Me hice una prueba de ADN y me arrepiento
Me vi obligado a casarme al enterarme de que mi novia estaba embarazada. Después de la boda, llevé a mi esposa a vivir a casa de mis padres. Por aquel entonces, no teníamos la posibilidad de vivir por nuestra cuenta. El tiempo fue pasando y me convertí en padre de un niño maravilloso. Al poco tiempo decidimos pedir una hipoteca para poder empezar una vida independiente.
Pasado un tiempo, mi esposa me dijo que estaba embarazada de nuevo. Así fue como nació nuestra princesita, Lucía. Los niños crecían a un ritmo vertiginoso, y con cada año, no podía evitar fijarme en que ninguno se parecía a mí. Ni siquiera compartíamos rasgos de personalidad. Por cierto, ni mi hijo ni mi hija se parecían a mi esposa. Pelirrojos y llenos de pecas… ¿de dónde habría salido eso en nuestra familia?
No pude sacarme de la cabeza la idea de hacerme una prueba de paternidad. Sé que puede que no fuera la mejor decisión, pero era la única manera de asegurarme de que estaba criando a mis propios hijos.
Me hice el test y tuve que esperar dos semanas para conocer el resultado. En cuanto me llamaron, salí corriendo al laboratorio. Por suerte, resultó que sí era su padre. Regresé a casa y escondí los papeles para que mi esposa no los encontrara, pero ¿por qué no los tiré de inmediato? Pronto lo pagué caro.
A los pocos días, mi esposa me tiró esos documentos a la cara. Se montó tal bronca en casa que parecía que las paredes iban a venirse abajo. La entiendo, aunque pienso que podríamos haberlo resuelto hablando tranquilamente. Nunca logró perdonarme, y ahora estoy solo. Ya han pasado cinco años desde aquello y ni siquiera me permite ver a los niños.
Así fue como una simple curiosidad me robó lo que más quería: mi familia. Ojalá algún día mi esposa pueda perdonarme…







