¿Me he vuelto insoportable para mi propio marido…? Ocho años todo fue maravilloso, pero en el no…

¿He empezado a fastidiar a mi propio marido?
Ocho años todo había ido a las mil maravillas, pero en el noveno a mi marido, Gonzalo, comenzó a molestarle absolutamente todo, sobre todo yo, Inés.
Gonzalo llegaba a casa muy tarde, cenaba a desgana, mascullaba no sé qué, y abría el portátil para tirarse hasta la madrugada disparando en juegos online. Si alguna vez me miraba, lo hacía como si tuviera caries desde la coronilla hasta los talones, y cada vez con más frecuencia me soltaba, seco, que esta noche se quedaba a dormir en casa de su madre.
Hasta que un día no aguanté más y llamé a mi suegra:
Doña Matilde, ¿está Gonzalo por ahí?
A lo que Matilde, con tono dulcísimo, me respondió:
Una buena esposa, Inés, siempre sabe dónde anda su marido.
Incluso llegué a comprar un libro titulado Cómo retener a tu marido, y no sé por qué me puse a explicarle a la cajera que era para una amiga. La chica me miró con una mezcla de compasión y asco.
En casa, reflexioné: tantos consejos sobre cómo atrapar a tu hombre ¿cuánta experiencia hay que tener de mantener maridos para escribir un libro entero? ¿Y de dónde salen nuevos maridos retenibles si los que te tocan no quieren quedarse?
Ciento cincuenta páginas de recomendaciones: que si al marido hay que atraerlo al calor del hogar, que si debes ponerte lencería provocativa, que si interesarte por sus cosas Incluso aprendí a hacer masa de pan, que nunca me había salido, pero Gonzalo ni olió el acogedor aroma casero. Quizá debí amasar el pan en lencería. O presentarme así en casa de mi suegra, donde, según la leyenda, residía mi marido.
Tampoco funcionó la idea de meterme en sus intereses: En mi primer intento con su juego favorito, pasé el nivel que él llevaba una semana intentando y casi se enfadó aún más.
Un día, fui al centro a por unas botas de invierno y volví a casa, para mi sorpresa, con un cachorro regordete, por el mismo precio. Nada más verle sentí que había soñado con tener un perro toda mi vida, no uno de esos diminutos que apenas ladran, sino uno de verdad, grandote.
La señora, que se presentó como criadora, me preguntó:
¿Tienes experiencia con perros? No, ¿verdad? Bueno, pues es un golden retriever.
Cuando le señalé que el perrillo no era muy dorado, me explicó muy segura:
Ya verás cuando crezca, se pondrá dorado, ¡es de raza, con pedigrí, sus padres campeones! Le dejo todos los papeles y por un precio de risa.
El dinero no me llegaba, pero la señora aceptó lo que llevaba encima.
Al menos alguien se alegraría al verme llegar. Ninguna bota iba a mirarme con devoción, ni a mover el rabo ni a traerme las zapatillas.
Gonzalo, que aquella noche decidió atracar en el puerto familiar, nada más verlo preguntó:
¿Y esto qué es?
Un golden retriever, de raza, y muy barato, mira los papeles le respondí.
En los papeles el cachorro figuraba como bulldog alano español. El teléfono de la criadora resultó ser el de una empresa de reformas, donde al preguntar por perros colgaban entre improperios.
¿No tienes ojos? ¿Dónde ves tú aquí a un retriever o un bulldog? ¿Cuánto has pagado por esto? ¡Vaya cabeza la tuya!
El cachorro no soportó los gritos de Gonzalo y, en vez de gruñir, se largó una enorme charca en la alfombra.
¡Por Dios, con quién me ha tocado vivir! exclamó mirando al techo, y volvió al ordenador. Tenía una expresión como si quisiera dispararme, con gusto, en vez de a sus monstruos virtuales.
A la mañana siguiente comprobé que el perro se había adaptado muy rápido: durante la noche, arruinó las zapatillas deportivas y mordisqueó los zapatos de Gonzalo.
