Querido diario,
Hoy me he sentado a escribir porque el peso de los últimos tres meses sigue aplastándome. Hace apenas doce semanas dejé a Antonio, mi marido, y desde entonces él parece haber renacido. Cada vez que lo veo, aunque sea por el último viaje que hice para llevar a nuestra hija, Nerea, a su piso en el barrio de Salamanca, percibo en él una alegría que nunca había mostrado cuando vivíamos juntos.
Durante años le repetía que debía cuidarse, que bajara de peso, pero él no quería escuchar. Se refugiaba en la comida rápida, en refrescos con gas, y pasaba el tiempo tirado en el sofá. Era imposible convencerlo de salir a caminar o, mucho menos, de entrar al gimnasio. Ahora, sin embargo, ha colocado una colchoneta de yoga en el rincón más visible de su pequeño apartamento, se ha cortado el pelo con un estilo moderno y sus ropas lucen impecables, aunque antes nadie parecía preocuparse por su aspecto. Lo que antes le costaba cargar la lavadora y ponerla en marcha, ahora lo hace sin dudarlo.
Hablamos, y yo ya estaba harta de sus reproches. Me acusó de haberlo menospreciado durante el matrimonio, de haberlo convertido en un tonto, y ahora afirma que ya no soy parte de sus planes, ni yo ni Nerea. Tiene una nueva pareja, está radiando felicidad y se ha puesto a trabajar en su cuerpo, su carácter y su futuro, como si todo hubiera sido una lección que él necesitaba aprender. Eso me hirió más que cualquier otra cosa. Nunca una sola vez puso su mano ni para mí ni para mi hija; se transformó por completo por otra mujer.
Dicen que hay que dar tanto como se quiera recibir, pero Antonio nunca supo corresponder con la misma moneda. Lo amé, lo respeté y solo le lancé algún comentario de vez en cuando, sin que él considerara que había algo que cambiar. Yo nunca obtuve nada de él. Incluso después de la separación, su preocupación principal sigue siendo él mismo, no la niña que no ha visto en tanto tiempo.
A veces me pregunto: ¿qué habría pasado si, al menos durante un tiempo, él se hubiera puesto en mi piel? Si se hubiera esforzado y, a cambio, recibiera lo que yo siempre esperé de él. Pero ya es tarde para suposiciones. Solo me queda seguir adelante, aprendiendo a ser la madre que Nerea necesita y a reconstruir mi vida como la que siempre quise vivir.
Hasta mañana.





