Me llamo Consuelo, tengo 68 años y durante muchos años pensé de verdad que había hecho lo mejor que podía por mis hijos. Pero ellos, hoy, no lo ven igual. Fui madre soltera, aunque nunca lo elegí. Mi marido se fue un día normal, cerró la puerta y jamás volvió. Sin avisos, sin despedidas. Simplemente desapareció y me dejó a solas criando a nuestros pequeños. Luego me enteré por el cotilleo del barrio, ya sabes cómo es que se había ido con otra mujer. Jamás lo supe por él, nunca dio la cara para mirar a sus hijos de frente otra vez. Se esfumó de nuestras vidas.
Los niños, Lucía de seis y Carmen de cuatro años por aquel entonces, eran tan pequeños, tan dependientes y yo me quedé totalmente sola. No tenía familia que me cobijara. Venía de uno de estos pueblos pobres de Castilla, de esos rincones de los que te marchas buscando un futuro y te ves, de repente, sin nadie a quien llamar cuando todo se desmorona.
Mis hijas nunca me han recriminado que en casa faltara la comida o que no tuviéramos dónde dormir. Lo esencial nunca les faltó, o al menos eso intenté. Ellas me achacan lo emocional lo que no supe ofrecer. Fui una madre estricta, pero no por dureza, sino por miedo. Crecí pensando que el amor se demuestra sacrificándose, no con palabras bonitas. Con disciplina, no con abrazos.
Trabajaba en una fábrica de confección de Valladolid porque el horario me permitía estar con ellas por las tardes ver que comían, que estaban a salvo. Al caer la noche, salía a vender bocatas y empanadas por los bares del barrio, medio dormida, agotada, pero empujada por la necesidad. Así, con dobles turnos, logré que no nos faltara de nada.
Trabajaba tantísimo que, aunque estaba presente, emocionalmente ausente quizá demasiado. Hubo días que volvía a casa tensa, sin paciencia para escuchar a nadie. Cuando lloraban, les decía que no exageraran. Si pedían atención, respondía con órdenes. Cuando se equivocaban, corregía más de lo que consolaba. No era cariñosa, era responsable, pero fría.
Tuvimos una época muy mala. Vivíamos de alquiler en una habitación minúscula de un barrio humilde de Salamanca, apenas lo justo para dormir. Sin padre y con un solo sueldo, no llegábamos a fin de mes. A veces había que elegir: o pagaba el alquiler o traía comida. Y siempre elegía llenar sus platos. Me retrasé con los pagos. Primero un mes, luego dos hasta que un día nos echaron del piso.
Aquel día no se me borra de la memoria. No tenía adónde ir. Con dos niñas y unas cuantas bolsas, dormimos en el suelo del salón de una vecina. Al menos no estábamos en la calle ella no nos dejó tiradas. Ellas eran demasiado pequeñas para comprenderlo. Yo, en cambio, lo entendía todo: la vergüenza, el miedo, el agotamiento extremo.
Los vecinos, que sabían bien lo que pasaba, hicieron una colecta y así pudimos mudarnos a una habitación aún más diminuta, en una casa vieja con patio comunitario cerca de Burgos. Estrechez, sí, pero al menos estábamos seguras.
Ellas recuerdan los gritos de entonces, donde yo recuerdo nunca acabar el cansancio. Ellas, la distancia; yo, la supervivencia. Ellas, el miedo; yo, cómo luchaba por no desmoronarme. Pero aun así, las saqué adelante. Iban al colegio. Terminaron sus estudios. Hoy, son mujeres hechas y derechas, con familia y futuro propio.
Ahora, ya adultas, me miran de otra manera. Me preguntan por qué nunca les pregunté cómo se sentían. Por qué no las defendí cuando alguien les hizo daño. Por qué parecía que todo lo demás era más importante que ellas. Nos cuidabas, mamá, pero nunca nos abrazabas, me dijo una vez Lucía. Esa frase me partió en dos. Porque no faltó amor, faltaron habilidades. Nadie me enseñó a querer suavemente. A mí me criaron para sobrevivir, no para sentir.
Con el tiempo, se han ido alejando. Ya casi no se pasan. Tienen su vida, sus hijos, sus responsabilidades. Dicen que andan liadas, y sé que es cierto, pero también sé que no lo es todo. Un día, sin darse cuenta de lo que me dolía, ambas me dijeron la misma frase: que sus esposos son diferentes más pacientes, más dulces, más presentes con sus hijos. No lo dijeron con rencor, sólo como un hecho; pero yo lo sentí como una condena silenciosa. Como si, para criar a sus propios hijos, buscaban justo aquello que conmigo les faltó.
Y entendí que no sólo me juzgan como madre de antes, sino que me comparan con las madres que tienen al lado ahora. Quizá sí, la vida me ha hecho un poco más áspera. Que endurecí demasiado pronto. El cansancio se instaló en mi voz y en mis gestos. Hoy, mis hijas son mis juezas, porque ahora tienen palabras para lo que de niñas llevaban callado.
Las escucho, aunque duela. Aunque me obligue a enfrentarme a mí misma. Aunque a veces me haga sentir mínima. No digo esto para excusarme. Fui una madre que no sabía ser tierna. Sí, me equivoqué. Y ahora, aunque tarde, lo reconozco. Pero sé que hice todo lo posible con la mujer que era por entonces. Las quise como supe. Nadie puede dar lo que nunca le han dado.
Quizá algún día ellas consigan ver a la madre completa, no sólo a sus fallos. Quizá no. Ser madre no es ser perfecta. Es amar incluso sin saber cómo hacerlo bien.
Y aunque hoy mis hijas me miren como a una acusada, sólo espero que Dios me mire como madre: con clemencia, con verdad y con ese amor que no juzga, sino que cura.







