunca lo supe por él, pues jamás volvió para mirar a sus hijos a los ojos.
Se esfumó de nuestras vidas.
Por entonces, mis hijos tenían 6 y 4 años.
Eran pequeños, dependientes, y yo estaba completamente sola.
No tenía familia que me respaldara.
Venía de un barrio humilde y cerrado, de esos sitios de los que se sale buscando oportunidades y se termina sin red, sin apoyo, sin nadie al otro lado del teléfono cuando todo se tambalea.
Mis hijos no me reprochan que no tuvieran comida o techo.
Nunca les faltó lo esencial, o al menos eso intenté.
Me reprochan lo emocional, aquello que no supe dar.
Fui una madre estricta.
No por dureza, sino por miedo.
Crecí creyendo que el amor se demostraba con sacrificios, no con palabras.
Con disciplina, no con abrazos.
Para mantenerles, trabajaba en una fábrica textil.
Escogí ese trabajo porque así podía estar con ellos por la tarde; podía vigilar que comieran y estuvieran seguros.
Cuando caía la noche, salía a vender comida casera.
Con sueño en los ojos, el cuerpo agotado, pero empujada por la necesidad.
Así, a base de dobles jornadas, logré mantenernos a flote.
Trabajaba demasiado.
Mi cuerpo estaba presente, pero mi mente, mi corazón, solían estar ausentes.
Hubo días en los que llegaba a casa irritada, sin paciencia para escuchar.
Cuando lloraban, les decía que no exageraran.
Cuando reclamaban atención, respondía con órdenes.
Cuando se equivocaban, corregía más de lo que consolaba.
Nunca fui una madre cariñosa.
Fui responsable, pero distante.
Hubo una época en la que todo se vino abajo.
Vivíamos de alquiler en un piso diminuto, apenas cabíamos.
Sin padre y con un único sueldo, el dinero nunca alcanzaba.
Hubo días en los que tenía que elegir:
pagar el alquiler o comprar comida.
Siempre escogía alimentar a mis hijos.
Me atrasé en los pagos.
Un mes, luego otro, hasta que un día nos echaron.
Recuerdo perfectamente ese día.
No tenía a dónde ir.
Con dos niños pequeños y unas pocas bolsas, dormimos en el suelo del salón de una vecina, agradecida al menos por no terminar en la calle.
Ellos eran demasiado chicos para entender.
Yo lo entendía todo: la vergüenza, el miedo, la humillación, el cansancio extremo.
Los vecinos, al vernos así, recogieron dinero y conseguimos mudarnos a una habitación aún más pequeña, en un edificio antiguo con patio compartido.
Era estrecho, pero estábamos a salvo.
Mis hijos recuerdan gritos donde yo recuerdo agotamiento.
Ven distancia donde yo sólo veía supervivencia.
Ellos sintieron miedo donde yo luchaba por no derrumbarme.
A pesar de todo, les saqué adelante.
Fueron al colegio.
Terminaron sus estudios.
Hoy son adultos formados, con familias y futuro.
Ahora, de mayores, me miran de otro modo.
Me preguntan por qué nunca les pregunté cómo se sentían.
Por qué no les defendí cuando alguien les dañó.
Por qué parecía que todo era más importante que ellos mismos.
Mamá, nos cuidabas, pero no nos abrazabas, me dijo uno de ellos una vez.
Esa frase me partió el alma.
Porque no era falta de amor.
Era falta de herramientas.
Nadie me enseñó a querer con ternura.
A mí me criaron para resistir, no para sentir.
Con los años, empezaron a alejarse.
No vienen mucho.
Tienen sus hijos, sus obligaciones.
Dicen que están ocupados, y sé que es cierto, pero no lo es todo.
Un día, sin saber cuánto dolía, los dos me dijeron lo mismo:
que sus esposas son muy distintas a mí.
Más pacientes.
Más cariñosas.
Más presentes con los niños.
No lo dijeron con rencor, lo dijeron como quien explica algo.
Pero sentí en esas palabras un juicio silencioso.
Como si hubieran elegido para sus hijos lo que conmigo no tuvieron.
Comprendí que no sólo me juzgan como madre del pasado,
sino que me comparan con las madres que hoy caminan a su lado.
Quizá es cierto que la vida me volvió más áspera.
Que me endureció antes de tiempo.
Que el cansancio se adhirió a mi voz y a mis gestos.
Ahora, mis hijos son mis jueces, porque ya tienen palabras para lo que de niños callaban.
Yo los escucho, aunque me duela.
Aunque me obligue a mirar a la Consuelo que fui.
Aunque me haga sentir pequeña.
No escribo esto para justificarme.
Sí, fui una madre que no supo ser tierna.
Sí, me equivoqué.
Y hoy lo entiendo, aunque sea tarde.
Pero también sé otra cosa: hice lo que pude con la mujer que era entonces.
Quise como supe.
Nadie puede dar lo que nunca recibió.
Quizá algún día vean a toda la madre, no sólo sus errores.
Quizá no.
Ser madre no es ser perfecta.
Es amar aunque no sepas cómo hacerlo bien.
Y aunque hoy mis hijos me miren con ojos de jueces,
confío en que Dios me mire como madre:
con misericordia, con verdad y con ese amor que no castiga, sino que sana.
Me llamo Estefanía, tengo 68 años y durante muchos años creí que había hecho lo mejor que pude por m…







