Me hice una prueba de ADN y me arrepentí: así perdí a mi familia por culpa de la desconfianza

Tío, tengo que contarte algo que todavía me pesa en el alma. Mira, todo empezó cuando me enteré de que mi novia, Lucía, estaba embarazada. Aquello me pilló por sorpresa íbamos en serio, pero de repente todo fue más deprisa de lo que imaginaba y acabamos casándonos. Al principio, claro, no teníamos un duro y nos tocó vivir una temporada en casa de mis padres en Madrid, porque alquilar algo solos era imposible con los precios de ahora…

Pasó el tiempo y nació nuestro hijo Pablo, que es un sol de niño, de verdad. Nosotros intentábamos ahorrar lo que podíamos y al final, fíjate, conseguimos que nos concedieran una hipoteca. ¡Menuda aventura comprarse un piso para empezar de cero! No te imaginas la ilusión que nos hacía.

Pues un par de años después, otra noticia: Lucía me cuenta que viene otro bebé en camino. Así llegó nuestra pequeña princesa, Carmen. Los dos crecieron rápido; te juro que parecía que nos convertíamos en mayores en cuestión de días.

Pero, tío, cuanto más pasaba el tiempo, más raro me parecía algo. Ni Pablo ni Carmen se parecían nada ni a mí ni a Lucía. ¡Y ya sabes que en mi familia todos somos morenos y con poca gracia para las pecas! Pero mis hijos, rubillos y llenos de pecas, como sacados de una peli irlandesa. Ni a Lucía se parecían ella también es tan morena como yo.

Ahí fue cuando se me metió la mosca detrás de la oreja. Movido por la duda, y reconozco que no estuvo bien, decidí hacerme una prueba de paternidad. Sí, sé que no es lo más elegante del mundo y me siento fatal ahora, pero necesitaba saberlo.

Imagina los nervios que pasé esas dos semanas esperando el resultado. El día que me llamaron del laboratorio no tardé ni cinco minutos en plantarme ahí. Menudo peso me quité de encima al saber que, sí, los dos son míos. Casi llorando de alegría volví a casa y guardé los papeles en el último cajón, bien escondidos, para que Lucía no los viera. ¿Por qué no los rompí en ese momento? En fin

Nada, que a los pocos días Lucía apareció hecha una furia, agitando los papeles en la mano. Montó un espectáculo que casi tira la casa abajo. Y mira que la entiendo, pero ojalá lo hubiésemos podido hablar en frío, porque desde ese momento no fue igual. No pudo perdonarme. Han pasado ya cinco años y sigo sin ver a Pablo y Carmen. No hay día que no me duela.

Por una tontería, por una simple inseguridad, perdí mi familia entera. Ojalá algún día Lucía encuentre la manera de perdonarme. Yo yo sigo esperando.

Rate article
MagistrUm
Me hice una prueba de ADN y me arrepentí: así perdí a mi familia por culpa de la desconfianza