Diario, 12 de octubre
Tuve que casarme porque me enteré de que mi novia estaba embarazada. Tras la boda, llevé a mi esposa a vivir con mis padres en Madrid. En aquel momento, no podíamos permitirnos vivir solos. El tiempo fue pasando y me convertí en padre de un niño maravilloso. Al poco, decidimos pedir una hipoteca para empezar una vida independiente.
Después de un tiempo, mi esposa me anunció que volvía a estar embarazada. Así llegó a nuestras vidas nuestra pequeña princesa, Carmen. Los niños crecían deprisa, pero con los años empecé a darme cuenta de que no se parecían a mí en absoluto. Incluso nuestros caracteres eran completamente distintos. Curiosamente, ni mi hijo ni mi hija se parecían a su madre. Los dos pelirrojos y llenos de pecas¿de dónde había salido eso en la familia?
Un día, la desconfianza me llevó a plantearme una prueba de paternidad. Sé que no fue correcto, pero era la única manera de tranquilizarme y asegurarme de que eran mis hijos.
Hice el test. Las dos semanas de espera se me hicieron eternas. En cuanto me llamaron del laboratorio, fui corriendo a recoger los resultados. Gracias a Dios, era el padre de ambos. Volví a casa sin decir nada y escondí los papeles, temiendo que mi mujer los encontrara. ¿Por qué no los destruí de inmediato? Pronto pagarían caro mi descuido.
Unos días después, mi esposa encontró los documentos y me los lanzó a la cara. Montó una bronca tan grande que parecía que el piso entero iba a venirse abajo. Puedo entender su indignación, pero pensé que podríamos haberlo hablado con calma. No pudo perdonarme y ahora estoy solo. Ya han pasado cinco años y ni siquiera me permite ver a los niños.
Al final, mi curiosidad me robó lo más valioso que tenía: mi familia. Solo me queda esperar que algún día Carmen pueda perdonarme de corazón. La confianza, he aprendido, es un delicado tesoro que, una vez roto, es casi imposible de recuperar.