Y ahí fue cuando todo estalló.
Según él, yo era insostenible: mi cara, mi ropa, mi forma de pensar, todo. Incluso que ganara el doble que él era motivo de humillación. Y no teníamos hijos, por supuesto.
Pero si tú nunca has querido tener hijos me atreví a decir.
¿Y cómo iban a tener hijos una idiota? ¡Serían tontos como ella! ¡Mira qué pintas tienes, nadie te va a querer jamás!
El cachorro, tras oír todo eso, se acercó con sus patas gruesas a Gonzalo y le intentó morder el tobillo.
A mí se me hizo un nudo en la garganta por la rabia y sólo pude observar cómo Gonzalo metía sus cosas en una maleta.
Treinta años. Fin del trayecto. No hay vida. Nada.
No tenía ganas de seguir, pero eso al cachorro le daba igual. Allí estaba, mirándome con cara de desamparado mientras intentaba zamparse mi calcetín, suplicando cariño, comida y un rascado en la barriga.
El perro, que acabó llamándose León, creció como la espuma, aunque por mucha pinta de sabueso de Baskerville que tenía, de guardián nada. En vez de aprender a morder, se convirtió en un profesional de los lametones y los mimos.
Por las noches paseaba con él hasta tarde. Y una noche de diciembre, mientras en los patios abrían zanjas y el suelo era un barrizal con nieve y lluvia, León se cayó en una de ellas y empezó a quejarse con unos aullidos lastimeros. Sin pensarlo, salté tras él, menos mal que no me rompí nada.
La zanja era profunda, de paredes resbaladizas y arcillosas. Faltaba poco para la medianoche y, para colmo, me había dejado el móvil en casa.
Al principio me daba reparo gritar pidiendo ayuda, pero después de varios intentos fallidos por salir, pegué unos voceríos que debieron de despertar a medio barrio.
Finalmente, dos chavales góticos acudieron, con pinta de haber salido de algún grupo de rock oscuro. Por suerte, en vez de enterrar a nadie, llamaron a los bomberos y esperaron conmigo, riéndose entre ellos.
Primero sacaron a León, que se puso a lamer como loco a todo el mundo, góticos incluidos, y luego a mí; estaba tan helada que ni vergüenza pude sentir.
El jefe de bomberos nos dedicó unas cuantas lindezas a mí, al perro, a los de la brigada y hasta al ayuntamiento. León, que nunca antes había oído palabras tan gruesas, seguía intentando lamerle la nariz, y al final lo consiguió, dándole un buen cabezazo de propina.
A la una de la mañana estábamos León, sucio pero feliz; yo, temblando y llena de barro; los bomberos decorados de manchas y sangre del jefe, y los dos góticos muertos de la risa.
Señora, debería educar al monstruo ese me soltó el jefe, con media sonrisa.
Lo intento, pero es un caso complicado admití.
Anda, como yo dijo uno de los góticos a su amigo, y no pudo evitar soltar una buena carcajada.
Vivo en ese portal, si quieren pasar a lavarse les ofrecí, castañeando los dientes.
Venga, vete le dijeron los bomberos al jefe, pareces Hannibal Lecter.
Tendría que cavar yo misma una zanja para conocer a alguien mientras esperamos a que el ayuntamiento arregle esto me decía después mi amiga Lucía.
P.D. No, mis hijos no son prodigios. Son normales, divertidos y listos, tanto Santi como Martina.
En primero de primaria les tocó contar algo sobre su familia.
¡Nuestro padre salva el mundo! ¡Y nuestra madre trabaja con ordenadores! anunció Santi, muy convencido.
Y la tímida Martina añadió:
¡Y nuestro perro sabe ver la tele!
Hoy comprendo que hay veces en que la vida da giros que nunca imaginé. Pero aunque sientas que todo se hunde, siempre hay algo (o alguien) que te enseña a levantarte y volver a mirar hacia adelante, aunque sea con las patas sucias y la lengua fuera.

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MagistrUm
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